Consecuencias psicológicas del estrés futbolero
El fútbol se caracteriza por ser un fenómeno social y psicológico de particularidades únicas, donde se intersecan la identidad y la emocionalidad colectiva
El "estrés futbolero" o estrés asociado al fútbol (tanto en quienes lo juegan como en quienes lo viven intensamente desde afuera) es un fenómeno psicológico y fisiológico muy real. No se trata de "un simple juego"; para el cerebro, las demandas emocionales de un partido activan los mismos mecanismos de supervivencia que una amenaza real poniendo en alerta factores psicofísicos que en términos de salud implican riesgos a los que resulta sumamente importante prestarles atención antes, durante y después de un partido.
Para el cerebro y el cuerpo, mirar un partido de alta tensión dista mucho de ser una actividad pasiva; de hecho, la experiencia es casi idéntica a estar dentro de la cancha, pero con la gran desventaja de tener un nulo control sobre el resultado.
Algunas de las consecuencias psicológicas como espectador fanático en ese tipo de deportes son:
1. Ansiedad anticipatoria y desregulación emocional, ya que la "espera" como factor estresor trae aparejada una tensión que no empieza con el pitido inicial. Horas (o días) antes, el cerebro ya procesa el partido como un evento crítico, generando síntomas de ansiedad, inquietud y dificultad para concentrarse en las tareas cotidianas, todo se posterga para después del partido, ninguna decisión es tomada a conciencia dado que la pasión empieza a obnubilar aspectos cognitivos que no están presentes hasta después del partido.
Se vive esos días inserto en lo que se denomina montaña rusa afectiva, la cual se agudiza durante los 90 minutos del partido, donde el hincha pasa de la euforia más absoluta a la desesperanza profunda en cuestión de segundos. Este cambio tan brusco agota rápidamente los recursos de regulación emocional desgastando diferentes áreas cognitivas y emocionales.
Este desgaste se da por tres vías, supresión continua de la frustración: el hincha se frena de romper la tele, a veces... solo a veces de gritarle al televisor, insulta, se pone a llorar. Esto fuerza el sistema para poder "contener" tanta energía y limita las reservas de autocontrol; además, como el espectador en la realidad no puede patear la pelota ni cambiar al jugador pone el cuerpo a vivir una especie de simulación en donde las extremidades de su cuerpo actúan como si el mismo estuviera dentro de la cancha y el cerebro procesa esa falta de control como un factor de estrés crónico e impredecible, lo que vive como una sobrecarga por la impotencia de no poder intervenir en la modificación y la incertidumbre sostenida por dos horas, es tanto que bloquea su propia capacidad de adaptación.
Cada ataque fallido o gol errado es un ciclo de expectativa-frustración que agota el sistema dopaminérgico, dado que la dopamina es la hormona de la búsqueda, la motivación y la anticipación.
La mayor liberación de dopamina no ocurre cuando la pelota entra en la red, sino en la jugada previa: cuando el delantero arranca la corrida, cuando se filtra un pase entre líneas o cuando el árbitro cobra un tiro libre cerca del área, es ahí donde esta hormona se dispara ante la promesa de la recompensa.
Este pico de dopamina focaliza la atención de forma extrema (hipervigilancia) y prepara al cuerpo para la acción (a través de su conexión con las vías motoras y el sistema simpático), lo que constituye una verdadera bomba de tiempo silenciosa para el organismo. Es el choque frontal entre dos comandos contradictorios: un sistema periférico gritando "¡acción!" y un sistema motor voluntario diciendo: "¡Quédate quieto!". En la clínica y en la fisiología del estrés, a este fenómeno se lo conoce como activación sin descarga o estado de congelamiento por alta activación.
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