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La memoria también juega

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La memoria también juega
Foto: El tribuno

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Hay partidos que duran noventa minutos y otros que atraviesan generaciones enteras. Hay goles que se festejan con un abrazo y otros que despiertan recuerdos dormidos, capaces de unir el presente con una parte profunda de nuestra historia.

La pelota tiene esa extraña costumbre de desobedecer a la historia. Da un pique, cambia de dirección, desafía toda lógica y consigue que una tarde cualquiera se parezca demasiado a otra que creíamos irrepetible. De pronto, el calendario deja de importar. Los años se pliegan sobre sí mismos y 1986 aparece nuevamente en el horizonte, no como una repetición, sino como un recuerdo vivo que vuelve a emocionarnos. Aquella Copa del Mundo llegó apenas cuatro años después de la Guerra de Malvinas. Un país herido encontró en el fútbol un motivo para volver a sonreír sin olvidar el dolor. Nadie confundió una victoria deportiva con una revancha militar, pero tampoco nadie pudo impedir que millones de argentinos sintieran que aquel triunfo devolvía algo del orgullo que había sido golpeado. Fue una alegría popular nacida desde las entrañas de una nación que lloraba a sus hijos.

Hoy el contexto es distinto, pero la memoria permanece. Malvinas no es un episodio encerrado en los libros de historia. Es una causa nacional reconocida por nuestra Constitución, sostenida por el derecho internacional y transmitida de generación en generación. Es el recuerdo de quienes combatieron, de quienes regresaron con cicatrices visibles e invisibles y, sobre todo, de aquellos jóvenes que nunca volvieron a abrazar a sus familias.

Por eso duele cuando se intenta convertir ese recuerdo en una provocación política o deportiva. Resulta preocupante que, en nombre de una supuesta neutralidad, se haya pretendido impedir el ingreso de banderas que recuerdan a las Islas Malvinas durante un partido frente a Inglaterra. Recordar a nuestros caídos jamás puede interpretarse como un acto de violencia. La memoria no agrede. La memoria honra.

Ninguna bandera que exprese el legítimo reclamo argentino sobre las Islas Malvinas constituye un gesto de odio. Todo lo contrario. Representa el ejercicio pacífico de un derecho histórico y soberano que la Argentina sostiene por vías diplomáticas desde hace décadas. Silenciar ese símbolo no contribuye a la convivencia entre los pueblos. Al contrario, transmite la idea de que existen memorias permitidas y memorias incómodas.

Cuando la Selección sale a la cancha representa una historia, una cultura, una bandera y millones de argentinos que encuentran en esa camiseta una parte de sí mismos. Entre ellos también están los veteranos de guerra, las familias de los caídos y quienes crecimos aprendiendo que las Malvinas forman parte de nuestra identidad nacional.

Quizá por eso, cada vez que la red se infla con un gol argentino, también se inflan los recuerdos. En algún rincón invisible de cada estadio parecen hacerse presentes los nombres de aquellos jóvenes que quedaron para siempre mirando el Atlántico Sur. No necesitan aplausos ni discursos grandilocuentes. Les alcanza con que no los olvidemos.

La historia no vuelve exactamente igual. Nunca lo hace. Pero tiene la delicadeza de hacer pequeños guiños. Y este torneo permitió reencontrarnos con aquella emoción de 1986 sin dejar de mirar hacia adelante. Dos generaciones celebraron juntas, unidas por la misma camiseta y por la misma memoria.

Gracias, Selección, por devolvernos esa alegría compartida. Gracias por recordarnos que un país también puede abrazarse alrededor de una pelota. Y gracias porque, mientras millones alentamos una nueva ilusión mundialista, seguimos entendiendo que la emoción deportiva nunca debe hacernos renunciar a la memoria ni a la soberanía.

Porque los campeonatos pasan. Las finales terminan. Los goles se convierten en estadísticas. Pero hay causas que permanecen. Y entre ellas, Malvinas ocupa un lugar que ningún reglamento, ninguna prohibición y ninguna circunstancia podrán borrar del corazón de los argentinos. Allí, donde juega la memoria, la Patria siempre encuentra su tribuna.

El tribuno Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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