Contacto

Volver a la portada
https://www.perfil.com/seccion/opinion
Perfil hace 13 horas 4 min de lectura

La pecera de tiburones: el palco de Trump entre abucheos, desplantes y la gran puesta en escena

En la final del Mundial, el expresidente estadounidense compartió un blindado VIP con figuras globales con las que mantiene una tensión explícita. El incómodo encuentro con Pedro Sánchez, la retórica del ego y el comentado gesto del Cuti Romero.

La pecera de tiburones: el palco de Trump entre abucheos, desplantes y la gran puesta en escena
Foto: Perfil

El operativo de seguridad para que Donald Trump llegara al estadio fue, como de costumbre, una cosa sencillamente colosal. Pero lo verdaderamente jugoso no estuvo en las avenidas cortadas ni en los helicópteros, sino arriba, en el palco de autoridades. Me causó mucha gracia una definición que leí en el diario El País de Madrid, donde describieron ese espacio VIP como una verdadera pecera de tiburones.

Y la analogía no pudo ser más precisa. Todos los mandatarios estaban resguardados detrás de un imponente vidrio blindado para evitar la eventualidad de un atentado, ofreciendo una postal casi surrealista. Allí dentro nadaban, codo a codo, tres tiburones de peso pesado: el propio Trump, Gianni Infantino y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez.

La presencia de Sánchez en ese entorno no era un dato menor. El líder español atraviesa días extremadamente complicados en su país, acorralado por asuntos de corrupción que salpican a su esposa, a su hermano y a gran parte de su gobierno. Pero, además, arrastra un historial de enfrentamientos durísimos con Trump, quien en su momento no ahorró insultos hacia él y hacia España. De hecho, Sánchez supo erigirse como una suerte de emblema "antitrump" en Europa, un modelo que varios intentaron seguir.

A este ecosistema de tensiones se sumaban otros actores de peso: Claudia Sheinbaum, presidenta de México, y Mark Carney, primer ministro de Canadá, ambos en su condición de anfitriones; el Rey Felipe VI con la Reina Letizia; y, según trascendió aunque no lo divisé con claridad en las cámaras, andaba por allí también el expresidente Mauricio Macri. Salvo Infantino, casi ninguno de los presentes tiene una relación amigable con Trump. El mandamás de la FIFA era, en rigor, el único aliado visible del magnate en ese recinto.

La tensión del vidrio blindado terminó de trasladarse al campo de juego durante la ceremonia de premiación. Cuando Trump bajó a entregar las medallas, la respuesta del público fue atronadora: tanto él como Infantino fueron abucheados de modo considerable.

Fiel a su estilo, Trump volvió a aplicar el principio rector que gobierna todas sus relaciones humanas: a él le gusta la gente que lo quiere a él. Recordemos cuando justificó su simpatía por Javier Milei al decir, sencillamente, "lo quiero porque él me quiere a mí". Con Infantino aplicó exactamente la misma lógica. En un momento de la transmisión se lo escuchó elogiarlo diciendo que era un tipo fantástico y recordando cómo lo convenció de organizar el torneo: "Él tenía una idea, yo le dije que era una locura porque nosotros no éramos un país vinculado al fútbol... pero parece que a fin de cuentas sí lo somos". Una definición bastante acertada, pero inmediatamente aderezada con su habitual hiperbolización: "Creo que jamás hubo algo como esto". Trump siempre apela a esa retórica tendiente a lo grandioso ante cualquier acontecimiento.

En medio de semejante montaje mediático, ocurrió un episodio que merece ser subrayado. Durante la entrega de medallas, el defensor argentino Cristian "Cuti" Romero saludó cordialmente a Infantino, pero pasó de largo y le negó el saludo a Donald Trump. A falta de confirmación sobre si otros jugadores repitieron el gesto, el caso del Cuti ya quedó grabado como la imagen disidente de la jornada. Le dio la mano al dirigente de la FIFA, pero no al presidente norteamericano. Y si me piden una opinión personal: no me parece nada mal; para ser sincero, yo tampoco se la hubiera dado.

A pesar del desplante, Trump buscó acaparar las cámaras hasta el último segundo. Intentó protagonizar la entrega de premios aun cuando le tocaba premiar a España un país con el que mantiene un historial diplomático nefasto y, según crónicas de la prensa nacional como La Nación, daba la sensación de que no se quería ir del escenario. Quería ser, a toda costa, el centro del espectáculo.

El evento nos dejó fútbol, claro, pero también este retrato perfecto de la política global contemporánea: una pecera blindada, tensiones geopolíticas no resueltas y líderes que, aun bajo la lluvia de abucheos, se niegan a soltar el centro del escenario.

MEG

LT

Perfil Esta nota se publicó originalmente en el medio.
Ver noticia original

Aviso legal. Examedia es un sistema automático de monitoreo y análisis de medios. Esta noticia fue publicada originalmente por Perfil y se reproduce aquí con fines informativos y de seguimiento. Los contenidos, títulos y opiniones pertenecen exclusivamente a su fuente original; Examedia no los redacta, edita, avala ni asume responsabilidad alguna por ellos. Si sos titular de los derechos y querés que esta nota se retire, escribinos.

Examedia © 2026