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Clarin hace 3 días 4 min de lectura

Una nueva joya en el Jardín Japonés: los secretos del camino de la larga vida

Lo integran 16 pórticos tradicionales, ubicados sobre la avenida Casares.Las claves para disfrutar de este paseo clásico, que ofrece filosofía zen hasta en las piedras.

Una nueva joya en el Jardín Japonés: los secretos del camino de la larga vida
Foto: Clarin

Cuenta una leyenda que un banco de peces koi nadaba por un río caudaloso contra una corriente muy fuerte. En el horizonte había una imponente cascada que la mayoría trataba de esquivar. Pero uno se animó, logró saltarla y se transformó en un pequeño dragón.

Se pueden ver decenas de dragoncitos nadando en los estanques del Jardín Japonés, en el barrio porteño de Palermo.

Pero no importa cuántas veces uno haya ido. Vale la pena volver.

El Jardín Japonés es hermoso. Está vivo y cambia, y además, cobija ésa y otras tradiciones milenarias. Ofrece belleza, historia y alusiones a la filosofía zen y a la religión shintoísta hasta en las piedras.

longevidad

Además, sumó una novedad especial: el Camino de la Longevidad o sendero de la larga vida.

El Jardín instaló una serie de 16 portales típicos o torii sobre la avenida Casares al 3500 para invitar a los visitantes a recorrer, conscientemente, el camino.

Un sendero, 16 valores

Cada uno de los 16 torii representa un valor. Sencillez. Honestidad. Confianza. Y así.

El recorrido desemboca en la entrada principal al Jardín, donde aparece el Shureimon, un portal típico de Okinawa, de donde vino alrededor del 80 por ciento de los japoneses que viven en Argentina. A cada lado del pórtico hay esculturas de shisa, perros-leones, guardianes

En la cultura japonesa, el torii marca la transición de un espacio a otro. Por ejemplo, en la entrada a un templo, señala el pasaje de lo profano a lo sagrado. Acá inspira de otra manera: invita a relajarse para entrar a disfrutar de ese pedacito de Japón en Buenos Aires.

¿Y lo de la larga vida? Si uno recorre ese camino conectándose con la naturaleza y los valores expuestos, que son universales; si baja el ritmo, si presta atención a sí mismo, su cuerpo, sus deseos, va por buen camino en ese sentido, resumen desde el Jardín Japonés.

Entre pagodas y origami

El Jardín Japonés, espacio de meditación y recreación, fue donado a la Ciudad de Buenos Aires en 1967 por la comunidad japonesa para la visita de los príncipes Akihito y Michiko, luego emperadores. Después fue descuidado y en 1979 reabrió.

El Jardín Japonés, espacio de meditación y recreación, fue donado a la Ciudad de Buenos Aires en 1967 por la comunidad japonesa para la visita de los príncipes Akihito y Michiko, luego emperadores. Después fue descuidado y en 1979 reabrió.

Como Japón es montañoso y el terreno de acá era llano, trajeron 18 toneladas de piedras de Córdoba. Y, entre otras novedades, plantaron cerezos (cada invierno es la fiesta del sakura, la lluvia de pétalos rosados) y otros árboles que renacieron tras el bombardeo en Hiroshima (1945).

Las piedras del Jardín fueron esculpidas por la naturaleza, marcan desde la Fundación Argentino Japonesa. Son símbolos de perpetuidad y, en este espacio donde todo tiene algo para decir, de silencio.

Los puentes rojos son también metáforas preciosas. El Taiko Bashi, curvo, alude a lo que en Occidente conocemos como otro pasaje: de la Tierra al cielo, a lo espiritual. Es que el diseño propone, sutilmente, subir, elegir dónde apoyarse, buscar equilibrios, llegar hasta la cima y bajar.

El segundo puente conduce hacia la isla de los remedios milagrosos. Y el tercero, Yatsu Bashi, tiene una estructura en zigzag. Uno cruza, dobla, vuelve a cruzar, vuelve a doblar. Es el puente de las decisiones. Una forma de experimentar cómo cambian algunas cosas según los puntos de vista.

Hay que entrar y andar un rato (mejor, un día de semana, dado que hay menos gente) porque el Jardín Japonés, con sus pagodas y faroles, no entrega todo de golpe.

Pero, a pasos de avenidas, cada vez que uno cruza el Sendero de la Longevidad y el Shureimon, encuentra un refugio donde el agua, la madera y el arte (qué bello es el origami) invitan a mirar afuera y adentro, con ojos nuevos.

Un poema breve, inspirado Basho, el gran poeta viajero del Japón del siglo diecisiete, resume otro motivo para volver al Jardín Japonés: En el agua quieta del estanque, hasta la sombra de la cascada aprende a descansar.

El sendero de la larga vida o de la Lonvevidad es gratuito. La entrada al Jardín Japonés vale 8 mil pesos. Para menores de 12 años y mayores de 65 es gratis. Más información en su página web.

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