El cuerpo como campo de batalla: filosofías de la resistencia
PERFORMAR. Filosofías corporantes y prácticas decoloniales es el nuevo libro del profesor de filosofía Santiago Díaz. en él explora cómo la "biopolítica estética" coloniza el deseo y la necesidad de recuperar el aula como el territorio para descoloni
El cuerpo como campo de batalla: filosofías de la resistencia
Nacido en las aulas del IPA y el Instituto 84, PERFORMAR. Filosofías corporantes y prácticas decoloniales explora cómo la "biopolítica estética" coloniza el deseo. Frente al aislamiento digital y al colapso del diálogo, Santiago Díaz propone recuperar la conversación como una trinchera revolucionaria y el aula como el territorio para descolonizar los cuerpos.
PERFORMAR. Filosofías corporantes y prácticas decoloniales (Autoras en Tienda, 2026) es el nuevo libro de Santiago Díaz. En él, desde la filosofía y desde su propia experiencia como docente de la materia en distintos niveles, el autor reflexiona y nos empuja a pensar que hay fenómenos que no avisan, sino que simplemente se instalan. Suceden de fondo, silenciosos, hasta que su peso vuelve inevitable la urgencia de narrarlos. Lo que está pasando hoy no es una novedad, sino una marea que venimos surfeando desde hace tiempo y que exige, de manera urgente, que demos cuenta de ella. Así nace este mapa de ideas.
De PERFORMAR, lo primero que nos asalta no son conceptos áridos, sino la vibración de acciones performáticas. Si hubiera que elegir una imagen que sintetice el espíritu de este trabajo, esta es la X: un cruce, una intersección, un punto de choque.
Pero el libro no se limita a teorizar, se encarna en una filosofía del cuerpo o, para ser más precisos, en lo que llamamos filosofías corporantes. Pero este concepto no surgió de la nada. Es una criatura viva que muta desde 2009 en las aulas de la cátedra de Antropología del Cuerpo, moldeada al calor del debate con futuros docentes del IPA y del Instituto N.° 84 de Educación Física. De esas largas conversaciones sobre la corporalidad emergió una tesis central: habitamos cuerpos profundamente domesticados.
Sufrimos una pedagogía perceptiva, un adiestramiento invisible, pero voraz. Nos enseñan a sentir y a movernos de ciertas maneras porque un cuerpo dócil es la pieza perfecta para el engranaje del consumo masivo. Pero el peligro es aún mayor. Esa misma domesticación es la que alimenta, en la sombra, las lógicas de las políticas fascistas, los discursos de odio y las microviolencias cotidianas. El cuerpo, lejos de ser solo biología, es el primer territorio político en disputa.
Ante este escenario me surgen varias preguntas para empezar: ¿Qué es lo que realmente vemos y sentimos, cuando nos enfrentamos a un cuerpo diferente (femenino, negro, travesti, performática)? Y ¿Por qué el cuerpo hegemónico, domesticado y predecible nos genera un registro tan plano, casi anestésico? ¿Te parece que es una marca de época, sobre todo en lo que respecta al fascismo? ¿O ya estaba allí y lo que ocurre es que se notaba menos?
