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Sociedad
Diario Uno hace 17 horas 17 min de lectura

Alejandra Costamagna indaga en la pérdida de una amistad femenina: ¿Cómo se le pone palabras a la ausencia?

Hija de científicos argentinos que se fueron del país durante la dictadura de Onganía, la chilena Alejandra Costamagna escribió la novela Dónde puedo dejarlo, de épocas del pinochetismo

Alejandra Costamagna indaga en la pérdida de una amistad femenina: ¿Cómo se le pone palabras a la ausencia?
Foto: Diario Uno

Para Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970), temas como la memoria, el destierro, la ausencia, forman parte indisoluble de su vida y de su literatura.

Periodista y académica, hija de científicos argentinos emigrados durante el gobierno del general Onganía, en los sesenta, la resaca que dejan las dictaduras le brinda una provechosa materia para diseñar el ámbito reflexivo de sus historias.

En su reciente novela, Dónde puedo dejarlo, el centro de interés está puesto en una amistad profunda, determinante, que se resquebraja por urgencias circunstanciales. Manu se queda sin Mara, su compañera de vivencias, que debe esfumarse por cuestiones de seguridad personal.

No se trata de una amistad en términos generales, sino muy específica. Es la amistad entre dos mujeres, dos jóvenes, a la manera de La amiga estupenda, de Elena Ferrante.

Todo ocurre en 1989, en los finales del pinochetismo. Pero no es trama con acento en lo político. La clave está en lo íntimo, en lo afectivo. En lo que empuja hacia el desgarro personal. Al imperioso llenado de un vacío que llega a tornarse cruel.

¿Cómo se le pone palabras a la ausencia?, nos explica Alejandra. ¿Qué palabras tiene el vacío?.

Ella misma encuentra la respuesta en esta entrevista para el programa La Conversación de Radio Nihuil: en la poética del susurro. Con la narradora expresándose muy en voz baja.

-Alejandra, buenas tardes. ¿Estás en Santiago?

-Hola, buenas tardes. Mucho gusto, por la invitación, por estar acá con ustedes. Estoy en Santiago, sí, mirando la cordillera en este momento.

-¿Cómo es tu relación con el sur de tu país?

-Cada vez que puedo, me escapo al sur. Me gusta muchísimo, muchísimo. Sobre todo, la zona más cercana a Chiloé. Amo Chiloé.

-Amor compartido. Preguntaba por el sur, porque, en tu novela, la acción transcurre en Santiago, pero, de tanto en tanto, los personajes se dan una vuelta por Calbuco, en la región de los lagos.

-Sí, tal cual. En Calbuco ambienté una novela anterior, Dile que no estoy. Es un lugar que, en algún momento, di con él y lo adopté como el paraje donde iba a estar ambientada esa novela.

-¿Cómo fue tu relación con esa geografía?

-Me fui ahí una temporada y, bueno, lo tengo un poco en la cabeza. Por eso también ahora volví.

-¿Por qué? ¿Para qué te servía?

-Recurrí a ese espacio en esta novela porque necesitaba un lugar que quedara a unos mil kilómetros de Santiago, a cierta distancia, pero que no fuera tampoco un centro, una capital, sino que más bien mantuviera esta cosa un poco del interior.

-Un ambiente más pueblo, claro. Vos sos hija de argentinos, ¿no?

-Sí, mi padre y mi madre, los dos, son argentinos. Y toda la familia, los abuelos, los tíos, los primos. Mi hermana y yo somos las únicas chilenas.

-¿En qué época tus padres se fueron a Chile y por qué?

-Mis padres se vinieron a Chile en el año '67, con la intervención de Onganía en la universidad. Fue muy fuerte en la UBA.

-¿Qué hacían ellos en ese momento?

-Mi mamá estaba terminando de estudiar y mi papá ya trabajaba ahí. La intervención fue muy violenta. Ellos son del área científica.

