William Kemmler, el primer hombre en ser ejecutado en la silla eléctrica: "Creo que voy a un buen lugar y estoy listo para partir"
La ejecución de William Kemmler, hace 136 años, reveló cómo la ciencia, la política y las empresas de electricidad Edison y Westinghouse quedaron atrapadas en la búsqueda imposible de una muerte sin sufrimiento.
Todo el mundo estaba tan nervioso, que el tipo que iba a morir intentó tranquilizar a sus verdugos. Tranquilos, todo va bien, les dijo. Nada iba bien. Temblaban el director de la prisión, los guardias, los dos médicos y el capellán; quienes debían preparar al condenado para morir, también temblaban. Eran las 6.38 de la mañana del 6 de agosto de 1890, hace 136 años, en la prisión de Auburn, Buffalo, en el estado de New York. Con esa misma aparente tranquilidad, William Kemmler, de 40 años, había mirado a los 17 testigos y a sus verdugos y les había dicho: Caballeros, les deseo buena suerte. Creo que voy a un buen lugar y estoy listo para partir. Y a su verdugo: Tranquilo, no tengo apuro.
Con manos temblorosas, uno de los guardias, de apellido Durston, le cortó el pantalón a la altura de las rodillas y fijó un electrodo sobre su pierna derecha. Luego le ajustó otro hilo eléctrico a lo largo de la columna vertebral. Kemmler se acomodó en la silla para asegurarse que su espalda quedara bien apoyada sobre el cable y después anunció: Estoy dispuesto. No lo estaba: cambió de idea e hizo señas de que quería hablar. Pidió que comprobaran si los electrodos estaban bien colocados y si las correas que lo ataban a aquella máquina de la muerte estaban ajustadas porque él las notaba un poco flojas. Minutos después, Kemmler se había convertido en el primer ser humano ejecutado en la silla eléctrica.
La utopía es estúpida, pero persigue al hombre desde los tiempos bíblicos: hallar la manera de matar a un ser humano sin dolor, sin sufrimiento o, en todo caso, con la velocidad y la precisión del rayo. La pena de muerte lleva unos cuantos siglos de hipocresía, de espanto y, con perdón, de progreso que a veces también viste el ropaje del horror. La hoguera era terrible, pero se suponía que mataba rápido; el hacha parecía más efectiva según fuesen la habilidad e intenciones del verdugo, pero no lo era; la guillotina mecanizó la decapitación, pero no evitó ni el dolor ni el sufrimiento; la horca pareció un sistema de ejecución más humano a fines del siglo XIX porque intentaba matar por rotura de cuello, que a menudo derivaba en una larga y dolorosa asfixia; el garrote presumía de velocidad y ausencia de dolor; el fusilamiento, ceñido en general al ámbito militar y al de las guerras, requería de un tiro de gracia para acabar con la agonía del condenado o de la víctima; después de la silla eléctrica, la cámara de gas surgió como otro método científico y tal vez indoloro de matar al prójimo: fue un fracaso; y tampoco dio resultado en el siglo XXI, heredada del siglo anterior, la inyección letal. Los ensayos de matar sin dolor, sin sufrimiento y rápido pueden que hayan sido más piadosos para verdugos y testigos: los condenados siempre lo pasaron terrible.
Kemmler también la pasó espantoso. Como diría Gilbert Chesterton, ni con la mejor de las voluntades podría decirse de él que era un gran hombre. Era un vendedor de fruta en los suburbios de Buffalo y un alcohólico violento y peligroso. El 29 de mayo de 1888, alcoholizado, discutió con su mujer, Matilda, Tillie Ziegler y la acusó de querer robarle sus pocos centavos para huir con un amigo de ambos. Tan calmado como cuando enfrentó la silla eléctrica, aquella noche Kemmler mató a Matilda de veintisiete hachazos. Después fue a la casa de un vecino y confesó su crimen. Lo juzgaron cuarenta días después y l condenaron a muerte.
Un relato de la ejecución de Kemmler llegó hasta hoy en las palabras de Albert Naud, escritor, abogado, miembro de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra, autor de: No matarás. Y también a través del gran ensayo del español Daniel Sueiro: La pena de muerte Ceremonial, historia, procedimientos: En una habitación vecina, Edwin F. Dawis, el electricista aguardaba, con las manos puestas sobre la palanca de contacto, a que el director de la prisión le diera la orden convenida.
