Gracias por recordarnos quiénes podemos ser
Hay algo que ocurre cada cuatro años y que después desaparece como si nunca hubiera existido.
Durante un mes dejamos de preguntarnos qué nos separa.
Y empezamos a descubrir todo lo que todavía nos une.
Una camiseta.
Un abrazo.
Un gol.
Un silencio.
Una lágrima.
Eso consiguió esta Selección.
Mucho más que llegar a una final.
Nos recordó que todavía somos capaces de sentir todos al mismo tiempo.
Y eso, en la Argentina de hoy, no es poco.
Es enorme.
Perdieron una final.
Sí.
Pero no perdieron el respeto de nadie.
Porque hay equipos que ganan copas.
Y hay equipos que dejan huellas.
Esta Selección deja una huella.
Por su fútbol.
Pero, sobre todo, por sus valores.
Por la cultura del esfuerzo.
Por el sacrificio silencioso.
Por la disciplina.
Por la humildad.
Por esa costumbre tan poco frecuente de hablar menos y hacer más.
Las lágrimas de Lionel Scaloni no fueron las de un técnico derrotado.
Fueron las de un hombre que sabía que ya no tenía nada más para dar.
Las de Lionel Messi tampoco fueron solo las de un futbolista.
Fueron las lágrimas de alguien que sintió que millones de argentinos estaban llorando con él.
Y era verdad.
Lloramos todos.
Porque cuando un equipo representa tanto, el resultado deja de ser apenas un resultado.
Muchos sentimos que el partido contra Inglaterra había tenido un significado distinto.
Especial.
Profundo.
Cuando aquella bandera gigante con la inscripción Las Malvinas son argentinas apareció en la tribuna, entendimos que había emociones que iban mucho más allá del fútbol.
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No era revancha.
No era política.
Era memoria.
Era identidad.
Era pertenencia.
Por eso nadie debería confundir orgullo con conformismo.
No estamos felices por perder.
Estamos orgullosos de quienes nos representaron.
Hay una diferencia enorme.
Ellos no nos deben explicaciones.
No nos deben disculpas.
No nos deben absolutamente nada.
Nos regalaron algo infinitamente más valioso que un resultado.
Nos devolvieron una emoción colectiva.
Durante más de un mes fuimos un país que discutía de fútbol.
Que esperaba el mismo partido.
Que gritaba los mismos goles.
Que lloraba las mismas derrotas.
Quizás ahí haya una enseñanza.
Si pudimos sentir juntos durante un mes
¿Por qué nos cuesta tanto construir juntos el resto del año?
Gracias, Selección.
Gracias por el ejemplo.
Gracias por la dignidad.
Gracias por competir hasta el final.
Y gracias por recordarnos que, cuando la Argentina encuentra un motivo común, sigue siendo capaz de emocionarse como un solo pueblo.
Eso no entra en ninguna vitrina.
Pero permanece para siempre en la memoria.