La domesticación de la carne no es un invento reciente, es el resultado de un largo proceso histórico. El libro propone una genealogía de esta colonización de los cuerpos, una cartografía que nos muestra cómo el poder ha ido mutando sus estrategias de sometimiento. Hoy, sin embargo, hemos alcanzado una actualización tan sofisticada como aterradora: la versión 7.0. Se trata del fascismo de ultraderecha en su estado más puro. Un fenómeno que el pensador camerunés Achille Mbembe define magistralmente como brutalismo: un poder pleno, duro, sin matices ni anestesia. En esta era del brutalismo, la primera víctima es la empatía. Nos enfrentamos a líderes políticos que parecen hechos de plástico: personajes invulnerables, impermeables al dolor ajeno, a los que nada parece atravesar. No sienten. Y lo más preocupante es el efecto derrame: sus seguidores replican esa misma coraza de insensibilidad. Esta anestesia colectiva produce un ruido constante que, paradójicamente, nos ensordece. Como bien señala el ensayista Gabriel Giorgi en su lúcido concepto de "parar la oreja", nos hemos vuelto incapaces de escuchar incluso el grito desaforado del fascismo. Nos hemos acostumbrado tanto al estruendo que ya no registramos el peligro. El diagnóstico es severo: no hay cabida para la conversación. El canal se ha roto. Esa imposibilidad de diálogo ya no solo habita en los debates televisivos o en las trincheras de las redes sociales, se ha filtrado en lo cotidiano, fracturando incluso la sobremesa familiar. Si la conversación hoy parece imposible, recuperarla se vuelve un acto de resistencia. Como se sostiene desde la micropolítica, conversar no es un mero intercambio de palabras: hoy, sentarse a hablar y habitar la escucha es una trinchera revolucionaria.
Toda esta deriva política y perceptiva se conjuga con una grieta mucho más íntima: una fractura afectiva de dimensiones colosales. Para comprender cómo opera esta herida, el libro se organiza en cuatro estaciones metodológicas. Las dos primeras funcionan como un riguroso sondeo sobre los cuerpos ordenados y los dispositivos de disciplina que los moldean. Frente a ellos, como respuesta y resistencia, emergen los llamados "cuerpos conexos". Estos últimos no son otra cosa que el cuerpo en rebeldía. El cuerpo insurgente. La verdadera insurgencia que traen las prácticas performáticas no reside únicamente en su impacto estético, sino en algo mucho más radical: la posibilidad de un encuentro real.
Es precisamente esa potencia de encuentro la que hoy corre peligro de extinción, asediada por una disociación permanente que fragmenta la psique individual y disuelve los lazos familiares. La tragedia de nuestra época es que, mientras las pantallas prometen hiperconexión, los canales de la empatía se cierran, manifiesta el autor.
La fractura que se genera en el tejido social no es meramente ideológica, sino sensorial. Al clausurar la capacidad de conmoverse con el otro, el brutalismo contemporáneo logra su mayor cometido: la imposibilidad absoluta del encuentro. Ante el aislamiento de los cuerpos de plástico, la performance insurgente no es un simulacro, sino el último refugio de la comunidad.
¿Cuál es la diferencia entre el cuerpo y lo corporante?
El primer capítulo se dedica a desmenuzar el ordenamiento de los cuerpos. Allí aparece un juego de siglas casi provocador: si en la historia argentina sufrimos a la nefasta Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), aquí se propone otra "AAA": el Ordenamiento Orgánico de las Organizaciones de los Cuerpos. Este concepto busca explicar cómo todo el ejercicio de la biopolítica disciplinar organizó un modo "orgánico" de vincularnos. Lo "orgánico" remite directamente al organismo biológico, a lo rígidamente estructurado. El problema es que ese ordenamiento caló tan hondo que terminó por meterse en nuestra propia carne. Hoy, con el avance de lo digital, asistimos exactamente al mismo proceso de colonización silenciosa.
O sea, al estar tan inoculado en nuestra biología, el control deja de pasar por la conciencia. ¿Estamos ante un ataque directo a nuestra capacidad de ser afectados?
Totalmente. Se vuelve algo incontrolable en términos de la voluntad; se produce una pérdida de soberanía: uno ya no domina su cuerpo. Y lo más complejo de este escenario es descubrir qué es lo que realmente lo domina. En el libro la respuesta es clara: el deseo.
El deseo como frontera. Cuando el "yo" se vuelve absoluto, la conversación muere.
