Argentina no logró brillar en la final del Mundial tras un desgaste en la semifinal
La selección argentina, dirigida por Lionel Scaloni, llegó a la final con una notable carga física y emocional tras su intenso partido ante Inglaterra, lo que afectó su desempeño en la final contra España.
Argentina no logró brillar en la final del Mundial tras un desgaste en la semifinal
La selección argentina, dirigida por Lionel Scaloni, llegó a la final con una notable carga física y emocional tras su intenso partido ante Inglaterra, lo que afectó su desempeño en la final contra España.
Buenos Aires, 20 julio (NA) -- Argentina no perdió solamente una final. Perdió, de antemano, la posibilidad de jugarla con la plenitud con la que había construido su camino hasta el último día del Mundial.
La derrota ante España dejó una imagen incómoda, difícil de digerir: la de un equipo que había competido como campeón durante muchos tramos del torneo, pero que en el partido decisivo no logró parecerse a sí mismo.
La explicación no puede apoyarse en una sola causa. España fue un justo campeón, tuvo más juego, más frescura, más gobierno emocional de la tarde y una lectura más clara de los momentos. Pero también hubo algo evidente en la Selección argentina: el equipo llegó a la final con señales de desgaste físico y mental después de una semifinal ante Inglaterra que, por contexto, desarrollo e intensidad, tuvo una carga muy superior a la de un partido más.
La Argentina-Inglaterra no fue una semifinal cualquiera. Fue uno de esos partidos que se juegan en la cancha, pero también en la psiquis. La Selección tuvo que correr, resistir, discutir, sufrir y reaccionar. Tuvo que jugar contra un rival poderoso y contra todo lo que rodea a ese rival cuando enfrente está la camiseta argentina. Ganó con fútbol, con carácter y con una entrega enorme. Pero probablemente dejó allí una parte decisiva de su energía.
En la final, esa factura apareció demasiado temprano. Argentina no tuvo la presión coordinada de otras noches, perdió duelos en zonas sensibles y le costó sostener ataques largos. Cada recuperación parecía demandarle un esfuerzo enorme y cada pérdida la obligaba a correr hacia atrás con una pesadez poco habitual. No fue solo una cuestión de piernas: fue también una cuestión de lucidez. El cansancio, en estos partidos, se nota tanto en el pique que no sale como en el pase que se demora medio segundo.
España entendió mejor ese escenario. No necesitó atropellar a Argentina para dominarla. Le alcanzó con mover la pelota, estirar el campo, obligarla a perseguir y esperar a que el partido se fuera inclinando hacia su propio ritmo. Los dirigidos por Lionel Scaloni, tantas veces capaces de imponer el pulso emocional de los grandes encuentros, esta vez quedaron demasiado tiempo a merced de lo que propuso el rival.
Lo más llamativo fue que Argentina no encontró una forma de incomodar de verdad. No pudo hacer pie en la mitad de la cancha, no logró activar sociedades cerca del área y tampoco consiguió que Messi recibiera con continuidad en lugares decisivos. El equipo quedó largo por momentos, partido en otros y sin esa agresividad competitiva que había sido una marca registrada del ciclo. No faltó voluntad, pero sí faltó respuesta futbolística.
Ahí aparece el punto más doloroso de la final. Perder puede pasar. Incluso los grandes equipos pierden finales. Lo que cuesta aceptar es la sensación de que Argentina no llegó a discutirla desde su verdadera dimensión. No fue una Selección superada después de haber vaciado todos sus recursos en el partido decisivo, sino un equipo que pareció llegar a ese partido con buena parte de sus recursos ya consumidos.
De todos modos, sería injusto convertir esa mala noche en una sentencia contra todo el Mundial. Argentina hizo una Copa enorme. Llegó otra vez a una final del mundo, defendió la corona con autoridad, eliminó rivales pesados y volvió a demostrar que este ciclo no fue un accidente glorioso, sino una era. El último partido fue flojo, sí. Probablemente el más flojo del ciclo en el peor momento posible. Pero no puede borrar el recorrido.
España fue campeón porque jugó mejor la final. Argentina fue subcampeón después de hacer un gran Mundial. Las dos cosas pueden convivir sin contradicción. La derrota duele por la forma, no solo por el resultado. Duele porque la Selección no pudo mostrar su grandeza cuando más falta hacía. Pero también obliga a separar la foto del cierre de la película completa.
Fue el peor partido del mejor ciclo de la historia de la Selección. Una frase que suena dura, pero es justa. Porque no desconoce lo construido ni disfraza lo ocurrido. Argentina se fue del Mundial con tristeza, con bronca y con una final que dejó gusto a poco. Pero también se fue con la certeza de haber vuelto a competir como lo hacen los equipos grandes: hasta el último día.
Agencia NA.
[Fuente: Noticias Argentinas]