El efecto multiplicador de la inversión pública en cuidados
La tasa de participación laboral de las mujeres en edad activa es de apenas el 53,1%, y la desocupación entre ellas supera el promedio general, con un pico del 17,1% para las más jóvenes.
Los últimos datos oficiales del mercado de trabajo, publicados por el Indec confirman una brecha de género abrumadora en la tasa de participación laboral: mientras el 69,6% de los varones realiza actividad laboral, apenas el 53,1% de las mujeres tiene la posibilidad de trabajar a cambio de dinero.
El desempleo también muestra diferencias. Mientras la tasa general ha llegado al 7,9% en el segundo trimestre de 2026, el indicador asciende al 8,4% para las mujeres en general y al 17,1% para las mujeres jóvenes (hasta 29 años), el valor más alto de toda la tabla.
¿Cómo se explican estos datos? ¿Por qué participan menos mujeres en el mercado laboral? ¿Y por qué, cuando lo hacen, les cuesta más encontrar empleo? La causa es estructural: la división patriarcal del trabajo asigna a las mujeres muchísimas más horas de cuidado gratuito en hogares y comunidades.
Esto las lleva a enfrentar en soledad la llamada conciliación de la vida familiar con la vida laboral, como si se tratara de un problema individual, cuando en realidad refleja una forma de organización económica y social injusta, y deficiente.
Según la última Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del Indec, el 91,7% de las mujeres realiza trabajo de cuidado no remunerado, con un promedio de 6 horas y 30 minutos diarios, frente al 75,1% de los varones, que dedican en promedio 3 horas y 40 minutos. Aun dejando de lado la diferencia en la proporción de varones y mujeres que cuidan, la brecha diaria de tres horas equivale a casi tres jornadas laborales de diferencia por semana.
El desempleo de las mujeres jóvenes muestra, además, que los efectos de esta distribución desigual no es cosa del pasado: atraviesa a las generaciones más jóvenes. Es más: hay estudios que indican que la mayor parte de los jóvenes ni-ni (ni estudian ni trabajan) son de hecho pibas ni-ni: mujeres jóvenes y adolescentes que dedican su tiempo a cuidar a sus hijos, vecinos, hermanos u otros parientes.
Sucede que el trabajo de cuidado gratuito resta tiempo para el empleo remunerado y reduce la disponibilidad para cumplir jornadas laborales de manera regular, hacer horas extras o capacitarse.
Además, expone a las cuidadoras a atender emergencias y contingencias derivadas de sus responsabilidades. Las trayectorias laborales de las mujeres suelen ser discontinuas, en función de las necesidades del grupo familiar, nuevamente por efecto de esa división injusta del trabajo. A esto se suman barreras de horario, movilidad y ubicación: las distancias de traslado, los horarios rígidos y otras condiciones reducen el abanico de empleos a los que puede aspirar una mujer sobrecargada de tareas de cuidado.
La situación estructural se agrava con las políticas ultraliberales de desmantelamiento del Estado, que hoy oscilan entre negar la desigualdad existente y legitimarla con un posicionamiento característicamente misógino. En particular, el deterioro de los sistemas de salud y educación, así como de la protección a las personas con discapacidad y adultos mayores, profundiza el escenario. El resultado es una pérdida de acceso a ingresos propios que incrementa la vulnerabilidad de las mujeres y su exposición a todo tipo de violencias.
Además, el retroceso de las políticas públicas profundiza la desigualdad social, ya que privatiza la responsabilidad del cuidado y la deja librada a las capacidades de cada hogar. Los hogares de mayores ingresos pueden contratar servicios especializados o personal domiciliario.
En las unidades domésticas de menores ingresos, en cambio, el tiempo de trabajo de las mujeres soporta una presión extrema, que se agrava cuando la jefatura es femenina, y la adulta a cargo debe garantizar tanto el ingreso como el cuidado.
Datos de uso de tiempo de la Ciudad de Buenos Aires indican que en el primer quintil (menores ingresos) las personas dedican el doble de horas al cuidado no remunerado comparadas con las del quinto quintil. Asimismo, datos del extinto Ministerio de Trabajo y de la CEPAL muestran que, a nivel nacional, en el primer quintil de ingresos la tasa de participación laboral de las mujeres apenas supera el 40%.
De cara a los debates que se avecinan, el Estado tiene una agenda pendiente en esta materia. Perspectivas heterodoxas destacan el efecto multiplicador que puede tener la inversión pública en cuidados: se trata de un sector intensivo en trabajo, capaz de generar empleo en cantidad y calidad, así como de mejorar la distribución social de estas tareas.
Una política definida en este sentido podría sustituir parte del actual trabajo no remunerado y cubrir una demanda creciente. Concebida además como parte de un programa económico impulsado por los salarios, podría contribuir a un proceso de crecimiento con la consiguiente creación de puestos de trabajo, infraestructura y servicios, impactando a la vez en una mayor recaudación fiscal.
En fin, fortalecer las políticas de cuidado es apostar a la igualdad de género y la justicia social. Y también al empleo y al crecimiento con desarrollo. Mientras el cuidado se entienda como un problema privado de cada hogar o como un asunto social, secundario para la política económica, el costo seguirá recayendo sobre las mujeres, especialmente en los hogares con menos recursos.
En cambio, reconocer el cuidado como un pilar de la economía y sostenerlo con políticas públicas para la corresponsabilidad entre diversos actores, es condición para la construcción de un país más justo y próspero.
Gabi Nacht es investigadora del Centro Cultural de la Cooperación y miembro de la Asociación Internacional de Economía Feminista