Cuando eso sucedió y el electricista bajó el interruptor: () De pronto, los asistentes vieron palidecer el rostro de Kemmler. Su cuerpo pareció hincharse y las correas estuvieron a punto de romperse. Un olor a carne quemada llenó la habitación. Los médicos hicieron una seña a Edwin Davis, que cortó la corriente. Kemmler ha muerto declararon. El doctor Morrer sigue el testimonio se inclinó sobre Kemmler y no pudo retener un grito de espanto: ¡Está vivo! ¡La corriente, pronto!. Durston, el ayudante del verdugo, había empezado ya a soltar los electrodos. Recobró su sangre fría, rehízo las ataduras y le hizo la señal fatal a Dawis. El cuerpo de Kemmler se estiró, una llama azulada corrió a lo largo de su columna vertebral y le brotó sangre en la nariz y la boca. Durante setenta segundos, una corriente de mil setecientos voltios pasó a través de su cuerpo, quemando todos sus vasos, que estallaron. La ejecución había terminado. El doctor Morrer certificó la muerte por electrocución.
Otra versión de la ejecución, publicada días después y reproducida por el jurista sueco Knut Olivecrona en su libro De la peine de mort De la pena de muerte, es más rigurosa. Especifica que la primera descarga eléctrica sólo aturdió a Kemmler durante algunos segundos; luego abrió los ojos lanzando gritos de dolor que partían el alma. La segunda descarga ya no le hizo efecto. Fue solamente después de la tercera cuando pareció perder el conocimiento, pero la respiración continuó durante un cuarto de hora, acompañada por convulsiones de todas las partes del cuerpo que mostraban que la vida no había desaparecido inmediatamente. La espalda del condenado se encontró completamente quemada por la corriente eléctrica, y un fuerte olor a carne quemada se expandió por los alrededores del lugar de ejecución.
Uno de los testigos de la ejecución sintetizó todo en una frase: Habría sido mejor que hubiesen usado un hacha. Era algo más que una frase, era una ironía porque detrás de la silla eléctrica vibraba una feroz batalla comercial y una disputa que mezclaba la ambición y la vanidad. El hombre que hubiese preferido el hacha era George Westinghouse, que en esos días peleaba con Tomás Alva Edison por implantar un sistema de suministro eléctrico en Estados Unidos. Había en juego millones de dólares y no sólo la búsqueda de una forma piadosa de matar al prójimo.
La compañía Edison defendía el uso de la corriente continua (CC), conducida por cables subterráneos, mientras que la Westinghouse Electric, que seguía las huellas de Nikola Tesla, defendía el uso de la corriente alterna (CA), de mayor tensión y conducida por cables aéreos. En los laboratorios de Menlo Park, Edison pidió a su ingeniero y mano derecha, Harold Brown, que creara una silla eléctrica que funcionara con CA, la corriente de su adversario, para desacreditarlo. Brown armó un prototipo, lo paseó por varias ciudades americanas y, ante cientos de espectadores, acabó con la vida de perros, vacas, caballos, liebres y hasta con la de un orangután. También latía en aquella batalla un toque de hipocresía: Edison y Westinghouse eran contrarios al uso de la silla eléctrica, o decían que lo eran. Pero no se trataba de piedad: ambos temían que sus consumidores rechazaran que en sus casas circulara la corriente que achicharraba a los condenados a muerte.
¿Cómo mata la silla eléctrica? El principio elemental se mantiene tal como aquella mañana inaugural de 1890 en Buffalo: se hace circular electricidad por el cuerpo del condenado, a través de un electrodo colocado en la cabeza y otro colocado en una pierna, afeitadas y mojadas ambas para facilitar la conducción. Se aplican dos choques eléctricos por varios minutos: voltaje y tiempo dependen de la estructura, peso y condición del prisionero. La tensión inicial es de 2000 voltios y, en teoría, sirve para romper la resistencia de la piel y provocar la inconsciencia. Pero eso no sucede a menudo. Luego se baja el voltaje para impedir que el prisionero literalmente, arda como una vela. Se usa en cambio un flujo de corriente de unos ocho amperes que lleva la temperatura interior a unos 60 grados centígrados. El daño que produce ese flujo de corriente y esa temperatura en los órganos internos, provoca la muerte, si antes no han llegado el paro cardíaco o la parálisis respiratoria.
Eso dice la teoría. Según los testigos, el escenario no es tan limpio; es un aquelarre de pelos y piel que arden con el prisionero todavía consciente. La alta temperatura de los órganos internos provoca saltos incontrolados, pese a las amarras; el condenado defeca, orina y vomita sangre mientras su cuerpo parece poder cortar las fuertes amarras que lo atan a la silla, todo en medio de un olor intenso a carne quemada. A lo largo de los años, los expertos, siempre incansables, han propuesto algunos cambios en esa máquina infernal, refinados todos, para esquivar u ocultar esas tristes derivaciones.
