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AnalisisDigital hace 17 horas 5 min de lectura

El tiempo de los héroes | Análisis

Jorge Luis Borges imagina a un hombre condenado a ocupar dos lugares opuestos dentro de la historia: el del traidor y el del héroe. Para preservar la causa que representa, su muerte es convertida en una representación pública. Los hechos se ordenan,

El tiempo de los héroes | Análisis
Foto: AnalisisDigital

Alejo Paris

Jorge Luis Borges imagina a un hombre condenado a ocupar dos lugares opuestos dentro de la historia: el del traidor y el del héroe. Para preservar la causa que representa, su muerte es convertida en una representación pública. Los hechos se ordenan, se corrigen. Se vuelven relato. En vez de recordar al hombre, la memoria colectiva recordará al personaje que la comunidad necesita.

Los pueblos no heredan a sus héroes. Los construyen. Hermenéutica mata historia.

Toda identidad nacional necesita un panteón. Un conjunto de figuras capaces de representar, con sus vidas o con el relato que la memoria colectiva escribió sobre ellas, aquello que una comunidad desea pensar de sí misma.

José de San Martín y Manuel Belgrano, por ejemplo, conviven dentro del panteón argentino.

El primero representa la voluntad estratégica, la disciplina, el sacrificio y la renuncia. El hombre que cruza una cordillera para liberar un continente y luego se aparta del centro del poder. En él, la tradición argentina encontró la imagen del héroe austero: aquel cuya grandeza parece confirmarse en el momento en que decide no apropiarse de ella.

El segundo expresa otra forma del heroísmo. La del intelectual que acepta convertirse en militar porque las circunstancias se lo exigen. La del hombre que asume responsabilidades para las que no había sido formado, soporta derrotas, entrega su fortuna y persiste sin esperar una recompensa personal. Su figura está menos asociada con la victoria definitiva que con el deber.

Uno encarna la gloria y la renuncia. El otro, la entrega y la perseverancia.

Los héroes nacionales no son intercambiables, porque condensan virtudes distintas. Son respuestas simbólicas a las preguntas que una época se formula sobre sí misma. Los panteones nunca están terminados. Las sociedades cambian, aparecen nuevas heridas, nuevas frustraciones y nuevas aspiraciones. Entonces surgen otros faros capaces de iluminar el presente.

En la Argentina contemporánea, el fútbol produjo dos de esas figuras.

Maradona y Messi suelen ser comparados como si uno debiera desplazar al otro. Como si la aparición de un nuevo ídolo exigiera la demolición del anterior. Pero, lejos de reemplazarse, los mitos de una cultura se acumulan. Porque representan necesidades históricas diferentes.

Maradona se negó a aceptar la interpretación que su origen parecía imponerle. Messi hizo lo mismo con sus derrotas en la Selección Argentina.

Maradona fue el héroe de una Argentina que necesitaba creer que un hombre nacido en los márgenes podía cambiar su estrella.

El chico de Villa Fiorito que llegaba hasta la cima del mundo fue parábola de revancha. La posibilidad de que aquello que había sido condenado a permanecer abajo pudiera derrotar a quienes parecían destinados a mandar.

Su desmesura también formaba parte del símbolo. Maradona no pedía permiso. Desafiaba. Provocaba. Jugaba como si cada partido pudiera convertirse en un acto de justicia personal y colectiva. En él, el país encontró la fantasía del individuo excepcional: el hombre capaz de torcer, por sí solo, un destino que parecía escrito para todos.

Nunca renegó de sus orígenes. Se negó a aceptar la interpretación que parecía reducir Villa Fiorito a una condena. Su barrio no fue un lugar del que escapar, sino una identidad que decidió llevar consigo mientras desmentía la lectura que convertía ese origen en destino.

Messi expresa otra época y otra forma de rebeldía. La de quien encuentra en la derrota una razón para volver mejor.

Fue durante años el héroe incompleto. Perdió finales. Fue acusado de no sentir la camiseta. Cargó con la obligación imposible de ser otro. Cada derrota parecía confirmar que su historia con la Selección ya estaba escrita. Incluso llegó a renunciar.

Pero volvió.

Jugó. Perdió. Volvió. Fue discutido y volvió. Envejeció, cambió su juego, aceptó nuevas funciones y volvió. Hasta que, finalmente, pudo ganar.

Su mito hace de la obstinación una forma milagrosa de esperanza.

Allí aparece el cambio más profundo. Maradona encarnó la posibilidad de desafiar la interpretación que convertía el origen en destino. Messi demostró que ninguna derrota tiene por qué convertirse en la interpretación definitiva de una vida cuando se enfrenta con perseverancia.

Maradona fue el talismán de quienes necesitaban creer que el origen no era una sentencia.

Messi es, acaso, el de quienes se ilusionan con descubrir que el único fracaso absoluto es dejar de intentarlo. No porque celebre la derrota, sino porque le quita su apariencia de sentencia irrevocable.

Messi nos recuerda que perder no convierte necesariamente a alguien en un perdedor. Que haber fallado no obliga a organizar toda una vida alrededor del fracaso. Que todavía se puede volver, corregir, insistir y esperar otra oportunidad.

En la dinámica ordinaria de las cosas la experiencia del fracaso aparece de manera cotidiana, pero atravesamos una época en la que no se enseña a tolerarlo. Este es el contexto que ilumina el mito de Messi, como reluciente ejemplo de quien persevera a fuerza de un carácter forjado por la experiencia del fracaso.

Su mito es extraordinario, porque hace de la insistencia una forma de épica: se construye con la epopeya, pero esta resulta insuficiente para justificarla. Es necesario contar las derrotas que la moldearon.

Como en el cuento de Borges, todo héroe termina convertido en un relato que excede al hombre. San Martín le dio una imagen a la renuncia. Belgrano, al deber. Maradona, a la decisión de no aceptar que el origen definiera su destino. Messi, a la convicción de que las derrotas tampoco tienen por qué definir una vida.

Pero Borges también nos recuerda otra cosa: si los pueblos construyen a sus héroes, también construyen el sentido que les atribuyen.

Tal vez por eso la pregunta importante no sea quién fue más grande, sino qué estaba diciendo la Argentina cuando convirtió a Maradona y a Messi en sus héroes. Compararlos como si respondieran a una misma pregunta es perder de vista aquello que cada uno vino a representar. Los héroes pertenecen a un pueblo, sí; pero también a un tiempo. Interpretarlos exige comprender la época que los hizo necesarios.

Los mitos de Maradona y de Messi son respuestas distintas a preguntas distintas. Por eso no compiten por ocupar el mismo lugar. Y quizá esa sea la mejor forma de heredarlos.

(*) Alejo Paris es periodista.

AnalisisDigital Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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