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Sociedad
Mdzol hace 16 horas 6 min de lectura

Cuando perder no borra la grandeza: la Selección argentina volvió a jugar con el alma

Argentina no pudo levantar la Copa del Mundo. Sin embargo, haber llegado nuevamente a una final revela algo que ningún resultado puede borrar la fuerza de una comunidad construida sobre la confianza, la pertenencia, la fe y un propósito compartido.

Cuando perder no borra la grandeza: la Selección argentina volvió a jugar con el alma
Foto: Mdzol

La Selección argentina perdió la final del Mundial 2026, España fue superior en el resultado y merece el reconocimiento que corresponde a quien alcanza la máxima consagración. Del otro lado queda la tristeza argentina, las miradas perdidas, las lágrimas, el silencio posterior al último instante y esa sensación inevitable de haber estado tan cerca. No hace falta disimularla.

El deporte importa precisamente porque nos conmueve, porque nos permite esperar, celebrar y también sufrir juntos. Pero una vez atravesado el dolor inicial, aparece una pregunta más profunda ¿puede una derrota borrar todo lo construido? Y definitivamente, no. Porque la Selección argentina volvió a llegar a una final del mundo. Estuvo nuevamente entre los dos mejores equipos del planeta. Atravesó dificultades, asumió desafíos y sostuvo hasta el último partido una identidad reconocible. Eso también es una hazaña.

La Selección argentina volvió a llegar a una final

Vivimos en una cultura que suele dividir la realidad entre ganadores y perdedores. El éxito parece confirmar el valor de las personas, mientras que una derrota amenaza con invalidar todo el recorrido. Como si años de trabajo, entrega y crecimiento pudieran desaparecer por el resultado de una sola jornada. Pero la vida de las personas no funciona así. El resultado es importante, aunque no es lo único importante. Porque existen victorias que no construyen nada y derrotas que revelan la verdadera estatura de una persona, de un líder o de una comunidad. Esta Selección volvió a enseñarnos que el talento individual, por extraordinario que sea, necesita de algo más magnánimo como la confianza, la humildad, la pertenencia y un sentido de propósito compartido. Ningún jugador llega solo a una final del mundo. Detrás de cada actuación existe una red que sostiene, acompaña y recuerda que el proyecto común está por encima de cualquier nombre propio. A eso denomino liderazgo espiritual. Liderar espiritualmente no significa imponer una religión ni utilizar la fe como una fórmula para obtener resultados. Significa ayudar a que cada persona reconozca su dignidad, encuentre sentido en su tarea y comprenda que forma parte de algo más grande que ella misma. El liderazgo espiritual no garantiza la victoria. Ofrece algo más profundo, una verdadera razón para mantenerse unidos cuando la victoria no llega.

Scaloni construyó una autoridad basada en la serenidad

Tambien en la confianza y la coherencia. Condujo sin necesitar ocupar siempre el centro de la escena. Supo acompañar procesos, reconocer talentos, asumir responsabilidades y proteger a sus jugadores. Sin embargo, la verdadera dimensión de un liderazgo no se manifiesta solamente cuando se levanta una copa. También se revela cuando llega el dolor, en la manera de abrazar al que falló, de evitar la búsqueda apresurada de culpables y de recordarle al grupo que su valor no desaparece con una derrota. Y ni hablar de Lionel Messi, quien encarna de manera especial esa forma de liderazgo. Durante muchos años cargó con expectativas inmensas, críticas injustas y derrotas que parecían cuestionar incluso su grandeza. Sin embargo, nunca dejó de volver, de ponerse la camiseta y de confiar. Su figura nos enseñó que liderar no siempre es hablar más fuerte o no mostrarse vulnerable, sino permanecer, cuidar a los compañeros, compartir el mérito y seguir caminando aun después del dolor. Messi ya no necesita una copa para demostrar quién es. Su verdadera grandeza también se reconoce en la humildad con la que gana, en la dignidad con la que pierde y en esa capacidad de representar a millones de argentinos sin dejar de ser parte de un equipo.

La fe, las creencias y los símbolos que acompañaron a muchos de estos jugadores tampoco deben interpretarse como garantías mágicas de éxito. La fe no impide el sufrimiento, no evita las injusticias ni asegura campeonatos. Su fortaleza aparece en otro lugar. Porque es la fe la que puede ofrecer sentido cuando algo no sucede como esperábamos. Puede brindar humildad en la victoria, esperanza en la derrota y la certeza de que nuestro valor no depende exclusivamente de aquello que conseguimos. Quizás esa sea hoy una enseñanza necesaria para toda la Argentina. Somos una sociedad acostumbrada a convertir rápidamente la frustración en enojo y el dolor en acusación. Cuando algo fracasa, buscamos responsables antes de comprender lo sucedido. Elevamos personas a la categoría de héroes y, ante el primer tropiezo, corremos el riesgo de transformarlas en culpables. Por ello, el verdadero desafío colectivo consiste en aprender a valorar los procesos, reconocer los esfuerzos y atravesar las frustraciones sin destruir lo que hemos construido juntos.

La Selección nos dejó volver a experimentar un nosotros

Durante varias semanas, millones de argentinos, con historias, ideas y realidades diferentes, volvimos a mirar en la misma dirección. Nos abrazamos con desconocidos, compartimos una esperanza y sentimos que algo común todavía podía reunirnos. Esa experiencia no desaparece porque la pelota no haya entrado. La enseñanza también alcanza a nuestras empresas, organizaciones e instituciones. Necesitamos liderazgos que no valoren a las personas únicamente cuando cumplen objetivos. Líderes capaces de construir confianza, sostener a sus equipos en la adversidad y comprender que un resultado negativo no convierte automáticamente en inútil todo el camino recorrido.

En tiempos de inteligencia artificial, algoritmos y medición permanente, la Selección vuelve a recordarnos aquello que ninguna tecnología puede fabricar por sí sola como la entrega, la amistad, la lealtad, la fe, la pertenencia y el amor que hace poner el alma en acción por una causa compartida. Argentina no es campeona del mundo en el fútbol. Pero en la Patria se juegan todos los días otras finales, silenciosas y decisivas. Las juegan madres y padres que sostienen a sus familias aun cuando no pueden más; hijos que acompañan; trabajadores que se levantan antes del amanecer; docentes, médicos, emprendedores y tantos argentinos que siguen adelante sin aplausos, sin cámaras y, muchas veces, sin certezas.

Por eso duele esta derrota. Porque estuvimos cerca, porque todos deseábamos otro final y porque durante unas horas volvimos a sentirnos unidos detrás de una misma esperanza. Pero perder no borra el recorrido, no desarma la comunidad construida ni convierte una hazaña en fracaso. Quizás jugar con el alma no consista siempre en ganar. Quizás consista también en descubrir quiénes somos cuando perdemos, si buscamos culpables o tendemos la mano; si nos encerramos en la tristeza o elegimos abrazarnos; si nos rendimos o encontramos, incluso en medio del dolor, siempre hay una razón para volver a empezar.

Gracias, Argentina, por volver a encontrarnos en una misma esperanza. Gracias, Selección, por llegar hasta el final, por jugar con el alma y por recordarnos que la verdadera grandeza no se mide solamente en las victorias, sino también en el coraje, la entrega y el amor con que se recorre el camino.

* Adriana Sirito. Autora del libro Almafobia: La inteligencia espiritual en tiempos de inteligencia artificial.

Mdzol Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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