-¿De qué manera reaccionaron?

-Hubo una diáspora de muchos científicos que se reubicaron en distintos lugares, algunos en Chile, otros en Brasil, etcétera. Mis padres vinieron a la Universidad Técnica del Estado. Todavía estábamos en democracia. Pocos años después vino el golpe, pero ya tenían una vida más o menos armada acá, así que, bueno, se quedaron.

-Fue uno de los tantos exilios argentinos, pero no como el que vino después en la dictadura nuestra, con el Proceso y las persecuciones mucho más sangrientas.

-Tal cual, exacto, sí, sí. Por eso no se volvieron. Así que nos quedamos en esta dictadura (sonríe).

-Hablando de esto, el nudo de tu libro es que se daña la amistad entre Manu y Mara porque esta última se ve en la necesidad de desaparecer de escena porque su pareja es un activista político buscado. Eso ocurre en los tramos finales de la dictadura de Pinochet.

-Sí, tal cual. En realidad, la novela se desarrolla a partir del año '89, cuando la amiga se va. Pero son un poco como esas esquirlas, esos brazos que sigue teniendo la resaca de una dictadura que ha sido tan larga. Son diecisiete años, pero, luego, con la transición a la democracia, quedaron muchos enclaves autoritarios, algunos mantos de impunidad también.

-Está muy bien definido eso como una resaca.

-Yo digo que hay una especie de época limbo de las dictaduras, en esas transiciones en que permanecen algunos restos todavía muy presentes en distintas formas. Entonces, es como si el tiempo fantasmal de la dictadura todavía perdurara en estas democracias craqueladas.

-¿Y cómo incide este contexto en tu historia?

-A mí me interesaba entrar en ese lugar, en lo político, desde lo afectivo. Me interesaba que fuera desde ese campo, donde pudieran todavía colarse estos asuntos, ¿no? La intimidad en vínculo con esa historia.

-Es cierto que tu novela tiene poco de política, pero su trasfondo se va colando inevitablemente por el dato duro que explica la ausencia de Mara: había entrado en las listas de personas más buscadas, en alerta internacional; y de su compañero decían que era un muy peligroso cabecilla de una organización.

-Claro. La novela busca darle espacio a la ausencia. Y pensando en que justamente la ausencia produce un vacío que no se puede narrar siguiendo una lógica lineal, progresando en la historia. Entonces, lo político, desde ese costado, empieza más bien a manifestarse a través de la forma que adopta la novela.

-¿Cómo le llamarías a esa forma?

-No hay, digamos, una especie de gran conflicto central, sino que toda esta historia se va fragmentando. El silencio pasa a ser muy importante también en lo que se narra y lo que no se narra. Gráficamente, incluso visualmente, diría que es como una especie de poética del susurro, como que está narrada muy en voz baja.

-Poética del susurro. Perfecta definición.

-Y claro, siempre el contenido de una obra está en estrecho vínculo con la forma que adopta, con la estructura, con cómo eso se va manifestando desde el lenguaje, que es con lo que, al final, trabajamos los escritores.

-Puntualicemos que estamos hablando de un corazón roto, desde el punto de vista de Manu, que es la que queda sin su amiga, y de cómo ella lo trata de sobrellevar. Y ahí, justamente, en voz baja, vos elegiste trazos muy delicados para ir pintando todo eso.

-Sí. Esta es la historia de un vínculo que se tuerce en la ausencia y que se resiste al quiebre. Tiene este telón de fondo, pero me parece que me interesaba también indagar en el vínculo de la amistad, que en general es un asunto menos estudiado. Figura como algo más periférico en relación con otros vínculos, con el amor, la paternidad, la maternidad, los lazos filiales, incluso los lazos laborales.

-¿Qué tiene de distinto?

-En la amistad tiende a haber algo gratuito, algo que además no es provechoso en este sistema de la producción, o sea, la producción y lo que hay que rendir. Y a la amistad la desplazan, en ese sentido, de un cierto poder.