Nueve años después de la ejecución de Kemmler, Martha Place se convirtió en la primera mujer en ser ejecutada en la silla eléctrica en Estados Unidos. Fue declarada culpable de asesinar a su hijastra, Ida Place. El 16 de junio de 1944, murió en la silla eléctrica de la penitenciaría de Carolina del Sur, George Junius Stinney Jr., un chico afroamericano de 14 años, acusado de asesinar a dos chicas blancas: fue la persona más joven en ser ejecutado en Estados Unidos. En 2014, setenta años después de su muerte, Stinney Jr., fue absuelto de sus cargos y su condena fue declarada nula por el tribunal del circuito de Carolina del Sur. La ejecución ya no podía anularse.
Willie Francis, un adolescente negro de diecisiete años, fue condenado a morir en la silla eléctrica en Luisiana el 3 de mayo de 1946, por el asesinato de Andrew Thomas, dueño de una farmacia en la que trabajaba Francis. El chico sobrevivió al primero de los golpes eléctricos y, luego, a las sucesivas descargas con las que el verdugo intentó cumplir con su trabajo, mientras Francis gritaba: ¡Paren! ¡Paren! ¡Déjenme respirar! ¡No me estoy muriendo!. El condenado sobrevivió y las autoridades descubrieron que la silla, a la que llamaban Gruesome Gerthie Gerthie, la espantosa había sido mal instalada por un guardia borracho. Pero los abogados de Francis exigieron entonces su liberación porque el chico había sido ejecutado, sólo que no había muerto. Empezó entonces una batalla legal que llegó a la Suprema Corte de Estados Unidos hasta que el voto decisivo del juez Félix Frankfurter decidió que Francis debía ser ejecutado de nuevo. Pese a su voto, Frankfurter habló con el gobernador de Luisiana para pedirle, en secreto, que conmutara la pena. Fracasó. Francis fue electrocutado el 9 de mayo de 1947. Esta vez, lo hicieron bien.
En la silla eléctrica y en la misma prisión de Auburn en la que había muerto Kemmler en 1890, fue ejecutado León Frank Czolgosz, el anarquista que asesinó al presidente de Estados Unidos, William McKinley en 1901. En 1927, en Boston, fueron ejecutados en la silla eléctrica los anarquistas italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti por un crimen que no habían cometido. En 1953, el matrimonio de Julius y Ethel Rosenberg también murieron en la silla eléctrica de Ossining, Nueva York, acusados de espionaje y de pasar a la Unión Soviética información secreta sobre el desarrollo de la bomba atómica. En enero de 1989, en Florida, también fue ejecutado en la silla eléctrica Ted Bundy, el asesino serial que confesó haber asesinado a treinta mujeres, aunque se sospecha que cometió muchos más crímenes porque él mismo lo sugirió: retardó varias veces su ejecución con la promesa de revelar a las familias de sus víctimas adónde las había enterrado. Fue así, hasta que los familiares se hartaron y renunciaron a recuperar los restos de sus seres queridos, con tal de que ejecutaran de una vez a aquel criminal.
La silla eléctrica cayó en desgracia, si eso era posible, cuando Estados Unidos suspendió las ejecuciones en 1966. Cuando las retomó, 10 años después, lo hizo al amparo de la inyección letal que parecía un procedimiento indoloro, pulcro e inclemente. No fue así. Las varias combinaciones de drogas hipnóticas, sedantes y analgésicas, más el uso de bloqueadores neuromusculares, la oposición de algunos laboratorios a que sus drogas sean utilizadas para matar, la prohibición de utilizar ciertos fármacos para provocar la muerte, algunas ejecuciones fallidas en cuanto a la inclemencia y a la ausencia de sufrimiento, hicieron que la legislación americana diera libertad al condenado pare elegir entre la inyección letal y la silla eléctrica. Una curiosa forma de libertad.
Matar a un ser humano, aun cuando sea bajo el paraguas de la legalidad, ni es cómodo, ni es indoloro, ni es sencillo, no es progreso sino un resabio bíblico del ojo por ojo: un rasgo siniestro de la cultura. En su Milonga de dos hermanos, Jorge Luis Borges lo dejó diáfano en cuatro versos lúcidos, simples y profundos: Así de manera fiel / conté la historia hasta el fin / es la historia de Caín / que sigue matando a Abel.
Por eso todos preferimos ser Abel y no Caín. Pero somos todos hijos de Caín y no de Abel.