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Pagina 12 30/08/2026 19:31 14 min de lectura

Las militancias tienen un rol primordial que cumplir

A través de historias de militancia, el sociólogo explora las formas de politicidad en la Francia contemporánea y los mundos sociales que las sostienen. La importancia de la acción colectiva para las clases populares y los modos en que se canaliza

Las militancias tienen un rol primordial que cumplir
Foto: Pagina 12

En Los indispensables. Sociología de los mundos militantes, Denis Merklen vuelve sobre los barrios populares para pensar cómo se hace política cuando el trabajo pierde centralidad, el Estado se retrae o se vuelve más punitivo y la vida colectiva se reorganiza en el territorio.

En diálogo con Página 12 el sociólogo cuyo trabajo está orientado por una preocupación política sobre las clases populares, sus formas de movilización y los sistemas de protección social explica su concepto de politicidad popular, el pasaje del trabajador al habitante, la relación que mantienen, en Francia y América Latina, las militancias barriales con los espacios de izquierda y derecha, y los problemas sociales y políticos que se les presentan. En el contexto actual, las militancias tienen un rol primordial que cumplir, señala Merklen, porque todavía crean vínculos, espacios de sociabilidad y formas concretas de sostener la vida común.

Profesor en la Universidad Sorbonne Nouvelle - París 3 y director del Instituto de Altos Estudios de América Latina (IHEAL) de París, Merklen es autor de Bibliotecas en llamas. Cuando las clases populares cuestionan la sociología y la política, y Pobres ciudadanos. Las clases populares en la era democrática (Argentina 19832003), entre otros.

-¿Quiénes son los indispensables y qué lugar ocupan en la vida de los barrios?

-Conociendo el mundo de las militancias barriales, me pareció que estos militantes son indispensables en dos registros. Por un lado, porque son militantes sociales de barrios atravesados por una cantidad de problemáticas propias de las clases populares en Francia, y son indispensables para resolver problemas, acompañar la gestión de las políticas públicas, representar y hacer audible la voz de quienes enfrentan muchas dificultades y, muchas veces, no encuentran quién los escuche. Pero también, lo son para que esas categorías sociales puedan formar colectivos. En Francia, como en Argentina, en cierta medida también, existe un problema de formación de colectivos.

-¿A qué se debe esa dificultad para formar colectivos?

-Es un problema seguramente más agudo en Francia, donde los partidos de izquierda se desmoronaron y los sindicatos han visto restringidos sus campos de acción. Esas dos formas tradicionales de formación de colectivos están debilitadas. También porque los partidos políticos han cambiado sus modos de socialización política y buscan obtener votos más que producir colectivos. Sin eso, las democracias contemporáneas van a entrar en crisis mucho más profundas de las que ya atraviesan. Buena parte de la crisis en la que se encuentran pasa por allí, porque esto tiene que ver con las fracturas sociales, la segmentación y con el distanciamiento de esos grupos respecto de los centros de modernización y de cohesión social. Por otro lado, las democracias no funcionan solo por su faz representativa: necesitan espacios de participación y acción colectiva, que deben ser construidos y alimentados. Esa es la idea de indispensables: la militancia social, política, barrial, asociativa, cultural, deportiva, tiene un papel político fundamental que alimenta las formas de la ciudadanía y de politicidad popular.

-¿Qué singularidad encuentra en estos militantes respecto de formas tradicionales de militancia política? ¿Qué buscan transformar estos militantes?

-Tal como pasó en Argentina, en Francia también hubo una territorialización de las clases populares; es decir, el barrio cobró más importancia. La historia de la clase obrera francesa es más larga y más profunda que la argentina, y hubo tiempos en los que el barrio popular fue muy importante. Pero, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, con el crecimiento del Estado social francés y de las instituciones que penetraron en la sociedad civil, esa importancia fue disminuyendo. Hasta hace poco, para la inmensa mayoría de la población, el barrio era fundamentalmente un lugar de residencia, con escasa solidaridad entre vecinos. El debilitamiento de esas instituciones volvió a hacer del territorio un espacio central y llevó a una nueva territorialización de la militancia barrial. Es desde ese lugar que estos militantes se proyectan y desde donde los problemas sociales y políticos se les presentan de una manera singular.

-¿Cómo se expresa esa singularidad en sus formas de acción?

-Por ejemplo, la asociación de Roubaix busca inscribir a la gente en las listas electorales y favorecer la participación política, no solo a través del voto. También busca que la religión musulmana, que el islam pueda participar plena y completamente en la vida política de un país tan laico como Francia. Al mismo tiempo, buscan extender los límites de la nación, señalar las fisuras de la República y decir: Ojo, ojo, aquí nos estamos quedando afuera; erguirse, ponerse de pie, levantarse como sujetos políticos y como actores en el seno de la democracia. Están trabajando sobre la nación, la democracia y la República, tres problemas que tienen mucha centralidad y necesitan ser redefinidos. Ahora bien, no hay un proyecto revolucionario ni de transformación acabada, elaborado, como podría presentar un partido político a través de un programa. Sin embargo, detrás de sus iniciativas hay proyectos de transformación, que aparecen porque vienen a patear la puerta con un problema: ¿Y cómo que nosotros no formamos parte de la nación si nacimos todos acá, aunque seamos musulmanes?. Cuestionan la noción misma de nación y de nacionalidad, reivindicando sus trayectorias migratorias y sus pasados coloniales.

