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Editorial
El Esquiu hace 19 horas 2 min de lectura

Terminado el sueño, el país vuelve a su realidad

Terminado el sueño, el país vuelve a su realidad
Foto: El Esquiu

Con una mezcla extraña de decepción y reconocimiento, concluyó la excursión mundialista de Argentina, que se apagó sin alcanzar la cuarta estrella futbolera, poniendo fin a una gran ilusión colectiva que se extendió -entre victorias, euforia y festejos- durante poco más de un mes, para concluir con lágrimas en la antesala de la gloria. Así es el fútbol. Poco se puede decir del indeseado desenlace, con excepción de que -a nuestro pesar- fue muy justo. Una Argentina disminuida y extenuada físicamente, nada pudo hacer ante un equipo claramente superior, que dominó de principio a fin y no por casualidad extendió a 38 su serie de partidos sin perder, récord histórico entre todas las selecciones del planeta. Ganó bien España, es noble reconocerlo, e incluso debió haber ganado antes por lo hecho durante el juego, donde nuestros muchachos se limitaron a resistir todo lo que pudieron.

Absolutamente nada para reprocharle al equipo argentino, que lo intentó, dejó hasta la última gota de sudor y logró llevar el duelo a la prórroga, para aguantar y buscar la heroica hasta con un jugador menos. No alcanzó. Todos deseábamos otro final para la brillante carrera de Lionel Messi, pero esta caída quedará en anécdota, y será recordado por los lujos, triunfos y hazañas que nos regaló a lo largo de dos décadas en mundiales, y no por un tropiezo que está dentro de las posibilidades en toda competencia deportiva. Se lo extrañará, sí, pero su imagen ya está eternizada levantando la Copa en Qatar. La segunda no se pudo dar, pero se valorará este subcampeonato, que mantiene a la Argentina en el cuadro de honor del universo futbolístico.

Lo que genera tristeza, más allá de la lógica decepción de la derrota, es pensar en los millones de argentinos que no la están pasando bien, que la luchan cada día y que merecían una alegría grande. Ahora tocará retornar a la dura realidad, a una rutina de esfuerzos con pocas recompensas, a las desigualdades e injusticias, a un mundo cotidiano de frustraciones que ninguna relación guarda con las travesías de los ídolos deportivos que tanto nos emocionan. Lamentablemente, la experiencia indica que esa unión general detrás de los colores celeste y blanco que motiva un mundial se disipará más temprano que tarde, para retornar a las divisiones y los enfrentamientos. Podría ensayarse el tipo de reflexión ocasional, invitando a unirnos en otras cuestiones de la misma manera que lo hacemos con el fútbol, pero eso requiere un nivel de candidez insostenible para quien haya nacido, crecido y transcurrido un par de años largos por estas tierras.

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