Ahí tocamos un límite insalvable. Cuando la postura es "esto es lo que yo pienso, lo que yo vivo, lo que yo deseo", la posibilidad de conversar se clausura con un portazo. Hay una barrera infranqueable donde el otro ya no existe; yo solo espero mi turno para decir lo que ya sé que voy a decir. La conversación real, en cambio, exige que estemos dispuestos a salir del encuentro siendo otros, a armar algo distinto, a parir una idea en común.
Y es ahí donde emerge el concepto central. ¿Cuál es, entonces, la diferencia entre "cuerpo" y "lo corporante"?
Lo corporante viene a traer, precisamente, aquello común. No es el cuerpo estático, el envase biológico domesticado. Lo corporante es el entre de nuestras afectaciones, esa red de fluidos, gestos y sentidos que vamos componiendo cuando nos encontramos. Es una potencia que nunca está dada de antemano, sino que siempre se está haciendo en el encuentro con el otro. Traducido a términos puramente políticos, lo corporante es, ni más ni menos, la producción de lo común.
Pensando en la idea del otro, ese otro que, simplificando mucho, es quien contribuye a que seamos lo que somos, me pregunto: ¿seguimos siendo alguien si nos cerramos de tal forma a conversar, dialogar, discutir o pelear con él? ¿En qué nos convertimos?
La disputa actual se juega precisamente en ese límite. Para nombrar este campo de batalla, el libro recupera un concepto acuñado hace ya quince años, al calor de los inicios de la cátedra de Antropología del Cuerpo: la biopolítica estética. En una época donde ganaban terreno nociones como la biopolítica molecular, esta perspectiva se consolidó para explicar cómo el poder modela nuestra sensibilidad y barre, a nivel puramente afectivo, cualquier posibilidad de desestabilizarnos con un otro. Hoy habitamos un sistema de estimulación sensitiva permanentemente desbordado. Ante este bombardeo constante, la respuesta refleja del cuerpo es el replegamiento defensivo hacia el "yo". De ahí el éxito arrollador de las redes sociales: funcionan como un respirador artificial para el ego, un soporte técnico que sostiene y confirma nuestra identidad individual cuando sentimos que nos diluimos. Necesitamos esa pantalla, de lo contrario, sentimos que dejamos de existir. El problema surge cuando ese caparazón se agrieta y aparece la alteridad radical, el otro verdadero. En ese instante, la diferencia no se procesa como una invitación, sino como lo ominoso: aquello que resulta extrañamente familiar pero que a la vez nos aterra y nos desborda. Nos han inoculado un terror íntimo y sistemático a la incertidumbre. El mandato implícito de nuestra época es claro: bajo ninguna circunstancia debemos arriesgarnos a encontrarnos con lo diferente. Ante el miedo a ser transformados por el otro, preferimos la seguridad de nuestro propio aislamiento.
Santiago, ¿Es un libro optimista o pesimista?
Si uno analiza el mapa político actual a gran escala, el panorama es desolador: no hay candidatos, no hay proyectos viables, no parece haber salida. Sin embargo, el tramo final del libro funciona como un llamamiento para no caer en la trampa del escepticismo paralizante. El secreto está en desviar la mirada: si en lugar de mirar lejos miramos cerca, el paisaje cambia. Al ras del suelo descubrimos un enjambre de microrresistencias que ocurren en simultáneo: pequeños grupos que se organizan, redes de abastecimiento comunitario que resistieron la pandemia, asambleas, publicaciones independientes. Aunque este libro ponga el foco en el arte de la performance y en el cuerpo colectivo, su propuesta de fondo es un grito de alerta: que no nos hagan creer que no hay salida. La salida no es una entelequia. No nos olvidemos de que estamos haciendo cosas, de que estamos viviendo. Ya que ambos compartimos el gusto por la música de un amigo, puedo decir que no nos olvidemos de que respiramos, que el sol sigue saliendo y que nos siguen pasando muchas cosas. Esas pequeñas victorias cotidianas tienen el mismo peso ontológico y político que las grandes discusiones del poder. Por eso, este trabajo toma distancia de la filosofía puramente especulativa. No se trata de crear mundos abstractos o fabulaciones teóricas, se trata de una urgencia concreta, material, que ya está sucediendo en el cuerpo a cuerpo. Afectarse colectivamente es lo que nutre a lo corporante. Algunos preferirán llamarlo "comunidad", lo verdaderamente revolucionario es que, bajo cualquier nombre, siga ocurriendo.