-¿Qué permite ver la noción de politicidad en el caso francés? ¿Es comparable con el caso argentino?

-La noción de politicidad se volvió más frecuente en el castellano de América Latina, aunque sigue estando poco conceptualizada. En francés no existe. La idea de politicidad sirve para distinguirla de la idea de política y pensar que las personas son agentes y sujetos políticos per se: no es que accedan a la política ni que vayan hacia la política, sino que son sujetos políticos, lo quieran o no. Luego, la política es una práctica fuertemente marcada por los sectores sociales. Las prácticas políticas de las clases medias, más cercanas a las que exige la ciudadanía tal como es teorizada por la ciencia política, son distintas de las que desarrollan las clases populares, que crean prácticas políticas con características propias. Podemos hablar de una politicidad popular y de una politicidad de las clases medias.

-¿Qué nos dice la politicidad acerca de cómo cambian las formas de hacer política de las clases populares?

-Si nos concentramos en las clases populares, la noción de politicidad permite pensar en el hecho de que la política cambia con el tiempo. Las clases populares eran peronistas en 1950 de una manera y hoy son peronistas de otra. También están dejando de serlo de a poco, o mantienen con el peronismo una relación que evoluciona. En Francia, las clases populares, que eran comunistas y socialistas, dejaron de serlo porque el socialismo y el comunismo no tuvieron la capacidad de adaptación que tuvo el peronismo. Hay una desafección en las clases populares francesas respecto de las ideas socialistas y comunistas, y una orfandad que aprovecha el partido de Marine Le Pen. En este escenario, los militantes barriales, sociales y asociativos cumplen un papel al producir socialización política en el contacto cotidiano.

-¿Por qué sostiene que la democracia recién ahora vuelve a preocuparse por el militante?

-Porque la democracia nunca teorizó demasiado la noción de militancia; sí la de participación, pero no la figura del militante. Y se refugió en la idea de representación política para no pensar en ese problema. Hasta ahora, quien pensaba la militancia era el ala izquierda de la democracia, porque siempre consideró que los débiles debían constituirse en colectivos y que era el número lo que los hacía fuertes frente a aquellos que lo eran a través del capital, de sus espacios de poder, etcétera. Entonces, había ahí una teoría, pero ese pensamiento de izquierda se desmoronó. Los colectivos de izquierda tienen una capacidad de organización muy débil. En el mejor de los casos, se movilizan para ir a la plaza pública a pedirle al Estado que haga algo en su nombre, pero no pasan una vida junto a aquellos con quienes creen que es necesario organizarse. Hoy las derechas y las ultraderechas de distinto pelaje se volcaron hacia la militancia y recuperaron espacios políticos a partir de ella.

-¿Cómo se manifestó ese giro hacia la militancia?

-Lo vivimos de manera muy fuerte en Argentina y también se observa en Francia, donde desde hace por lo menos dos generaciones hay militantes que trabajan con las clases populares para reconstruir espacios políticos. Las extremas derechas en Europa crecieron enfrentando la hostilidad de los medios de comunicación, que las enviaban al pasado indeseable del fascismo de los años treinta a cincuenta, y lograron reconstruirse gracias a militancias de todo tipo. Allí, las izquierdas y las democracias se encuentran frente a un problema. Por eso hablo del carácter indispensable de esos trabajos.

-¿Cómo reaccionan las izquierdas frente al avance de las derechas?

-En el mismo momento en que el brazo derecho extremo se dedicaba a la militancia, las izquierdas creían que las redes sociales les iban a brindar una democracia 2.0 y que, con un post, iban a llegar mucho más lejos que con una reunión de comité que llevaba cuatro horas de asado, choripán y no sé qué, en la que eran veinte, en el mejor de los casos, y todos viejos. Ese problema creó una tenaza de la cual hoy se está intentando salir.

-¿Y qué particularidad tuvo este proceso en Argentina?

-La temporalidad de la Argentina es distinta por la crisis de 2001, cuya terrible ruptura del orden social produjo espacios de militancia de las clases medias como de los sectores populares, aunque los de las clases medias fueron más efímeros.

-¿Qué relación mantienen estas militancias barriales con los espacios de izquierda y progresistas?

-En Francia, hay una afinidad política clarísima con la constelación de partidos de izquierda que componen el ala izquierda del Parlamento -socialistas, comunistas, verdes y Francia Insumisa-. Durante mucho tiempo, esos gobernaron los municipios donde estas militancias crecieron y contribuyeron a su desarrollo. Pero, al mismo tiempo, eran responsables de una situación social que se deterioraba y, desde el gobierno, muchas veces terminaban limitando las formas de movilización popular. Así, estos militantes comenzaron a volverse críticos de los mismos partidos con los que tenían una afinidad política inmediata. Cuando las izquierdas perdieron espacios y llegaron gobiernos de derecha, estos militantes se encontraron además frente a gobiernos hostiles. Se produjo así una situación paradójica: las militancias y las poblaciones de esos barrios mantienen una sensibilidad de izquierda, pero al mismo tiempo entran en conflicto con los partidos políticos de izquierda. Algo similar ocurrió en Argentina.

