Niños híper conectados: el desafío de recuperar el encuentro cara a cara | El Dia
Especialistas advierten sobre el impacto del uso excesivo de las pantallas en la atención, la memoria y las habilidades sociales, aunque aclaran que el problema no es la tecnología en sí, sino la forma en que se utiliza
Durante años, la preocupación de madres y padres pasaba por saber dónde estaban sus hijos. Hoy la escena cambió. Muchas veces los adolescentes están en casa, a pocos metros de distancia, pero pasan horas mirando una pantalla. Hablan, juegan, consumen videos, responden mensajes y recorren redes sociales sin moverse del sillón. Parecen permanentemente conectados, aunque esa conexión no siempre implique un verdadero encuentro con los demás.
La transformación es profunda y atraviesa todos los aspectos de la vida cotidiana. La tecnología dejó de ser una herramienta para convertirse en el escenario donde transcurre buena parte de la adolescencia.
Sin embargo, mientras el mundo digital ofrece oportunidades inéditas para aprender, crear y comunicarse, también empiezan a aparecer señales de alarma sobre sus efectos cuando el uso se vuelve excesivo.
Lo que estamos viendo hoy en los consultorios son muchas conductas compulsivas relacionadas con la tecnología, explica el psicólogo Mel Gregorini en diálogo con EL DIA. Según observa en su práctica profesional, cada vez son más frecuentes los cuadros vinculados al llamado uso problemático de las pantallas, con síntomas que afectan distintos aspectos de la vida cotidiana. La falta de concentración y de atención es una de las principales consecuencias. Literalmente hay chicos que se olvidan del entorno y terminan consumiendo horas y horas frente a una pantalla, señala.
La búsqueda constante de validación puede generar frustración, ansiedad y una dependencia cada vez mayor de la aprobación ajena
Gregorini, además, advierte que aparecen dificultades vinculadas con la memoria, el aprendizaje e incluso con hábitos básicos como la alimentación. No se trata, aclara, de demonizar la tecnología. El especialista insiste en que internet y las redes sociales pueden ser herramientas muy valiosas cuando se utilizan de manera equilibrada. Bien usadas, bien dosificadas y con un consumo responsable, son algo provechoso, sostiene. Por eso considera que el desafío no consiste en eliminar las pantallas de la vida de niños y adolescentes, sino en enseñar a convivir con ellas de forma saludable.
UNA MANERA DISTINTA DE CRECER
Para Facundo Stazi, licenciado en Ciencias de la Educación y docente, el fenómeno excede ampliamente el tiempo de uso del celular. Lo que cambió fue la forma misma de socializar. Hablar de sociabilización -explica a este diario- implica preguntarse cómo se construyen hoy los vínculos entre las personas. Y si cambió la vida cotidiana, también cambiaron inevitablemente las formas de encontrarse con otros.
La manera en que compramos, trabajamos o conocemos personas ya no es la misma que hace veinte años, reflexiona.
La comparación aparece con frecuencia en sus clases de los últimos años del secundario. Cuando les cuenta a sus alumnos cómo eran los primeros acercamientos amorosos antes de los teléfonos inteligentes, las reacciones oscilan entre la sorpresa y la curiosidad. Pero hay algo que le llama especialmente la atención.
Detectan que la mitad de los chicos de hasta 17 años tuvo dificultades en el uso de internet
Lejos de burlarse de esas historias, muchos jóvenes muestran un genuino interés. Preguntan cómo eran esos encuentros, cómo se organizaban las reuniones y qué hacían cuando no existían las redes sociales. Esa vida tan liviana del celular también empieza a saturarlos, sostiene.
No se trata solamente de nostalgia. Para Stazi, aquellas formas de encuentro tenían una característica difícil de reproducir en el presente: permitían equivocarse, crecer y experimentar sin que cada momento quedara registrado para siempre. Hemos perdido la oportunidad hermosa del olvido, resume.
Mientras las generaciones anteriores conservan sus recuerdos en la memoria compartida, los adolescentes actuales llevan en el bolsillo una especie de archivo permanente de su propia vida. Fotografías, videos, publicaciones y mensajes construyen una bitácora que permanece disponible incluso años después. Esa presencia constante de una cámara modifica comportamientos, limita la espontaneidad y, muchas veces, instala el miedo al escrache o a la exposición pública.
EL CEREBRO FRENTE A UN MUNDO HIPERCONECTADO
Las inquietudes que aparecen en los consultorios también encuentran respaldo en distintas investigaciones. El informe Kids Online Argentina 2025, elaborado por UNICEF y UNESCO, reveló que casi la mitad de los chicos de entre 9 y 17 años experimentó algún inconveniente relacionado con el uso de internet, los teléfonos celulares o los videojuegos. Detrás de ese dato aparecen situaciones muy diferentes: dificultades para desconectarse, conflictos familiares, problemas escolares, episodios de ciberacoso y alteraciones del sueño, entre otras.
Los especialistas coinciden en que el problema no pasa únicamente por la cantidad de horas frente a una pantalla, sino por el lugar que ese consumo ocupa dentro de la vida cotidiana. Cuando las redes desplazan el tiempo para estudiar, hacer deporte, compartir una comida en familia o encontrarse con amigos, empiezan a aparecer señales que merecen atención.
