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EDITORIAL
El Heraldo hace 15 horas 2 min de lectura

Cuando perder también enseña

La ilusión terminó. Argentina no pudo coronar otro Mundial, pero volvió a demostrar por qué esta selección ocupa un lugar privilegiado en el corazón de millones de personas. Durante semanas el país volvió a detenerse frente a una pantalla, a abrazars

Cuando perder también enseña
Foto: El Heraldo

Cuando perder también enseña

La ilusión terminó. Argentina no pudo coronar otro Mundial, pero volvió a demostrar por qué esta selección ocupa un lugar privilegiado en el corazón de millones de personas. Durante semanas el país volvió a detenerse frente a una pantalla, a abrazarse con desconocidos, a compartir la esperanza de una nueva vuelta olímpica.

La derrota duele. Y está bien que duela.

Vivimos en una época en la que muchas veces se pretende encontrar de inmediato una explicación, una justificación o una frase hecha que alivie cualquier frustración. Sin embargo, las derrotas también merecen ser vividas. El enojo, la tristeza y hasta las lágrimas forman parte de una pasión que, cuando es genuina, no entiende de cálculos.

El deporte tiene una de las enseñanzas más valiosas de la vida: hacer las cosas bien no garantiza siempre el triunfo. Se puede entrenar, esforzarse, jugar con inteligencia, dejar todo en la cancha y, aun así, encontrar un rival que ese día resulte mejor.

Aceptarlo no significa resignarse, sino comprender que competir también implica convivir con la posibilidad de perder.

Esta selección volvió a recorrer un camino extraordinario. Llegó nuevamente a una final, sostuvo un estilo de juego, mostró compromiso, compañerismo y una identidad que despertó admiración dentro y fuera del país. Un solo partido no borra todo lo construido.

Quizás esa sea la enseñanza más importante. No medir el éxito únicamente por una copa levantada, sino también por el recorrido, por el esfuerzo compartido y por la capacidad de volver a intentarlo después de un golpe.

Los argentinos solemos vivir el fútbol con una intensidad única. Esa pasión es una fortaleza, siempre que no nos haga olvidar que el deporte, como la vida, está hecho de triunfos y de derrotas. Nadie gana siempre. Tampoco nadie pierde para siempre.

La ilusión de este Mundial terminó, pero quedó algo mucho más profundo: el orgullo de un equipo que volvió a representar valores con los que millones se sintieron identificados. Y esa, aunque no figure en ninguna estadística, también es una victoria.

El Heraldo Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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