-¿De qué manera?

-El progresismo enaltecía las virtudes del Estado y de las instituciones públicas mientras, para las clases populares, el Estado se desajustaba y empezaba a funcionar mal. Mientras el progresismo decía que había que proteger y fortalecer el Estado, mucha gente respondía: ¿Cómo me vas a convencer de que el Estado es bueno si hace cuarenta años que tengo un hospital de porquería y que la policía me maltrata?. El desencuentro entre el progresismo y las clases populares se produjo por ese desfase entre la voluntad y el discurso de los gobiernos progresistas, por un lado, y su capacidad real para crear, consolidar y fortalecer las instituciones públicas, por otro. Seguramente los gobiernos progresistas de América Latina confundieron presupuesto público con institución.

-¿En qué sentido?

-La creación de instituciones es algo mucho más complejo que el aumento del presupuesto público que se les destina. Claro que sin presupuesto no hay escuela, pero una escuela no es simplemente dinero destinado a la institución escolar. Es mucho más que eso: implica pensar esa institución en la sociedad de hoy.

-¿Qué puntos de contacto encuentra entre las militancias de los barrios populares franceses y argentinos?

-Hay algo que está en el ADN de las militancias argentinas y que las distingue de las militancias francesas. No se trata tanto de una diferencia entre América Latina y Europa, sino específicamente entre Francia y Argentina. En Argentina, desde hace mucho tiempo, las militancias se piensan a sí mismas bajo el paraguas de la entidad intermedia: las organizaciones sociales captan recursos de la política pública, los administran y los transfieren a sus beneficiarios. En Francia no existe esa noción. Los movimientos sociales y los militantes son una voz que se presenta frente al Estado para que sean las instituciones las que se hagan cargo del acceso a la política pública.

-¿Y cómo se traduce esa diferencia en las prácticas concretas de los militantes?

-Cuando observamos a los militantes, vemos que esas asociaciones buscan recursos para abrir espacios de vida colectiva: una compañía de teatro por aquí, un club de fútbol por allá, acompañar a unos presos por este otro lado, fundar un lavadero comunitario en esta otra ciudad. Y aquí vuelvo a insistir sobre su carácter indispensable: crean mundos, le están dando a la vida social una dimensión nueva.

-¿Qué hace falta para que esas formas de organización local puedan proyectarse y articularse más allá del ámbito local, incluso a escala nacional?

-Esas organizaciones barriales tienen límites. Uno de ellos es la dificultad para coordinarse a nivel nacional y trascender el ámbito local. Muchos de los problemas que nos afectan, principalmente la arrolladora iniciativa del capitalismo del siglo XXI, requieren organizaciones mucho más poderosas. Por otro lado, hay una cantidad de problemas que no pueden ser pensados exclusivamente a nivel local, sino que necesitan de una inteligencia colectiva societal y espacios de discusión más amplios. Frente a ese déficit organizacional, nos refugiamos en la figura providencial de un líder que piense por nosotros. En este contexto, me parece que la forma partido debe ser repensada.

-¿Cuáles son, a su juicio, los principales desafíos que tienen por delante las militancias?

-Estamos en una fase de gran debilidad, hay que barajar y dar de nuevo. La tentación es que el fracaso de las extremas derechas nos haga respirar, lo cual seguramente va a ocurrir. Pero la verdad es que tenemos una enorme cantidad de problemas por pensar, porque las transformaciones económicas, sociales, tecnológicas e institucionales avanzan a todo galope. En este contexto, las militancias tienen una tarea: están débiles, pero tienen un rol primordial que cumplir.

-¿Dónde se vuelve más urgente esa tarea?

-Son un sinfín de problemas. Por ejemplo, el avance del narcotráfico en los espacios de las clases populares. El narcotráfico desestabiliza directamente a los Estados, pero, en el espacio de las clases populares, con la amenaza que produce sobre la vida y con la competencia que plantea en términos organizacionales y de creación de colectivos a nivel local, constituye un desafío absolutamente colosal.

-¿Qué pueden hacer concretamente las militancias frente a ese desafío?

-Las izquierdas y los progresismos tienen que crear ellos mismos espacios de socialización que permitan esquivar esas organizaciones potentes, del mismo modo que los socialistas y los anarquistas pensaron el problema de la religión durante el siglo XIX. Tuvieron que resolver localmente ese problema y no esperar a que el Parlamento votara una ley que estableciera dónde debían estar las iglesias. Es allí donde aparece un desafío muy grande. Nosotros, desde la izquierda y los progresismos, e incluso desde el espacio democrático en un sentido más general, tenemos que pensar cómo transformar la sociedad sin esperar que el Estado lo haga en nuestro nombre.

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