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Clarin 03/01/2026 11:29 5 min de lectura

Una victoria que Donald Trump perseguía desde su primera presidencia

El magnate se había retirado frustrado del poder por no haber podido derribar al régimen y espero a su segundo mandato para hacerlo. Es una victoria para Trump pero genera una enorme incertidumbre sobre cómo se manejara la crisis desde ahora.

Una victoria que Donald Trump perseguía desde su primera presidencia
Foto: Clarin

La sensación en Washington era que tarde o temprano el presidente Donald Trump iba a atacar territorio venezolano, en mayor o menor escala, y que Nicolás Maduro se iría del poder, negociando o a la fuerza.

Este sábado a la madrugada sucedió lo segundo: el autócrata de Caracas y su esposa fueron capturados en Venezuela en medio de un operativo militar y trasladados a EE.UU para ser juzgados. Fue un paso que muestra los sensibles límites que el jefe de la Casa Blanca está dispuesto a superar y que abre ahora un panorama incierto en Venezuela y en la región.

Poco después de las 4 de la mañana, hora local, Trump anunció desde su casa de veraneo en Mar-a-Lago el ataque. Con 74 palabras en sus redes mostró algo inédito y preocupante: que Estados Unidos puede capturar a un presidente en ejercicio de su capital en plena noche más allá de todos los horribles delitos que haya cometido Maduro para juzgarlo en la justicia estadounidense. Es una fuerte señal de Trump de que está dispuesto a ir por todo, cuando los intereses de EE.UU. están en juego y sobre todo cuando lo desafían personalmente.

La ofensiva se esperaba porque Trump había armado el caso, como dicen en EE.UU., desde hace tiempo. El estadounidense se había quedado con la sangre en el ojo desde que había fracasado la operación con Juan Guaidó durante su primer mandato y el magnate aguardó entonces una segunda oportunidad en su nueva gestión.

Más allá de una cuestión de ego personal Trump no soportaba que el venezolano lo desafiara Estados Unidos busca hacer negocios con el petróleo de Venezuela y sobre todo devolver a ese país a los millones de inmigrantes que se asentaron en suelo estadounidense huyendo de Maduro.

Desde que Trump asumió hace casi un año hubo varios pasos en la presión sobre el autócrata. El Tesoro y el Departamento de Estado lo sancionaron tanto a él como a su entorno y el Departamento de Justicia ofreció recompensa por su captura. Los señalaron como líder del Cartel de los Soles, una organización que supuestamente inunda a EE.UU. de drogas, a pesar de que la mayoría de los envíos no llegan desde Venezuela. Era reclamado por varios tribunales estadounidenses.

También Estados Unidos había señalado la importancia del Hemisferio Occidental en su nueva Doctrina Monroe actualizada que emitió el Departamento de Estado en su visión del mundo semanas atrás, donde advertía la amenaza de las drogas como un tema de seguridad nacional. En esta posición se veía la mano del canciller Marco Rubio, de origen cubano, un halcón para Caracas y La Habana.

La ofensiva militar

Pese a la presión, Maduro no cedía y no abandonaba el poder. Entonces comenzó la etapa militar, con un enorme despliegue en el Caribe de destructores, cazas y el mayor portaviones del mundo, el USS Gerald Ford. Se sabía que este operativo no estaba destinado solo a atacar lanchas con drogas en el mar. Se esperaba en principio que sirviera como elemento disuasorio y que Maduro, acorralado, negociara una salida del poder. Hubo intentos concretos pero, por lo que trascendió, el venezolano aparentemente pedía demasiadas concesiones para irse. Trump desconfiaba y Rubio también.

Mientras tanto, el líder chavista desafiaba a Trump con bailecitos y canciones mientras se aferraba a Miraflores. Para el jefe de la Casa Blanca, era cuestión de esperar el momento y analizar la magnitud de la ofensiva. El propio Trump ya había advertido que el venezolano tenía los días contados.

Trump tampoco estaba interesado en una gran ofensiva en Venezuela y no precisamente por las violaciones al derecho internacional sino por la repercusión interna que un operativo de gran envergadura podía desatar.

En medio de las preocupaciones por la inflación y los aranceles, el 63% de los estadounidenses, según un sondeo del 17 de diciembre de Quinnipiac, estaba en contra de una acción militar contra Caracas y solo un 25% la apoyaba. Incluso un 53% se opone al uso de ataques militares de EE.UU. para eliminar a presuntos traficantes de drogas en aguas internacionales.

Además, su base republicana que creció al amparo del America first (Estados Unidos primero) no comulga con las incursiones de EE.UU. en el exterior porque no quiere que todos los recursos se vuelquen en el país. Es un sector que ya ha comenzado a mostrar su disgusto por la gestión económica y por el manejo del escándalo Epstein.

En este contexto, Trump debía actuar pronto, sobre todo porque en noviembre de este año hay elecciones legislativas y corre el riesgo de perder la mayoría en la cámara de Representantes, según las encuestas.

Para la Casa Blanca, el operativo tenía que terminar pronto, sí o sí con la salida de Maduro y sin un desastre militar que implicara bajas estadounidenses. Más allá de las críticas que sobrevendrán por la legalidad de este paso inédito desde 1989 --con la captura del panameño Manuel Noriega-- ese objetivo parecía cumplido.

Pero no está claro qué sucederá ahora, si hay un sucesor inmediato o un vacío de poder. También está por verse si el operativo enciende en Venezuela la furia antiestadounidense o si se celebrará el fin de la dictadura con innumerables denuncias de violaciones a los derechos humanos. La salida de Maduro es una victoria para Trump, pero el caos o el colapso posterior en Venezuela podría ser un problema para el jefe de la Casa Blanca.

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