-¿Queda como en un segundo orden?

-Si te fijas, en la amistad no hay instituciones que la normen. No hay un contrato de por medio como con otros vínculos. Y eso no la convierte en un espacio ajeno a las tensiones.

-Tensiones de otro tipo, ¿no?

-Me parece que hay algo más voluntario. Y lo que me interesaba de esta novela en particular era la amistad en su potencial conspirativo. Las amigas comparten en secreto algo indebido. Y ahí hay mucha pasión. También hay mucha urgencia porque también, en esta etapa de transición de sus vidas, en varios ámbitos, ellas están modulando y disputando unas identidades.

-Están en pleno proceso.

-Entonces, en esa experiencia, es que lo íntimo se trenza con lo político, pensando lo político también en su amplitud, en lo político también como los cuerpos, la política del cuerpo, digamos.

-El tuyo, como venimos diciendo, es un libro sobre la amistad; pero no sobre la amistad en general sino sobre la amistad femenina, que tiene sus particularidades. ¿Cómo es el nudo de ese tipo de amistad, cuáles son los códigos?

-Hay algo que tiene mucho que ver con esto que decía, de cierta conspiración, de cierta complicidad en asuntos que van más allá de lo anecdótico del día a día. La amistad se mete también en la construcción de esas identidades.

-¿Ejemplos?

-Estoy pensando en textos que estuvieron cercanos, que abordan las amistades de otros lugares muy distintos. Por ejemplo, Desarticulaciones, el libro de Sylvia Molloy. Son dos amigas mayores, pero una de ellas tiene Alzheimer. Y cuenta cómo la pérdida de memoria de una va implicando también una pérdida muy importante de memoria para la que se queda, es decir, la que no pierde la memoria.

-La otra se lleva algo de ella.

-Porque, de alguna forma, su memoria también va desapareciendo. Hay una complicidad tan grande entre ellas que, la que olvida, es la única persona que tenía esos recuerdos junto con la que está, la que aún mantiene la memoria. Entonces hay una pérdida muy grande cuando la otra desaparece o pierde la memoria o se va.

-Muy claro y revelador el proceso.

-Hay otras novelas. Una clásica es La amiga estupenda, de Elena Ferrante, donde hay un contexto de época, pero también una complicidad de las amigas, una fuerza en la unidad de esa amistad casi tan importante como sus propios movimientos individuales. Es como si, en colectivo, pasan a ser un núcleo igualmente potente.

-Es un acierto esa relación con La amiga estupenda, que es una saga muy exitosa, incluso en su versión de serie televisiva. Ahí la particularidad de la relación femenina tiene otro muy buen ejemplo, ¿no?

-Creo que eso varía muchísimo y quizás también es parte de una cierta singularidad que no se puede generalizar. Pero, en general, hay algo que es muy típico en las amigas de infancia, en esos núcleos de iniciación: que se tiene la primera mejor amiga, la segunda, la tercera. Y hay una especie de comunidad en la que va habiendo lugares que son ocupados en distintos momentos.

-¿Cómo sucede eso?

-Está la amiga a la que le cuentas absolutamente todo, con la que compartes casi endogámicamente una vida. Pero luego eso puede tener un desplazamiento y en otro momento pasa a haber otra amistad que es igual. Como decía, creo que ahí hay algo de eso, de lo endogámico. Es una relación cercana a la hermandad. Diría que hay algo de volverse un poco hermanas también.

-¿Vos tenés muchas amigas, has ido forjando algunas relaciones importantes a través de tu vida?

- Sí, sí, sí. Totalmente. Son amigas que, claro, comparten distintos periodos, por lo tanto, yo siento que son como las testigos de distintas épocas. Y yo soy la testigo también de distintas épocas de ellas. Entonces esas dos épocas coinciden.