PERFORMAR. Filosofías corporantes y prácticas decoloniales se presenta, ante todo, como un libro para la docencia. Está pensado para aquellos educadores que trabajan con los cuerpos, partiendo de una premisa ineludible: en realidad, todos los docentes, sin importar su disciplina, trabajan con la corporalidad. Incluso en un espacio tradicionalmente asociado a la abstracción intelectual como la filosofía, el cuerpo entra en juego, se mueve y se expone en cada clase.
Poner el cuerpo en movimiento dentro del aula es un acto pedagógico fundamental. Implica validar la experiencia del estudiante, permitiéndole comprender que aquello que le atraviesa y le afecta es importante precisamente porque ocurre en su propio territorio: su cuerpo.
"La estrategia de la biopolítica estética revela que el desarrollo último de los dispositivos de dominio ha alcanzado una escala casi microscópica: ya no se trata de biopolítica, sino de una nanopolítica. El poder ha colonizado las articulaciones mismas del deseo, volviendo al cuerpo incontrolable frente al mandato del consumo. Ante este panorama, se vuelve vital que la formación docente cuente con un reservorio anímico que le permita sobrellevar una época de desastre afectivo. Como educadores, la tarea urgente es no perder la sensibilidad, sino generar mayores espacios de encuentro para reaprender a afectarnos. Nosotros conocemos esa otra forma de habitar el mundo porque fuimos criados en un tejido donde el lazo social aún existía. Allí radica la verdadera resistencia, bajo la vieja máxima de El Eternauta: 'lo viejo funciona'. Frente al colapso, la tecnología más revolucionaria sigue siendo la más humana: juntarse a charlar, a leer y a escucharse", enfatiza Santiago Díaz.
Este libro no es un ejercicio de contemplación, nace de una urgencia vital. Escribir, pensar y sentir hoy exige hacerlo desde el ojo de la tormenta, en un tiempo atravesado por crisis políticas, colapsos de la imaginación y transformaciones profundas de nuestra vida en común. Descolonizar los cuerpos no es una moda teórica, ni una coquetería conceptual, y mucho menos una metáfora de escritorio. Antes de recibir su nombre académico, la decolonialidad ha sido una praxis viva que late desde hace más de cinco siglos en los cuerpos comunitarios. Se trata de un modo de existencia estético-político que hace, siente, dice y piensa desde la inmanencia antigua de lo viviente: cuerpos constelares organizados en tejidos cósmicos y comunitarios. La fuerza primordial de lo corporante radica precisamente allí, en su resistencia anticolonial, antipatriarcal y anticapitalista. Es una declaración de guerra contra todo dispositivo que pretenda domesticar lo vivo, encauzar el deseo y capturar nuestras fuerzas radicales de creación y expresión. En última instancia, es una ética radical en defensa de toda vitalidad, de su riqueza plural, salvaje e inapropiable.
Frente a la intemperie del brutalismo contemporáneo, la noción de lo corporante emerge como una trama viva de afectos, deseos y experiencias que desborda cualquier categoría tradicional. Las corporalidades y las prácticas performáticas decoloniales no son meros objetos de estudio, son nuestros territorios de insurgencia. Las trincheras desde las cuales volver a percibir, imaginar y habitar un mundo que insisten en arrebatarnos, pero que aún nos pertenece. PERFORMAR. Filosofías corporantes y prácticas decoloniales es una excelente puerta de entrada para sumergirse en este pensamiento.
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