La Luna nos enseñó que nadie se salva solo
El 20 de julio evoca una odisea espacial, pero el verdadero alunizaje ocurre cada vez que un amigo nos rescata de la soledad cotidiana, un salvavidas invisible pero vital para la salud mental.
La Luna nos enseñó que nadie se salva solo
Extraño el ruido de la Avenida Corrientes y Scalabrini Ortiz, pero sobre todo extraño el tiempo que pasaba con mis amigos, esos con los que arreglábamos el mundo entre mates y trabajo. Desde que me instalé frente al río Uruguay, acá en Concepción, entendí que la distancia geográfica es un costo alto... pero la distancia afectiva es directamente una hipoteca para la salud mental.
Aquel 20 de julio de 1969, mientras Neil Armstrong dejaba su huella imborrable en el polvo lunar, un odontólogo y psicólogo argentino, Enrique Febbraro, tuvo una epifanía genial. Sintió que la humanidad entera estaba unida en ese instante, mirando atónita al alunizaje. Cruzando fronteras impensables, mandó miles de cartas para fundar nuestro, de la humanidad, Día del Amigo.
Siempre me fascinó esa loca conexión... Relacionar un desierto helado, hostil y lejano en el espacio con el calor de un abrazo acá en la Tierra. Hoy, a poco tiempo de revivir esa fecha del afecto, me pongo a pensar en lo mucho que nos cuesta a veces cruzar nuestro propio "espacio vacío" para encontrarnos con el otro.
En mi consultorio de Concepción del Uruguay, insisto siempre con la misma idea: la amistad no es un accesorio descartable para el tiempo libre. Es un cable a tierra indispensable para nuestra salud mental, un regulador emocional que la ciencia insiste en validar pero que nosotros solemos archivar en el fondo de las prioridades.
Si hasta parece que la soledad no deseada duele físicamente. Diversas investigaciones internacionales demuestran que el aislamiento social crónico equivale a fumarse quince cigarrillos por día en términos de riesgo cardiovascular y mortalidad... Una locura clínica que muchas veces pretendemos tapar con pastillas para dormir en vez de con más rondas de mate compartidas.
Lo veo a diario en mi práctica clínica, donde la realidad golpea de frente sin anestesia. Cuando una persona mayor pierde su red social, su salud física y psíquica se desmorona como un castillo de naipes. No es solo "tristeza", es pérdida de autonomía, es deterioro cognitivo acelerado, es el alma que se va apagando por falta de interlocutores válidos.
Hace unos meses conversaba con Roberto, un tipo de ochenta y pico que enviudó hace un año y cayó en un pozo silencioso. Llegó al consultorio con el ceño fruncido, arrastrando los pies y quejándose de dolores difusos que ningún analgésico lograba calmar. Su verdadero diagnóstico, claro está, era el silencio ensordecedor de su living.
Le sugerí, casi como una receta médica innegociable, que se acercara al centro de jubilados más cercano. "No estoy para andar jugando a las cartas con viejos", me reprochó ,con el orgullo herido y esa resistencia tan nuestra. Le insistí en que no iba sólo a jugar, sino a disputar su propio derecho a seguir estando vivo y conectado.
La semana pasada lo crucé cerca de la plaza San Martín, bajo el solcito de la tarde. Iba riéndose a carcajadas con dos compañeras del taller de escritura. El dolor de espalda crónico se había esfumado. No hubo fármaco mágico en su receta; hubo miradas, complicidad y, sobre todo, una red humana que lo sostuvo cuando el abismo acechaba.
Porque entender el Envejecimiento Activo y Saludable es entender que la vejez no te quita el derecho a desear, a proyectar, a reírte de una pavada con un par de cómplices. Tratar a las personas mayores como sujetos de derecho implica, antes que nada, garantizarles el derecho a socializar libremente.
A veces, con la mejor de las intenciones, caemos en la trampa de tratarlos como simples objetos y nos olvidamos de preguntarles quiénes son sus amigos, o de facilitarles el espacio para que se tomen un café y hablen de fútbol, de política o de la vida.
La teoría del apego y la psicología social nos enseñan que el ser humano es, ante todo, un animal comunitario. Nos constituimos siempre en el espejo del otro. Cuando ese espejo se apaga por el aislamiento, empezamos a desdibujarnos... a perder la noción de quiénes somos y para qué estamos acá.
Por eso, este lunes 20 de julio que se nos viene encima es una excelente excusa para levantar el tubo (o como se diga ahora) o mandar ese mensaje de WhatsApp. No importa si tu compinche está a la vuelta de la esquina acá en Entre Ríos, o si te quedó allá en el caos porteño de CABA, resistiendo la rutina entre el subte y el asfalto.
Hagamos el llamado, rompamos la inercia del "después le escribo". Demostremos que el verdadero viaje interestelar no fue el de la Apolo 11, sino el que hacemos todos los días cuando decidimos salir de nuestro propio egoísmo y de nuestra cápsula solitaria para escuchar y abrazar a quien camina al lado nuestro.
Al final del día, la luna sigue estando allá arriba, fría y solitaria, recordándonos la inmensidad del universo. Pero acá abajo nos tenemos los unos a los otros para entibiar la noche. ¿Cuánto hace que no le hacés un espacio real en tu agenda a ese amigo que te conoce de memoria?