El problema pasa por el lugar que el consumo ocupa dentro de la vida cotidiana
Gregorini observa justamente ese fenómeno. Explica que muchos chicos quedan atrapados durante horas entre videos cortos, publicaciones y recomendaciones que se suceden de manera ininterrumpida. El resultado es una atención cada vez más fragmentada y mayores dificultades para sostener actividades que requieren concentración prolongada, como leer un libro, estudiar o simplemente conversar.
Sin embargo, insiste en que el camino no pasa por prohibir.
La evolución nos obliga a pensar profundamente el uso de las redes sociales, sostiene. En ese sentido, considera necesario recuperar espacios donde los chicos puedan desarrollar otras experiencias: actividades al aire libre, deporte, lectura, escritura y encuentros presenciales con sus pares. Lo importante es aprender a usarla responsablemente, insiste.
APRENDER A MIRARSE OTRA VEZ
Para Stazi, la discusión tampoco debería reducirse a contar horas de pantalla. Su preocupación apunta a algo más profundo: la transformación de las habilidades sociales.
El docente sostiene que muchas experiencias que antes eran parte natural del crecimiento fueron reemplazadas por interacciones mediadas por una aplicación. Hoy gran parte de esos intercambios ocurre detrás de una pantalla. No es solamente que cambió la herramienta; cambió la forma de vincularnos, analiza.
Las redes sociales permiten mantener contacto permanente con cientos de personas, pero esa disponibilidad no siempre se traduce en relaciones más profundas. Al contrario, muchas veces generan una ilusión de cercanía mientras disminuyen las oportunidades de compartir tiempo real con otros.
Stazi advierte además que los algoritmos terminan organizando buena parte de la experiencia cotidiana.
Las plataformas seleccionan qué contenidos mostrar, qué videos recomendar, qué publicaciones aparecen primero y hasta qué temas se vuelven tendencia. Esa lógica favorece el consumo permanente y reduce la posibilidad de detenerse, aburrirse o simplemente dejar que una conversación siga su curso sin interrupciones.
LOS ADULTOS TAMBIÉN TIENEN UN PAPEL
Frente a este escenario, tanto Gregorini como Stazi coinciden en un punto central: la responsabilidad no recae únicamente sobre los adolescentes. Los adultos también forman parte del problema y, sobre todo, de la solución.
Gregorini considera que los límites siguen siendo necesarios, aunque deben construirse desde el diálogo y no desde la prohibición. Establecer horarios para el uso de dispositivos, promover otras actividades y compartir tiempo sin pantallas son estrategias que ayudan a generar hábitos saludables.
Al mismo tiempo, recuerda que los propios padres muchas veces reproducen conductas similares a las de sus hijos. Revisar el teléfono durante una comida familiar, responder mensajes constantemente o pasar horas navegando por redes sociales son escenas habituales que terminan funcionando como modelos de comportamiento.
Stazi comparte esa mirada y agrega que recuperar el encuentro presencial requiere una decisión consciente por parte de los adultos. Tenemos la responsabilidad de enseñarles a sociabilizar y de socializar más seguido, afirma. No alcanza con pedirles que dejen el celular si los propios adultos también viven pendientes de las notificaciones. Para el educador, volver a encontrarse implica recuperar pequeños rituales cotidianos: una sobremesa larga, una partida de truco, una caminata por el barrio, una conversación sin apuros o simplemente compartir el silencio con otra persona. Son experiencias aparentemente simples, pero que construyen habilidades emocionales difíciles de reemplazar en el entorno digital.
MÁS ALLÁ DEL CELULAR
La expansión del mundo digital también modificó la manera en que los adolescentes construyen su autoestima. Especialistas en salud mental advierten que, durante la adolescencia -una etapa en la que la identidad todavía está en formación-, esa búsqueda constante de validación puede generar frustración, ansiedad y una dependencia cada vez mayor de la aprobación ajena.
A eso se suma otro fenómeno propio del entorno digital: la pérdida de ciertos frenos que existen en las relaciones presenciales.
Los especialistas señalan que, cuando el uso de las redes empieza a afectar la vida cotidiana, aparecen señales que las familias no deberían pasar por alto: cambios bruscos de conducta, aislamiento, abandono de actividades que antes generaban interés, alteraciones en el sueño o la alimentación, rechazo a asistir al colegio o síntomas físicos asociados a la ansiedad.
Por eso, insisten en que la conversación debe comenzar mucho antes de que aparezcan los conflictos. Hablar sobre los riesgos, acompañar el uso de la tecnología y sostener espacios de confianza suele resultar mucho más efectivo que intervenir únicamente cuando el problema ya está instalado.
UNA GENERACIÓN QUE NO ESTÁ PERDIDA
Gregorini observa con optimismo que en distintos países ya comenzaron a impulsarse políticas para revisar el uso de dispositivos en las escuelas y promover hábitos digitales más saludables. Considera que existe una mayor conciencia social sobre el tema y que el desafío pasa por encontrar un equilibrio entre los beneficios de la tecnología y el cuidado del desarrollo emocional. No hay que demonizar las redes sociales, insiste. Lo importante es comprender el impacto que tienen y aprender a utilizarlas responsablemente.
Stazi también rechaza las miradas catastrofistas. De hecho, cree que los propios adolescentes empiezan a mostrar cierto cansancio frente a una vida completamente mediada por el celular. Para el educador, ese interés demuestra que la necesidad humana de encontrarse sigue intacta. Creo absolutamente en lo inherente al hombre de verse cara a cara, afirma.