Nacimos para esto: el final del ciclo futbolístico de nuestras vidas
Heroico y glorioso, al borde de la epopeya, termina un viaje inolvidable, en el que la selección argentina nos regaló logros y, sobre todo, recuperó su identidad
El viaje ha sido inolvidable. Heroico y glorioso. Al borde de la epopeya. Termina con Messi invadido por el llanto tras su mejor Mundial con la selección argentina. Nunca fue tan determinante. Con un amor propio impresionante y a sus 39 años depositó a Argentina en una nueva final. El camino plagado de partidos locos y llenos de sufrimiento, la semifinal histórica y el Messi rejuvenecido fueron motores para una selección que avanzó a los tumbos. Con jugadores que llegaron al límite físicamente y un cuerpo técnico que ensayó una postura más reactiva desde el inicio.
Muchas de estas cuestiones quedaron evidenciadas en la Final. Puesto para la resistencia ante un gran equipo como España, que tuvo su versión superadora del 2010. Argentina no pateó al arco y fue superada de principio a fin. La forma del desenlace empaña el recorrido, deja un sabor amargo y la sensación de haber desaprovechado un partido decisivo con Messi jugando para nosotros. La derrota más dura del ciclo futbolístico de nuestras vidas.
Fue conmovedor el empuje final comandado por el capitán en cada jugada, con un hombre menos, con Tagliafico lesionado en una tarde en la que anuló por completo a Lamine Yamal y la sensación de que el destino nos guardaba un delirio más. Los únicos dos intentos al arco de Argentina ocurrieron tras el gol de Ferrán Torres. Pero esto va más allá.
El país que vive como nadie este deporte merecía una página dorada como esta. Somos la tierra futbolera por excelencia. Lo que hemos presenciado en los últimos cincuenta días es lo que no pedíamos pero soñamos. Parecíamos hechos, como reza el spot. Aunque no contábamos con la última versión de la mejor selección de la historia. La de un equipo que no se quiso ir de manera anticipada de la Copa del Mundo. Que fue avisando partido tras partido que no lo dieran por muerto ni aún vencido, sin embargo cada rival que se cruzó fue sucumbiendo ante el carácter y la demostración de esta selección insaciable. Además del toque dramático para que el trayecto sea una épica galopante. Un viaje que no sabíamos que necesitábamos.
Ante el escepticismo que se imponía en la previa de este Mundial plagado de contradicciones e injusticias no era sencillo encontrar la motivación ni tomar dimensión de la etapa histórica que transita el equipo nacional. Y fueron las propias carencias de Argentina solapadas en la fase de grupos las que llenaron de inconvenientes partidos accesibles y le dieron la posibilidad de mostrar su amplio repertorio. Un equipo que estando en desventaja impuso aún más respeto y temor porque sabía que no se le podía escapar.
El triunfo ante los ingleses en Atlanta es un capítulo más de este proceso que queda guardado en la historia del fútbol argentino. Otro regalo de este grupo de jugadores capaces de reinstalar el reclamo histórico por nuestras islas. Sabían lo que significaba ese partido para el país, los atravesó por completo y así lo disputaron. La mejor actuación del Mundial. El día que Argentina volvió a ser la Scaloneta que brillaba.
Cabeza arriba y a seguir metiendo. Ese fue el gesto de Enzo a los suyos tras el gol de Gordon. Con ese pedido y la mirada de Messi al reloj de la pantalla como ante cada situación desfavorable Argentina se topó con los ingleses invadiendo su cueva y notó que la inseguridad estaba recorriendo sus cuerpos. La noción de estar matando al campeón que a la vez inmoviliza porque el trabajo aún no está terminado. Y el campeón lo supo siempre.
De los plenos de Scaloni en aquel partido a una tarde confusa en Nueva Jersey. El entrenador tuvo bastante responsabilidad en la floja prestación de Argentina en la Final. Se puede discutir el planteo, la gestión de los cambios, la renovación que no se plasmó y por eso repitieron ocho sobre once jugadores respecto de la final de Qatar.
Lo cierto es que Scaloni cambió la historia reciente. Todos los argentinos tenemos que tener la cabeza en remojo y pensar que Argentina no es potencia mundial, no está en condiciones de competir con las mejores selecciones del mundo, decía en 2019 tras ser ratificado en el cargo por César Luis Menotti y haber administrado la desidia que dejó el porrazo anunciado de Rusia. Scaloni entendía su tiempo, llegó la oportunidad de su vida y una de las primeras cosas que hizo fue comunicarle al país que habíamos dejado de pertenecer. Una lucidez notable. El baño de humildad necesario para poder construir. Era el momento de la refundación. Aunque ni se haya imaginado lo que pasaría siete años después.
El propio Scaloni le comentó a Valdano que tuvo que cambiar y adoptar la esencia del jugador argentino y sus capacidades para forjar la identidad que fue contra la tendencia de aquel momento y sería una de las claves del éxito: Yo me llevo de Rusia una imagen de que el fútbol iba para las transiciones y poner jugadores rápidos. Quería hacer un equipo así. Con Pablo (Aimar), Walter (Samuel) y el Ratón (Ayala) dijimos: «Fíjate que Lo Celso juega bien, De Paul juega bien, Paredes juega bien, Palacios juega bien y Messi juega bien. Jugar bien significa que se junten y que se asocien. Si les pedimos velocidad y pases de 30/40 metros, creo que no va relacionado a lo que puede hacer esta Selección». El retorno de La Nuestra. Quizá el mayor legado de Lionel Scaloni: una selección con identidad.
La humildad del conductor de este grupo no termina ahí. Para infundirlo en todo el plantel hay que practicarlo y parecerse. Luego de los títulos, la Copa América que cortó la racha, Qatar y la pared derribada, el DT nunca decidió acomodar y recordar a los críticos despiadados en el inicio del proceso que hasta se animaban a preguntarle en una conferencia de prensa si tenía el título de entrenador. Se habla en la cancha, y lo interpretaron perfectamente los jugadores que recargan baterías con las declaraciones de sus rivales y la subestimación constante de gente del fútbol. Tampoco tuvo la intención de sentar las bases de una escuela ni imponer un estilo innegociable después de la gloria. Tenemos a Scaloni, no hay scalonismo.
Eso es lo que nos queda. Un equipo que jugó con el alma y representó de la mejor manera a un pueblo que pierde seguido pero que estaba acostumbrado a que lo traten de igual a igual cuando se habla de fútbol. Scaloni y sus muchachos recuperaron la seriedad y las ganas de estar en la selección, cuando antes era sinónimo de desprestigio.
Se dio un ritual multitudinario para valorar este subcampeonato de lucha y corazón. Para bancar a los héroes del ciclo que regó de felicidad este suelo e ilusionó a millones. Porque nadie lo siente como nosotros. Los demás no lo comprenden. Nacimos para esto. Para sufrir y disfrutar en niveles absurdos. Del país que juega a la pelota con una media, la gratitud eterna por hacernos vivir semejante historia.