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Tiempo Argentino hace 22 horas 3 min de lectura

La revolución de la gratitud: la necesidad de salir a la calle a festejar el subcampeonato de la Selección

Una marea humana copó el Obelisco, el Monumento a la Bandera y las plazas de todo el país. Lejos del rito amargo del reproche, se transformó la derrota ante España en un acto de agradecimiento eterno a la era de Messi y Scaloni.

La revolución de la gratitud: la necesidad de salir a la calle a festejar el subcampeonato de la Selección
Foto: Tiempo Argentino

En cualquier otra parte del mapa, un gol en el tiempo suplementario que quita la corona del mundo a una selección nacional, desataría el silencio, la diáspora individual, el murmullo del inconformismo y el pase de facturas futboleras, que suelen ser siempre crueles y muchas veces injustas. En Argentina no. Ya había pasado en 1990, cuando el equipo de Maradona y Bilardo perdió la final ante Alemania en el Mundial de Italia. Se repitió en la misma dimensión este domingo por la noche, y seguramente sorprenderá este lunes, cuando Messi, Scaloni y los muchachos de la selección lleguen a Ezeiza..

Mientras en la televisión española, un sociólogo dice no entender «qué festejan los argentinos», fueron decenas de miles los que se acercaron a cantar y saltar en el obelisco y en las plazas principales de todas las provincias del país. Lo que no entiende el sociólogo es que en este rincón del sur la alegría de estar juntos en las calles muchas veces se lleva bien lejos la tristeza. No nos juntamos desde Ushuaia a La Quiaca para procesar un duelo, sino para consolidar una certeza: la revolución de la gratitud aparece en las buenas y en las malas cuando quien la genera representa, ni más ni menos, lo que nos encanta llamar «la argentinidad»

Orgullo nacional: postales del aguante en el Obelisco y en las calles.

Tiempo Argentino (@tiempoarg) July 20, 2026

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Los festejos multitudinarios bajo la derrota rompen de cuajo con la lógica del éxito efímero. En una realidad nacional asfixiada por la malaria económica, donde las mayorías populares asisten cotidianamente al desguace de sus proyectos de vida, la Selección de Messi y Scaloni ha dejado de ser evaluada solamente por los trofeos en las vitrinas. Salir a revolear la camiseta tras perder una final del mundo es un acto de soberanía emocional. Es la respuesta colectiva de un pueblo que decidió hace décadas defender el derecho a la felicidad y al encuentro, usando los bombos y las banderas como escudo frente al desánimo generalizado.

La geografía del reconocimiento no se limitó a las luces del Obelisco; se ramificó con fuerza en cada una de las provincias, tiñendo el mapa nacional de un agradecimiento genuino. En Rosario, el Monumento a la Bandera congregó a miles de almas bajo bocinazos interminables de autos en caravana que giraban en círculo. Lo mismo pasó en Mar del Plata, en el Centro Cívico de Bariloche, en las plazas que mantienen el estilo pueblerino de todas las ciudades capitales del norte, en la fría noche de cualquier lugar de la Patagonia.

Este fenómeno callejero encierra una profunda lectura social. En tiempos donde el discurso oficial ensalza el individualismo y el «sálvese quien pueda», las plazas llenas demostraron que la fisonomía del héroe argentino no el que nos quieren imponer. La herencia del ciclo de Scaloni no son solo las tres estrellas en el pecho de la camiseta; es haber construido una escuela de la resiliencia y el compañerismo. El hincha que canta «gracias por salir subcampeón» valida el esfuerzo ético de un grupo que dejó el alma por representarlo.

Por eso este domingo 19 de julio de 2026 quedará indexado en la historia no por el resultado de una final de Copa del Mundo sino por el llanto de Messi abrazado por el agradecimiento de millones y las palabras de un Scaloni que pidió «saber perder con grandeza». Las calles argentinas resignificaron la medalla plateada. Perder, a veces, es solo la excusa para recordar lo mucho que nos queremos cuando nos reconocemos en el otro.

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