El fútbol bajo las luces de Hollywood: cuando el espectáculo amenaza con devorarse al juego
Durante el último Mundial, las pausas, los shows, la tecnología llevada al extremo y hasta la irrupción de factores externos en las decisiones arbitrales plantean una discusión profunda: cuánto puede transformarse el fútbol antes de dejar de ser aque
Los cambios siempre implican cierto grado de estrés. Exigen un período de adaptación, obligan a revisar costumbres y modifican aquello que durante mucho tiempo parecía establecido. Nada bajo este cielo permanece inmóvil ni impoluto. Todo, tarde o temprano, se transforma, y el fútbol, por supuesto, tampoco escapa a esa ley natural.
El problema aparece cuando esos cambios son tan profundos y groseros que aquello que pretendían modernizar comienza a perder su esencia. Ya no se trata entonces de una evolución, sino de una mutación. Lo transformado empieza a parecerse cada vez menos a aquello que alguna vez fue.
El último Mundial disputado en Estados Unidos dejó varias señales en ese sentido.
No debería sorprender que el país del norte convierta prácticamente cualquier actividad humana en un espectáculo de dimensiones comerciales. Forma parte de una cultura en la que una hamburguesa, un partido de béisbol, una pelea de boxeo, una incursión espacial o incluso la presentación pública de una operación militar pueden adquirir características de gran show televisivo.
El entretenimiento, la publicidad y el espectáculo se mezclan hasta conformar un producto diseñado para mantener permanentemente cautiva a la audiencia.
Durante mucho tiempo, el fútbol había logrado escapar, al menos parcialmente, de esa versión extrema de la lógica del mercado. Claro que hace décadas dejó de ser simplemente un deporte y se convirtió en uno de los negocios más poderosos del planeta. Sin embargo, todavía conservaba algunos códigos esenciales vinculados con la continuidad del juego, la tensión deportiva y la espontaneidad.
El Mundial estadounidense puso nuevamente esos límites en discusión. A las ya cuestionadas pausas de hidratación -necesarias en determinadas condiciones climáticas, pero convertidas también en espacios ideales para introducir nuevas tandas comerciales- se sumaron espectáculos artísticos de enorme despliegue durante los entretiempos.
Cantantes, bailarines, actores de Hollywood y hasta personajes humorísticos formaron parte de una puesta en escena que por momentos parecía competir directamente con el partido.
Para algunos espectadores puede resultar entretenido. Para otros, decididamente fastidioso. Pero existe una pregunta que pocas veces ocupa el centro del debate: ¿qué efecto producen esas interrupciones sobre quienes verdaderamente deberían ser los protagonistas?
Un futbolista de alto rendimiento necesita sostener niveles extraordinarios de concentración física y mental. La tensión de un partido decisivo no puede encenderse y apagarse como una pantalla de televisión.
Cada interrupción obliga al cuerpo y a la mente a reconstruir el clima competitivo. El problema es todavía mayor cuando uno de los equipos se encuentra en desventaja, atraviesa su mejor momento o intenta aprovechar emocionalmente el desconcierto de su rival.
El fútbol siempre tuvo una característica que lo diferenciaba de otros deportes estadounidenses, su continuidad. Un partido podía detenerse por una infracción, una lesión o una situación excepcional, pero el espectáculo estaba subordinado al juego.
Ahora comienza a percibirse exactamente lo contrario. El juego corre el riesgo de quedar subordinado al espectáculo. A ello se suma otro fenómeno mucho más complejo, el creciente dominio de la tecnología sobre el arbitraje.
El VAR nació con la intención de corregir errores manifiestos y ofrecer herramientas adicionales a los árbitros. Sin embargo, su implementación extrema amenaza con producir exactamente el efecto contrario, interminables revisiones, festejos anulados minutos después, jugadores esperando decisiones y espectadores que ya ni siquiera saben cuándo pueden celebrar definitivamente un gol.
La tecnología milimétrica aplicada al fuera de juego lleva esa discusión todavía más lejos. Si un sensor puede determinar que un cabello, una uña o una mínima parte del cuerpo deja a un futbolista adelantado, entonces cabe preguntarse hasta dónde sigue teniendo sentido la interpretación humana. ¿Por qué conservar árbitros dentro de una cancha si las máquinas pueden determinar con precisión robótica prácticamente cada acción?
Sensores, cámaras, algoritmos y sistemas automatizados podrían eventualmente decidir fueras de juego, goles, contactos, posiciones e incluso distintas infracciones con una exactitud imposible para el ojo humano.
Sin embargo, la FIFA todavía conserva a esos seres humanos que comienzan a parecer casi obsoletos frente a semejante despliegue tecnológico. Tal vez sea porque, aun en esta época dominada por la precisión digital, se reconoce que cierta cuota de subjetividad continúa formando parte del fútbol.
Porque este sigue siendo -o debería seguir siendo- un deporte de contacto, intensidad, adrenalina, interpretación y emociones inmediatas. Un juego cuya naturaleza difícilmente pueda reducirse por completo a una sucesión de cálculos matemáticos.
Más preocupante todavía sería que factores ajenos al campo deportivo pudieran condicionar decisiones arbitrales. Si el poder político, institucional o económico llegara a tener capacidad de influir sobre una resolución tomada dentro de una cancha, la discusión dejaría de ser tecnológica o reglamentaria para ingresar en un terreno mucho más peligroso: el de la credibilidad misma de la competencia.
Frente a este panorama queda abierta una pregunta inevitable. ¿El modelo hollywoodense observado en Estados Unidos será apenas una característica circunstancial de este Mundial o marcará definitivamente el rumbo del fútbol del futuro?
Tal vez el negocio considere inevitable sumar más shows, más pausas, más publicidad, más tecnología y más contenidos capaces de multiplicar audiencias y ganancias.
Pero existe un límite difícil de establecer, porque el fútbol puede modernizarse, incorporar herramientas, adaptarse a nuevos públicos y modificar algunas de sus reglas. Lo que no debería hacer es olvidar por qué consiguió convertirse en el deporte más popular del planeta.
Durante más de un siglo no necesitó de tantos actores, coreografías ni interminables espectáculos para producir emoción. Le alcanzaban una pelota, dos arcos, veintidós futbolistas y noventa minutos de incertidumbre.
La pregunta, entonces, no es si el fútbol seguirá cambiando. Eso resulta inevitable. La verdadera pregunta es cuánto puede cambiar antes de dejar, definitivamente, de ser fútbol.