-¿Alguna de estas buenas amigas te han dicho algo sobre tu libro? ¿Has tenido alguna devolución de ese tipo?

-Sí, sí, he tenido. Y el lanzamiento de la novela acá en Chile fue muy bonito porque precisamente lo presentaron dos amigas y se produjo una especie de rito en escena.

-¿Por qué, qué pasó?

-Porque, sin darme yo cuenta, estábamos reproduciendo un poco la escena inicial de la novela de las tres amigas, con esas complicidades. En fin, fue muy hermoso que la lectura del libro, con todas sus aristas, con lo político, etcétera, también estuviera intervenida por esta experiencia de amistad individual de cada una de ellas.

-¿Y te formularon alguna objeción o no?

-(Ríe) No. Se la guardaron. En las amistades a veces uno busca el momento preciso para sacar luego eso que quedó atravesado. En algún momento esa espina saldrá.

-Es verdad que Maru, de repente, sale de escena, pero sigue presente durante todo el libro porque la va evocando y trayendo al presente su amiga. O sea que, prácticamente, es una novela de solo dos personas, porque el resto lo integran personajes secundarios.

-En realidad, creo que son dos personas que se empiezan a volver una. Y por eso quizás la elección, en toda la primera parte, del tú, del narrador apelativo, era la única forma, después de probar mucho, de ensayar muchos narradores, perspectivas, de narrar dos vidas.

-¿De qué manera imaginaste esa integración?

-Ese tú amalgama a una y a otra, y rompe la idea pétrea de la identidad, porque va mezclando estos dos cuerpos. Diría que, al final, es como si fuera un solo cuerpo con dos costados que aparece. Pero las contiene a las dos. La narración las contiene a las dos por ausencia y por presencia. Estos dos cuerpos como una especie de ying y yang.

-Lo que pasa es que hay una tercera amiga también. Forman un trío con Isa, aunque ella no tiene demasiada participación en la trama.

-Claro, Isa es un poco periférica. Forma parte de esa amistad, pero es siempre la que está viajando por asuntos de trabajo. Y quizás también es la que viene a entregar otro soporte a esta amistad, que es su dedicación al teatro. Ella se va siempre de gira. Y la novela adopta mucho la forma de lo teatral, también.

-Es verdad. ¿De qué manera lo ves?

-Es una representación permanente. Las dos están haciendo un ejercicio de representación, una, porque se va, pasa la clandestinidad y tiene otras identidades; está cumpliendo un papel, está sobre un escenario permanentemente, un escenario vital.

-¿Y la otra, la que se queda?

-La que se queda empieza a mimetizarse y a internalizar la ausencia de la amiga. Y en esa ausencia, suple sus propios espacios, los afectos, la relación con el padre. Todo lo que dejó la amiga pasa a ser incorporado como si fuera también parte de un personaje para la que se queda. Hay algo muy teatral, sí.

-Es tan fuerte la relación entre las dos chicas que la participación de los hombres en el relato queda muy desleída. De hecho, no se sabe bien por qué Manu tiene de pareja a Rolo. No demuestra mucho entusiasmo en su presencia, casi que prefiere estar con la gata a estar con él, etcétera. ¿Cómo es la cosa?

-(Sonríe) Rolo es un poco el cable a tierra. Es casi literalmente lo del cable a tierra porque él tiene una relación con las plantas muy importante y es el que la está bajando todo el tiempo, le está dando ese terreno. Como que la vuelve al personaje que ella es y no al que intenta representar. Es como el costado necesario para mantenerla en su identidad.

-Una tarea constante, la de Rolo.

-Y con toda la resistencia que ella tiene a eso, porque está viviendo una especie de alucinación permanente. Me interesa mucho también Rolo porque, con esto de las plantas, hay un vínculo muy fuerte entre el destierro de la amiga y el destierro en términos literales de lo que significa des-terrar, sacar las plantas cuando son trasplantadas a otro lugar, porque también sufren una especie de destierro.

