No tenemos un país pero tenemos Selección
El fútbol tiene mucho de magia. La fascinación que ejerce sobre miles de millones de personas, ya sea que hablemos de un partido que se juega en un baldío co
Y si bien la dimensión del universo futbolístico nos asombra una y otra vez, cuando lo pensamos con algún detenimiento podemos concluir que el fútbol no podía terminar siendo otra cosa que lo que es. Por azar o por la mano de Dios, el fútbol lo tiene todo. Se puede jugar en cualquier situación y condición: en un estadio de cientos de millones de dólares o en un pequeño patio de baldosas rotas. Con una pelota salida de los laboratorios más sofisticados de la ciencia del deporte o con una media rellena de trapos. Puede ser once contra once, o dos contra dos, o uno contra uno. Puede ser incluso uno solo, que imagina gambetas en un clásico crucial, mientras se relata a sí mismo sus propias jugadas con cadencia radial.
Otro asunto importante: la felicidad del fútbol no deja a nadie afuera. El gol de Lautaro Martínez el miércoles pasado, frente a los ingleses, fue gritado con el mismo amor desesperado en los asentamientos del sur de Resistencia y en las residencias de Villa Fabiana. Si hubieran estado hombro con hombro, toda esa gente se hubiese abrazado sin importar de qué lado de la suerte habita cada uno. Más todavía: ése es el único tipo de ocasión en el podrían abrazarse.
Llave universal
Roberto Fontanarrosa, un gigante de nuestra cultura popular, supo retratar fielmente cómo vivimos el fútbol en este rincón del cosmos. En uno de sus cuentos ("El ocho era Moacyr"), describe con genialidad cómo los asuntos de la pelota pueden cambiarnos la mirada de todo. Es la hisotria de un grupo de amigos del legendario bar "El Cairo", en Rosario, que un día comienza a digerir dificultosamente la presencia frecuente de un tipo que nadie sabe bien cómo llegó allí, y al que despectivamente llaman "Sobrecojines".
El origen del apodo era que el hombre, siempre vestido impecablemente y con consumos fuera del alcance de los demás ("pidió un whisky Blenders, con pronunciación tan cuidada que Moreira lo miró como si le hubiese pedido un plato asiático"), se había metido en una conversación sobre un nuevo modelo de Renault cometiendo el "error" de decir que lo había probado y era "como andar sobre cojines". A partir de ahí nadie lo tragaba, y abundaban las bromas sobre una supuesta homosexualidad del incómodo invitado, al que la mayoría no digería pero tampoco se atrevía a expulsar de la mesa.
Hasta que un día el grupo de compinches se estanca en tratar de recordar la formación completa de una añeja temporada de Rosario Central, y ninguno logra rescatar de su mente el nombre del número 4. Sueltan apellidos, putean al fallar, ninguno consigue dar con el dato. Hasta que el tipo de saco y corbata, sin romper su tono parco habitual, dice: "Sainz". Luego, da más detalles del jugador, suma referencias, exhibe una memoria que solo pueden tener los que aman el fulbo. Al día siguiente, uno de la barra, que no había estado en la cita previa, pregunta: "¿No vino Sobrecojines?" Desde la mesa le contestan: "¿Quién es Sobrecojines? Rodolfo se llama. Buen tipo ése".
Ni antes ni después
¿Quién no tiene un ejemplo parecido para dar? Enemistades o animosidades que desaparecieron en una cancha de barrio. Desprecios que se convirtieron en admiración cuando el imbécil al que detestábamos se puso nuestro equipo al hombro para ganarles por fin a los flacos de la otra cuadra que siempre nos goleaban. Emociones aluvionales que solo nos arrastran cuando los de la camiseta albiceleste sobreviven a una batalla más. El Himno cantado con un nudo en la garganta. ¿Qué otras veces, además de las horas posteriores a la final de Qatar, recordás haberte cruzado en tu ciudad con cualquier desconocido y sonreírle?
No sé por qué, pero todo eso no existe ni antes ni después de un Mundial. Ni por asomo. Cada cuatro años somos un país y solo nos importa un par de colores. Cada cuatro años nos importa un huevo qué piensa y qué vota el otro. Dura un mes y pico. ¿Es poco? Quizás sí, pero igual, mientras ocurre, es hermoso. No tenemos un país, en el sentido más hondo del término, posiblemente el precio que pagamos por las divisiones y los impulsos autodestructivos, pero tenemos una Selección. ¿Será que con ella el lazo es tan fuerte porque es un gajo al que nos prendemos todos para, por fin, sentirnos parte de algo común y no ser llevados por la correntada de la desunión?
