Nacen o se hacen: qué dice la ciencia sobre los zurdos y los diestros en el deporte
Un metaanálisis de la Universidad de Chieti-Pescara sitúa a quienes no usan su extremidad dominante en el 10,6% de la población, pero el aprendizaje motor sugiere que esa habilidad se construye con repetición, no con una ventaja cerebral de nacimient
Hablar de jugadores zurdos en el fútbol con Lionel Messi o en básquet con Emmanuel Ginóbili pone sobre la mesa no solo su capacidad, sino también qué ocurre en el cerebro para que esa mano o pierna hábil sea la predominante. Sin embargo, estas dos figuras son solo algunas de las personas que, dejando afuera su genialidad, pertenecen al 10,6% mundial con esta característica, según el metaanálisis científico más grande realizado hasta la fecha por la Universidad de Chieti-Pescara.
Sin embargo, hay otro punto a tener en cuenta: muchos otros, pese a que no son diestros o zurdos por naturaleza, se convirtieron gracias a una práctica intensiva, que pudo moldear habilidades motoras sobresalientes.
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Investigaciones sobre el aprendizaje motor indican que, tras repetidas prácticas, el cerebro reorganiza sus circuitos y automatiza movimientos complejos, permitiendo ejecutar acciones técnicas con gran naturalidad.
En futbolistas de élite, este proceso se traduce en una toma de decisiones casi instantánea y en la capacidad de anticipar jugadas, producto de la experiencia y la repetición, no de una ventaja biológica de nacimiento.
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Una investigación de la mano dominante de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y la Universidad Johns Hopkins pone en duda que una persona nazca con una mano técnicamente superior a la otra. En una tarea nueva y no entrenada, la diferencia entre la mano dominante y la no dominante casi desapareció, según Muy Interesante.
El estudio sugiere que la habilidad de la mano dominante no viene dada de inicio, sino que se construye con la práctica. Según Muy Interesante, en una tarea inédita ambos brazos rindieron casi igual y, tras el entrenamiento, mejoraron a un ritmo muy parecido.
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El trabajo, firmado por Arac, Lee y Krakauer, se planteó una pregunta concreta: si la dominancia manual fuera una propiedad fija del cerebro, una persona diestra debería conservar esa superioridad incluso ante un gesto que nunca hubiera practicado.
Para comprobarlo, los investigadores sometieron a decenas de voluntarios sanos a una prueba diseñada para anular cualquier ventaja previa. La tarea consistía en dibujar las figuras A y 8 con un bolígrafo fijado al codo, un gesto que ningún participante había entrenado antes.
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Cómo probaron que la ventaja de la mano dominante desaparece
El equipo registró cada trazo con un sistema de seguimiento tridimensional del movimiento. Además, empleó una red neuronal artificial para puntuar de forma objetiva la calidad de las figuras y evitar sesgos de evaluación humana.
El resultado fue que la diferencia habitual entre ambas manos casi desapareció. Incluso quienes habían pasado toda su vida como diestros mostraron la misma torpeza inicial con el brazo dominante que con el otro, según el periódico.
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Después de un periodo de práctica con ambos brazos por igual, los participantes mejoraron de forma muy parecida. Ninguna extremidad mostró una ventaja biológica oculta que acelerara el aprendizaje.
Asimismo, un estudio publicado en una revista turca de ciencias del ejercicio físico refuerza esa idea más allá de las manos. La investigación, realizada con jóvenes sanos, determinó que la dominancia de mano, pie y ojo no tiene relación con la capacidad de aprendizaje motor. Dicho de otro modo, tener un pie dominante no implica aprender más rápido ni con mayor precisión que con el otro.
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La destreza se construye con práctica y no con una ventaja fija
Ese patrón cuestiona la explicación clásica de la lateralidad, que atribuye la superioridad de una mano a una asimetría fija entre los hemisferios cerebrales. El experimento sugiere que esas diferencias no se traducen de forma automática en mayor destreza motora cuando la tarea es nueva.
La interpretación que recoge Muy Interesante es otra: la dominancia sería una habilidad construida por repetición. Lo que marcó la diferencia fue el número de repeticiones acumuladas, no una condición técnica previa inscrita en el cerebro.
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Aplicado a la vida diaria, eso significa que la mayor pericia de una mano respondería a miles de horas de uso asimétrico de herramientas como el bolígrafo, el tenedor o el ratón del ordenador. Ese aprendizaje se acumula desde la infancia y refuerza circuitos de control motor fino para tareas concretas.
En el fútbol, ese principio también tiene respaldo empírico. Un experimento con niños sin experiencia en clubes demostró que entrenar exclusivamente con la pierna no dominante mejoró el rendimiento técnico de ambas extremidades en dribling, control de balón y pateo. La destreza de la pierna dominante, al igual que la de la mano, parece ser el producto acumulado de la repetición, no una condición de origen.
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Qué cambia este hallazgo y qué preguntas deja abiertas
El estudio publicado en PNAS fija límites claros. La investigación se hizo solo con adultos sanos y midió una capacidad concreta de laboratorio, no la preferencia espontánea de uso en la vida diaria ni otras habilidades como la fuerza o la coordinación bimanual compleja.
Los autores no descartan que exista un sesgo biológico previo que incline a una persona a preferir una mano. Lo que cuestionan es que esa mano nazca con más talento técnico que la otra.
El hallazgo también tiene implicaciones para la rehabilitación tras un ictus o una lesión. Si reentrenar una extremidad para tareas finas depende más de acumular práctica que de superar una desventaja estructural, los programas terapéuticos suman un argumento a favor de la repetición intensiva, según Muy Interesante.
Lo que queda por resolver es en qué otras tareas aparece esa paridad inicial y cuántas repeticiones hacen falta para que una herramienta nueva se convierta en una destreza asentada. El estudio también deja abierta la duda de si ese mismo patrón se repite en el desarrollo infantil.
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