-Entendido así, cobra otro valor.

-Rolo, desde ese lugar y también desde la imagen, porque él es fotógrafo, tiene acceso a otro modo de procesar los afectos, de procesar la existencia y es, como decía antes, ese cable a tierra que la acerca, todo el tiempo, a ese otro lugar del que ella se escapa, se va, pero vuelve todo el rato.

-Y en ese hacerla bajar a tierra todo el tiempo, utiliza una expresión muy típicamente chilena. "¿Quién eres tú, cabrita?", le suele decir.

-(Sonríe) Sí, sí. El cabrita es parte de todo ese trabajo con ciertas palabras, lo que significan en su contexto, en su ámbito, etcétera. Pero en esta novela hay mucha imaginación. Y esta amistad se sostiene también en la especulación, en la imaginación de lo que pudo haber pasado, lo que puede estar pasando y lo que podrá pasar.

-¿De qué manera lo insertás?

-Yo pongo ahí una historia con una cabra, que es sobre Emily Dickinson, en realidad. Lo tomo de un libro de Mary Ruefle, una poeta norteamericana. Ella dice que, de la biografía de Dickinson, se quedó con una escena.

-Claro, está en tu relato esta referencia.

-Según Emily Dickinson, su sobrino tenía tanta, pero tanta imaginación, que decía que había una cabra pastando en el altillo donde ella vivía. Pero un día, una profesora lo enfrenta y le dice: no, cómo va a ser eso, eres demasiado fantasioso, las cabras adentro de las casas no viven, no pastan... En fin. Y Emily Dickinson se enoja tanto que llama a la profesora, la encara y le dice: venga a mi casa, venga a ver la cabra que está ahí arriba, yo misma le doy el pasto.

-Preciosa anécdota.

-Es un poco la validación de la imaginación como un espacio de lo posible. Y me parece que hoy, en este mundo tan desolado, tan difícil de pensar en el futuro, la imaginación es una herramienta que nos permite, que nos da mucha fuerza para poder imaginar otros mundos posibles.

-Tu formación literaria y docente se evidencia, como decíamos, en el protagonismo que le das al lenguaje. Por ejemplo, vas escribiendo como un pequeño diccionario personal donde anotás algunas palabras que te interesan. Y siempre está la lengua popular. En un momento, tu protagonista se pone a insultar y se pregunta: "¿Por qué conchetumare y no conchetumadre o concha de tu madre?". Es un taco más chileno que la palta y el pisco.

-(Ríe) Sí, claro. El lenguaje está todo el tiempo en disputa, porque esta novela tiene que ver con la ausencia y ¿cómo se le pone palabras a la ausencia? ¿Qué palabras tiene el vacío?

-Gran pregunta.

-Yo recuerdo hace algún tiempo haber escuchado el sonido de cuando fueron unos astronautas, en estos días, al espacio. Y en algún momento reproducían la música del universo. O sea, ponían una grabación o un audio que a mí me parecía desquiciado totalmente, porque ¿cómo suena el universo, cómo suena el vacío?

-Buen punto para trasladarlo a tu historia.

-En el fondo, la novela también indaga en algo semejante: ¿qué palabras pueden dar cuenta de algo que no tiene palabras? Y eso se traspasó, en general, a toda la novela, como el cuestionamiento con cada término, con cómo se usa, con cuál es la palabra adecuada para hablar de esto.

-¿Hay palabras adecuadas?

-Las palabras no alcanzan a dar cuenta. Muchas palabras también constituyen realidad. Las nombras y eso ya en la imaginación genera algo. Las palabras también pueden ser cárceles. En la novela lo vemos. El nombre mismo de la protagonista, ella no puede decirlo porque eso la pone en peligro. Entonces también ahí hay una palabra que puede ser un refugio; es su identidad, pero, al mismo tiempo, un riesgo, un peligro.

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