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Opinión y Actualidad
Panorama hace 16 horas 4 min de lectura

Crítica de Evil Dead: En llamas - Diario Panorama

Sébastien Vanicek lleva Posesión infernal al extremo con una orgía de sangre comandada por los demonios de una familia rota.

Crítica de Evil Dead: En llamas - Diario Panorama
Foto: Panorama

Sébastien Vanicek lleva Posesión infernal al extremo con una orgía de sangre comandada por los demonios de una familia rota.

Por Fran Chico

Para Fotogramas

Después de que Sam Raimi transformara el terror mugriento y artesanal de la primera Posesión infernal en el splatter cartoonesco de sus secuelas, las nuevas entregas de la saga han preferido guardar momentáneamente la motosierra cómica de Ash Williams para hundirse en una violencia mucho más cruda. Es cierto que la infravalorada serie Ash vs Evil Dead recuperó durante tres temporadas su mezcla de desmembramientos, chistes infantiles y héroes incompetentes, convirtiéndose además en un dignísimo adiós de Bruce Campbell al personaje que definió su carrera. Sin Ash en primera línea, sin embargo, la franquicia ha virado hacia el salvajismo gratuito del Nuevo Extremismo Francés surgido a comienzos de los 2000 y el torture porn que Saw y Hostel pusieron de moda en Hollywood poco después. Tanto el contundente remake de 2013 como Posesión infernal: El despertar y ahora Posesión infernal: En llamas sustituyen el slapstick endemoniado de Raimi y Campbell por lluvias de sangre literales y mutilaciones tremendamente gráficas en primer plano.

El francés Sébastien Vanicek, responsable de Vermin: La plaga, hace las Américas con un festival de violencia y muerte pensado para los amantes del gore más extremo que se propone llevar la resistencia del espectador un poco más lejos que sus predecesoras con, probablemente, las escenas más brutales de toda la saga. La película es excesiva, desagradable y orgullosamente burra, pero también posee una imaginación visual que evita caer en una simple sucesión de miembros cercenados. Vanicek busca el plano inesperado y la perspectiva imposible, introduciendo movimientos de cámara que parecen beber del cine de género del sudeste asiático más audaz y rupturista de los últimos años.

La acción regresa además a una aislada casa en el bosque después de que El despertar trasladara por primera vez el grueso de la pesadilla a un edificio de la gran ciudad. Hasta allí llega una joven que, después de perder a su marido, busca consuelo junto a la familia de este y participa en una última reunión en su memoria. Es allí donde el dolor, la pérdida y los antiguos resentimientos pasan de ser demonios internos a deadites de carne (podrida) y hueso. Como manda la tradición, la maldad posee sus cuerpos cuando alguien vuelve a pronunciar los conjuros escritos en las páginas del Necronomicon Ex-Mortis, pero En llamas recupera igualmente la daga kandariana, uno de los objetos más reconocibles de la mitología de la saga, introduciendo además algunas reglas que parecen pertenecer más al imaginario vampírico que al funcionamiento clásico de los deadites. La invitación para entrar en el hogar, los vínculos sanguíneos y la manera en que el mal se transmite dentro de los propios lazos familiares refuerzan aquello de lo que verdaderamente quiere hablar la película.

Porque debajo de sus litros de sangre hay un drama sobre los demonios que padres e hijos arrastran antes de que aparezca cualquier criatura sobrenatural. Sobre la familia con la que se nace, la que se escoge y aquella de la que resulta imposible escapar incluso después de la muerte. Vanicek y su coguionista Florent Bernard convierten la casa en un espacio donde los deadites no solo crean heridas, sino que también abren las ya existentes, introducen los dedos y las utilizan para enfrentar a los personajes.

En ese sentido, Posesión infernal: En llamas se aproxima por momentos al cine de zombis, donde el apocalipsis suele limitarse a revelar que el ser humano ya era el peor monstruo antes de que los muertos se levantaran de sus tumbas. Los poseídos saben exactamente dónde atacar porque conocen los secretos, los miedos y las debilidades de quienes tienen delante. El problema es que la película desconfía demasiado de que estas ideas puedan comprenderse sin verbalizarlas. Su subtexto termina repetido y subrayado hasta provocar varios valles que debilitan tanto su discurso como su ritmo, sobre todo durante el tramo final.

La acumulación de atrocidades también produce un inevitable efecto anestésico: cuando cada nueva escena intenta superar a la anterior, el impacto termina reduciéndose y la crueldad corre el riesgo de convertirse en rutina. Con todo, Vanicek firma una de las entregas más agresivas y visualmente estimulantes de la saga. Que ya es decir.

Panorama Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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