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La Gaceta Tucuman hace 10 horas 4 min de lectura

Diario de viaje: las últimas escalas antes de volver a los abrazos

40 días, cinco ciudades y una cobertura inolvidable después, la travesía llega a su fin. El último vuelo ya no persigue a la Selección; lleva de regreso a casa, donde espera todo lo que se extrañó durante esta aventura.

Diario de viaje: las últimas escalas antes de volver a los abrazos
Foto: La Gaceta Tucuman

Resumen para apurados

- El periodista Bruno Farano inicia esta semana su viaje de regreso a Argentina desde EE.UU., tras concluir una cobertura de 40 días del Mundial de fútbol para LA GACETA.

- Durante la travesía de cinco ciudades, el enviado especial experimentó intensas rutinas de trabajo en aeropuertos y estadios, adaptándose al ritmo exigente del torneo.

- El fin de la cobertura marca el retorno a la vida cotidiana y familiar del cronista, cerrando un ciclo profesional e histórico que será recordado a nivel personal y laboral.

Hay un momento en el que uno cae y entiende que el Mundial se terminó. Me pasó varias horas después del pitazo final del juez, cuando el avión despegó de Nueva York rumbo a Detroit, pasado el mediodía del lunes. Desde ahí vendrá otra escala en Miami y, finalmente, Ezeiza. Por primera vez en 40 días, el destino dejó de ser una ciudad en la que jugaba la Selección; ahora el único destino es volver a casa.

Es curioso cómo cambian las cosas en poco más de un mes. Cuando empezó esta aventura, cada aeropuerto era el comienzo de una historia. Kansas City, Dallas, Miami, Atlanta, Nueva York, y cada vuelo tenía una expectativa distinta. Había que pensar en el próximo entrenamiento, en la conferencia de Lionel Scaloni, en la táctica del rival, en cómo llegar al estadio o en qué historia todavía faltaba contar.

Hoy, en cambio, Detroit es solamente una escala; y Miami también. Ya no importa demasiado dónde aterriza el avión; lo único que importa es que, después de tantas idas y vueltas, el próximo destino es Argentina.

Durante 40 días vivimos con la valija a medio hacer. Aprendimos a dormir pocas horas, a escribir desde los aeropuertos, a editar videos en hoteles, a almorzar cuando se podía y a perder por completo la noción del tiempo. No me canso de contar que los días dejaron de llamarse lunes o viernes y pasaron a ser el día del entrenamiento, el día de conferencia, el día de partido o el día de viaje. Y, sin darnos cuenta, esa rutina extraordinaria terminó convirtiéndose en algo completamente normal.

Ahora empieza a pasar lo contrario. La acreditación ya no cuelga del cuello; descansa dentro de la mochila. Probablemente no vuelva a usarla (aunque la guardaré como un tesoro hasta los últimos días de mi vida). La computadora sigue abierta, pero ya no hay una formación por confirmar ni una conferencia que esperar y la agenda dejó de tener horarios marcados por la FIFA.

El Mundial empezó a despedirse mucho antes de que subiéramos al avión. Lo hizo en la última caminata hacia el estadio, en el último control de seguridad o en el último café tomado a las apuradas antes de subir a la Media Tribune. Uno nunca se da cuenta de que algo está ocurriendo por última vez hasta que ya pasó.

Seguramente, cuando pasen los años, no recordaré únicamente los goles de Messi, las decisiones de Scaloni o aquella final contra España. También volverán escenas mucho más pequeñas. La prolijidad de Kansas City, el calor insoportable de Miami, las corridas eternas por el aeropuerto de Atlanta, la primera vez que apareció el perfil de Manhattan por la ventanilla del avión o las charlas con colegas mientras intentábamos hacer más llevadera alguna espera. Porque los Mundiales también están hechos de esas cosas.

Ahora el avión sigue su camino. Afuera, las nubes tapan por momentos el paisaje y adentro muchos aprovechan para dormir. Otros simplemente miran por la ventanilla, quizás repasando las mismas imágenes que yo.

Pero hace un rato dejé de pensar en el Mundial y empecé a pensar en otra cosa. En el abrazo con mis hijos, en volver a ver a mi esposa, en sentarme otra vez a compartir una comida con mi familia, y en encontrarme con mis amigos y contarles esas historias que nunca entraron en una nota, en un video o en un diario de viaje. Porque, aunque durante 40 días el Mundial fue nuestra vida, había otra vida esperándonos del otro lado.

Dentro de unas horas, cuando el avión toque pista en el aeropuerto de Tucumán, terminará este viaje. Y ahí sí entenderé que el Mundial quedó atrás. Porque, después de 40 días persiguiendo a la Selección por Estados Unidos, volveré a hacer lo que más extrañé durante todo este tiempo: volveré a abrazar a los míos.

La Gaceta Tucuman Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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