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El Destape hace 21 horas 6 min de lectura

Transformación estadounidense deja al fútbol peleando por mantener su esencia

El Mundial que acaba de finalizar seguramente dejará en el aire la pregunta sobre qué parte de la transformación estadounidense sobrevivirá de cara al

Transformación estadounidense deja al fútbol peleando por mantener su esencia
Foto: El Destape

El Mundial que acaba de finalizar seguramente dejará en el aire la pregunta sobre qué parte de la transformación estadounidense sobrevivirá de cara al futuro.

Desde las pausas obligatorias de "hidratación", que dividen los partidos en cuatro cuartos, hasta los anillos de campeón, el espectáculo del medio tiempo y un producto de entretenimiento cada vez más pulido, la FIFA adoptó con entusiasmo elementos del modelo deportivo estadounidense.

Probablemente, algunas de esas innovaciones se recordarán como novedades de un torneo organizado en Estados Unidos, mientras que otras pueden resultar más difíciles de eliminar.

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Las pausas a mitad de cada parte, aplicadas a lo largo de toda la competición independientemente de si las condiciones lo exigían estrictamente, fueron introducidas por la FIFA por motivos de bienestar de los jugadores en un torneo disputado bajo el calor y la humedad del verano boreal.

Una vez establecidas, también crearon algo a lo que el fútbol se ha resistido tradicionalmente: dos interrupciones programadas en medio de cada parte.

Para los entrenadores, se convirtieron en tiempos muertos tácticos, mientras que para las cadenas de televisión ofrecieron ventanas naturales que algún día podrían tener un enorme valor comercial. Pero para los aficionados acostumbrados al ritmo continuo del fútbol, hicieron que los partidos parecieran cada vez más divididos en cuatro cuartos.

Ahí es donde la cuestión del legado cobra mayor relevancia. Es probable que se debata el futuro de estas pausas de cara a los próximos Mundiales, sobre todo porque el bienestar de los jugadores ofrece a la FIFA una justificación obvia para mantenerlas y porque a los responsables del deporte no ignorarán el potencial comercial de las pausas fijas.

Sin embargo, cualquier intento de normalizarlas a nivel mundial se encontraría con resistencia, sobre todo en Europa, donde la relativa ausencia de interrupciones en el fútbol sigue siendo una de las características que los aficionados defienden con más vehemencia. La UEFA aseguró que no modificará su norma de que las pausas de hidratación no pueden superar el minuto.

El torneo se convirtió, por tanto, en un caso de prueba para ver hasta qué punto la FIFA está dispuesta a remodelar el fútbol a imagen y semejanza del mercado en el que se disputa. La respuesta es: bastante.

España recibió anillos de campeón, una tradición importada directamente del deporte norteamericano, mientras que la propia final contó con un gran espectáculo en el medio tiempo que ha suscitado evidentes comparaciones con el Super Bowl y que supuso un intervalo de 27 minutos, superando con creces el periodo de descanso de 15 minutos.

Ninguno de estos cambios altera los fundamentos absolutos del juego. Pero contribuyeron a dar la sensación de que la FIFA ya no se limitaba a llevar el Mundial a Estados Unidos, sino que, cada vez más, estaba adaptando el Mundial a la cultura deportiva estadounidense.

Había cierta ironía en ello.

A lo largo del torneo, Estados Unidos vivió gran parte de lo que siempre ha distinguido al fútbol internacional: una enorme afluencia de aficionados visitantes, banderas que inundaban las ciudades, hinchas cantando durante horas antes y después de los partidos, y selecciones que transmitían un sentido de identidad que ningún modelo de franquicia puede reproducir fácilmente.

Estados Unidos parecía estar asimilando la cultura del fútbol. Al mismo tiempo, la FIFA parecía decidida a asimilar la cultura del entretenimiento deportivo estadounidense y a proyectarla a los aficionados de todo el mundo.

El torneo también tuvo un carácter inevitablemente político, y la estrecha relación del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, con el mandatario de Estados Unidos, Donald Trump, se convirtió en uno de los temas determinantes fuera del terreno de juego.

Para los críticos, la cercanía de Infantino a Trump a menudo iba más allá de las cortesías diplomáticas que normalmente se esperan entre el máximo responsable de un organismo deportivo mundial y el líder de un país anfitrión.

La polémica en torno al caso disciplinario de Folarin Balogun puso de relieve estas preocupaciones de forma especialmente acusada después de que Trump elogió públicamente la gestión de la FIFA del asunto tras su propia intervención.

La FIFA dijo que sus órganos judiciales actuaron de forma independiente y autónoma, pero el episodio reforzó la impresión entre algunos de que la línea divisoria entre la gestión del fútbol y la influencia política se había difuminado de forma inquietante.

Las inevitables polémicas arbitrales del torneo añadieron otra capa de inquietud. Se pidió a los árbitros que aplicaran un juego regido por nuevas reglas e interpretaciones, al tiempo que debían gestionar las presiones habituales en materia de coherencia, protección de los jugadores y la creciente influencia de la tecnología.

El resultado fue un Mundial en el que el debate a menudo traspasó la cuestión de si una decisión era correcta o errónea para centrarse en algo más fundamental: si las reglas del juego se habían vuelto demasiado complicadas para que los jugadores, los entrenadores y los aficionados las entendieran en tiempo real.

Las nuevas interpretaciones tenían por objeto aportar mayor claridad y coherencia, pero el torneo demostró con frecuencia lo difícil que puede resultar lograr ambas cosas.

El VAR siguió siendo fundamental en las decisiones importantes, pero la tecnología contribuyó poco a eliminar las discusiones. En algunas ocasiones, se limitó a desplazar el debate del criterio del árbitro a la interpretación de las imágenes a cámara lenta y al lenguaje técnico.

A ello se sumó un clima de desconfianza en torno al arbitraje, con teorías conspirativas que se amplificaban en las redes sociales y árbitros que a menudo se veían incapaces de rebatirlas.

El responsable de arbitraje de la FIFA, Pierluigi Collina, desestimó las acusaciones de parcialidad y aseguró que los árbitros actuaban con total independencia.

Sobre el terreno de juego, el formato ampliado a 48 selecciones tuvo una acogida dispar. Hubo más fútbol, más países y más oportunidades para naciones que antes no participaban en el torneo.

La fase eliminatoria ampliada dotó a la fase de grupos de mayor emoción, pero la enorme magnitud de los 104 partidos hizo que este Mundial se percibiera menos como un festival concentrado y más como una vasta temporada deportiva comprimida en unas pocas semanas.

Esa envergadura se ajustaba a las ambiciones comerciales de la FIFA y a la geografía del país anfitrión, pero si mejoró el producto deportivo es más discutible.

El torneo siguió ofreciendo lo que siempre ofrecen los Mundiales: nuevos héroes, favoritos derrotados, desengaños nacionales y momentos que se impusieron por encima del ruido que rodeaba al evento.

Sin embargo, es posible que su legado más duradero no sea un partido o un campeón, sino el precedente que ha sentado. La verdadera prueba de ello llegará en 2030.

Con información de Reuters

El Destape Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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