La ciudad estaba distinta. Gris. Fría. En silencio.
Era la final del mundo y, por momentos, parecía que todo se había detenido. Las calles, habitualmente inquietas a esa hora, mostraban otra imagen. Alguna moto cruzaba apurada, unos pocos autos rompían la quietud y algunos caminantes se animaban a des
La ciudad estaba distinta. Gris. Fría. En silencio.
Los agentes de Policía comenzaban a llegar a la costanera. Las vallas ya estaban colocadas. Todos esperaban un resultado. Nadie quería decirlo demasiado fuerte, pero todos soñaban con lo mismo.
El partido era duro. Cerrado. Tenso.
Mientras la pelota corría en la final del Mundial, la ciudad parecía contener la respiración. En una vereda, un hombre revisaba una bolsa de residuos y rescataba una botella vacía. La observaba con atención, buscando quizás unas últimas gotas. Enfrente, una mujer paseaba a su perro intentando espantar los nervios de la espera.
Eran las 18.45 cuando comenzó el segundo tiempo suplementario. La tensión estaba en el aire. Ni siquiera el viento que llegaba desde el río lograba romper esa sensación extraña que envolvía a todos.
La costanera era un inmenso silencio.
A lo lejos se escuchaba el relato de una radio. Desde algún televisor escondido en un comercio abierto llegaban fragmentos del partido. Apenas funcionaban unos pocos negocios: el casino, una heladería, alguna cervecería. Los policías seguían el encuentro como podían. Algunos rodeaban un patrullero, otros buscaban una pantalla para espiar una jugada.
El frío era intenso.
Sobre el río crecido, entre los colores celeste y blanco que decoran la costanera, la tarde comenzaba a apagarse. Y entonces llegó el golpe.
El gol de España.
Un instante que pareció congelarlo todo. Más sufrimiento. Más nervios. Más silencio.
Después llegó el pitazo final.
Argentina cayó 1 a 0 y se quedó con el subcampeonato del mundo.
Algunos se agarraron la cabeza. Otros permanecieron inmóviles frente a la pantalla, como buscando una explicación. Muchos simplemente eligieron aplaudir. Porque el dolor estaba ahí, pero también el orgullo.
En la televisión aparecían las lágrimas de Lionel Messi. La emoción de quien entendía que acababa de disputar su último Mundial. La tristeza de la derrota mezclada con la satisfacción de haberlo dado todo una vez más.
Y mientras tanto, la ciudad comenzaba lentamente a despertar.
A lo lejos se escuchaban algunos bocinazos. En un rato más, seguramente, la costanera volvería a su rutina. Hubo caravana y banderas. No para celebrar una copa, sino para abrazar a un equipo que volvió a llevar a la Argentina hasta la final del mundo.
Los nervios pudieron con todos. Incluso con este cronista, que no resistió la tensión. No vio el segundo tiempo suplementario. Se fue a caminar por la costanera esperando noticias. Esperando un milagro.
Y quizás la mejor definición de toda la tarde la dio un vecino, parado frente al río.
¿Cómo es su nombre, maestro?
Ricardo.
Ricardo miró el horizonte, guardó silencio unos segundos y dijo una frase que resumió la jornada entera:
No era para nosotros esta vez.
Y así, con esa resignación tan argentina, nos fuimos caminando bajo el cielo gris. Con el corazón golpeado, pero agradecido. Porque a veces la gloria también está en llegar. En pelear hasta el final. En saber perder con dignidad.
Esta vez no era para nosotros.