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El dia La Plata hace 10 horas 6 min de lectura

1976: medio siglo del año en que Hollywood cambió para siempre | El Dia

Hace 50 años, mientras Estados Unidos festejaba su Bicentenario con fuegos artificiales, sus pantallas mostraban taxistas psicóticos, periodistas desquiciados y conspiraciones en la Casa Blanca. Fue el punto más alto de una revolución: la de los dire

1976: medio siglo del año en que Hollywood cambió para siempre | El Dia
Foto: El dia La Plata

Pocas veces el calendario fue tan irónico. En 1976, Estados Unidos cumplía 200 años y se regalaba a sí mismo una fiesta patriótica de costa a costa. Pero cualquiera que entrara a un cine se encontraba con otro país: el de Travis Bickle recorriendo una Nueva York podrida en Taxi Driver, el del conductor televisivo Howard Beale gritando estoy harto y no voy a soportarlo más en Network, el de dos periodistas desenterrando la trama de Watergate en Todos los hombres del presidente. El cine más visto y premiado del año era, también, el más sombrío. Y detrás de cámara había algo inédito: los que mandaban eran chicos.

Para entender cómo Martin Scorsese, Brian De Palma o Sidney Lumet el veterano que filmaba como un joven furioso llegaron a tener semejante libertad hay que retroceder una década. A mediados de los sesenta, el viejo Hollywood estaba en quiebra creativa y financiera. La televisión le había robado al público familiar, y los estudios respondían con superproducciones cada vez más caras y anacrónicas que se estrellaban en la taquilla. Los magnates que habían inventado la industria morían o vendían sus estudios a conglomerados que no sabían qué hacer con ellos.

En ese vacío de poder se colaron dos novedades. La primera fue el fin del código Hays, el corset de censura que durante tres décadas había prohibido mostrar casi todo: en 1968 fue reemplazado por el sistema de calificaciones por edades, y de golpe se podía filmar la violencia, el sexo y la ambigüedad moral que el cine europeo ya exploraba hacía años. La segunda fue Busco mi destino (1969): una película de motoqueros filmada con monedas que recaudó una fortuna y les demostró a los ejecutivos algo aterrador: no entendían nada de lo que quería el público joven. La conclusión fue lógica y desesperada: había que contratar jóvenes.

Así entró en escena la primera generación de directores formados en escuelas de cine, cinéfilos que habían crecido venerando por igual a John Ford y a Godard: Coppola, Scorsese, De Palma, Friedkin, Bogdanovich, Altman como hermano mayor. Por primera vez en la historia de Hollywood, el director y no el estudio era el autor de la película.

FILMAR LA RESACA

Esa libertad formal se cruzó con un país en su peor momento anímico del siglo. La derrota en Vietnam, el escándalo de Watergate y la renuncia de Nixon, la crisis del petróleo, la inflación, las ciudades quebradas y violentas: el famoso optimismo americano estaba fundido. Y el Nuevo Hollywood hizo algo que el viejo jamás se habría permitido: en lugar de ofrecer consuelo, puso la depresión nacional en pantalla.

El resultado fue un cine de antihéroes, paranoia y finales amargos. Los policías eran corruptos, los detectives fracasaban, las instituciones mentían. En 1976 esa sensibilidad llegó a su forma más pura. Taxi Driver Palma de Oro en Cannes convirtió la alienación urbana en pesadilla febril. Network anticipó con precisión profética la televisión como espectáculo del enojo. Todos los hombres del presidente transformó el periodismo en thriller de paranoia institucional. Hasta el terror se volvió político: Carrie, de De Palma, escondía bajo la sangre del baile de graduación una fábula sobre el fanatismo religioso y la crueldad adolescente.

LA GRIETA DE ROCKY

Pero 1976 también contenía, casi en secreto, el fin de la fiesta. La película que ganó el Oscar no fue ninguna de las anteriores sino Rocky, la historia del boxeador perdedor escrita por un actor muerto de hambre llamado Sylvester Stallone. Era, en apariencia, otra película realista de la era: calles grises de Filadelfia, un protagonista de clase trabajadora. Solo que esta vez el final no era amargo: el perdedor se levantaba (aunque, bueno, perdía, en un giro total respecto a las expectativas de la película deportiva). El público, agotado de tanta oscuridad, la abrazó como una revelación.

Ahí estaba la señal. Tiburón (1975) ya había inventado el éxito de taquilla veraniego, y La guerra de las galaxias (1977) terminaría de darlo vuelta todo: el negocio dejó de ser la película para adultos y pasó a ser el espectáculo familiar repetible. Rocky, de hecho, pasó de ser un realista retrato de la pobreza a una fábula cada vez más anabolizada del éxito, camino a los 80 reaganistas. Cuando en 1980 el fracaso monumental de La puerta del cielo, de Michael Cimino, fundió a un estudio entero, los ejecutivos recuperaron el poder que habían cedido. Llegaban los ochenta de Reagan, del optimismo obligatorio, de los músculos y las secuelas. La era en que los directores jóvenes fueron dueños de Hollywood duró apenas una década. Pero dejó, en aquel año del Bicentenario, la foto más honesta que el cine americano se sacó jamás.

Taxi Driver (Martin Scorsese)

Robert De Niro como Travis Bickle, veterano de Vietnam, insomne y taxista nocturno en una Nueva York infernal. Palma de Oro en Cannes y obra cumbre del malestar americano: la violencia como único idioma disponible para un hombre invisible. El ¿me estás hablando a mí? improvisado frente al espejo ya es patrimonio de la cultura popular.

Network (Sidney Lumet)

Un conductor de noticiero anuncia al aire que va a suicidarse y el rating explota: la cadena decide explotarlo. La sátira de Paddy Chayefsky sobre la televisión como negocio del enojo parecía exagerada en 1976 y hoy se lee como documental profético de la era de los gritos en pantalla y las redes sociales. Peter Finch ganó el Oscar póstumo.

Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula)

Redford y Hoffman como Woodward y Bernstein, los periodistas del Washington Post que destaparon Watergate apenas dos años después de la renuncia de Nixon. Cine de paranoia institucional en estado puro y, todavía hoy, la mejor película jamás filmada sobre el oficio periodístico: teléfonos, libretas y puertas que se cierran.

Rocky (John G. Avildsen)

Stallone escribió el guión en pocos días y se negó a venderlo si no lo protagonizaba él. El resultado: Oscar a mejor película y el nacimiento de un mito de la clase trabajadora. Vista hoy, es la bisagra exacta entre dos épocas: tiene el realismo sucio del Nuevo Hollywood y el final esperanzador que definiría a los ochenta.

Carrie (Brian De Palma)

La primera adaptación de Stephen King al cine, con Sissy Spacek como la adolescente humillada que descubre poderes telequinéticos. De Palma convirtió una novela de terror en tragedia sobre el bullying, el fanatismo religioso y la crueldad de la secundaria americana. El baile de graduación bañado en sangre es una de las escenas más influyentes del género.

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