El equipo de Scaloni expresa todos los valores que quisiéramos ver en el día a día de la Argentina. La lealtad a un emblema, el orgullo, volcar en la cancha lo mejor que tenemos en vez de lo peor, la grandeza, la humildad, la postergación de las conveniencias personales, la fe en lo que somos, la garra, el honor, la búsqueda insaciable de la alegría colectiva. ¿Qué de todo esto vemos en quienes nos gobiernan, representan, dirigen? ¿Qué de todo esto vemos en nosotros?
No tenemos un país. O lo tenemos, y lo que la Selección nos brinda por estos días es una pista de por dónde deberíamos ir para encontrarlo. Al fin de cuentas, son chicos que nacieron y crecieron acá. ¿Por qué lo de ellos sale tan distinto a lo nuestro? ¿Dónde hay que escarbar para desenterrar el baúl que guarda todo lo que ellos muestran?
Seguir, querer
Ernest Renan, filósofo e historiador francés, proponía esta definición de pueblo: "Es haber hecho grandes cosas juntos y querer seguir haciéndolas". Nadie podría decir que nuestra historia no está hecha de grandes cosas. La historia del fútbol y la de la nación.
La corrida de Maradona esquivando piernas para meter aquel glorioso gol a los ingleses es, a escala, San Martín sobre una mula borrándose la raya del trasero para hacer un recorrido de montaña de 500 kilómetros a fin de cruzar Los Andes y metérsela en el ángulo a los realistas en Chile y en Perú. Tenemos las guapeadas de Messi que nos trajeron hasta la final de hoy y la entrega de María Remedios del Valle, la negra que peleó en los ejércitos del Norte y perdió a su esposo y sus dos hijos en aquellas luchas por nuestra libertad. Mario Kempes liquidó a puro corazón y calidad el partido con los holandeses en el 78, y mucho antes un tal Manuel Belgrano, chico de familia rica al que sus padres habían enviado a Europa para estudiar leyes, no dudó en tomar las armas para combatir a las tropas españolas, renunciando a su mundo refinado para no faltar en los choques brutales en los que se definía nuestro destino.
Cuando lo más difícil ya estuvo hecho, San Martín pasó penurias económicas en buena parte de su retiro europeo porque no se le pagaban sus pensiones y muchos se esmeraban en limar la dimensión de su gesta. María del Valle fue encontrada mendigando por las calles cuando las guerras de la liberación habían quedado atrás. Belgrano, que donó los pagos por sus servicios a la Patria a fin de que se construyeran escuelas, murió empobrecido y abandonado, tanto que su lápida se hizo con un pedazo de mármol quitado a un mueble de su casa.
¿Canalizamos en el fútbol las frustraciones de un país que, como aquel chiquilín del tango, "niño de mil años", se encarga solito de enredar el piolín de su barrilete? Quizás. Es fuerte decirlo, pero nuestros días más felices no fueron peronistas, ni radicales ni de ninguna fracción política en el poder. Nuestros días más felices fueron con la Selección. Por eso esta tarde viviremos la más martirizante de las tristezas o la fiesta más maravillosa que pueda compartirse en el mundo. Llevando a cuestas todo lo que somos y todo lo que no somos. Con una increíble capacidad para hacer imposibles las cosas que deberían ser fáciles, con un talento innato para reírnos de nuestros propios desgarros y sobreponernos a cada desastre, con la marca de fábrica de un anchísimo costado irracional que nos hace sufrir como ninguno y gozar como nadie.
No somos un país. ¿O sí? ¿No aprendemos más o lo que venimos haciendo es -como en el camino a esta final de hoy- un recorrido confuso, sufriente, necesario, para tener el derecho alguna vez a bordarnos una estrella en el pecho y ese día mirarnos, reconocernos, y lograr que, sí, los laureles sean eternos? Veremos. Los chicos de la Scaloneta nos enseñan, también, que nada está dicho hasta el último segundo del partido.
Director periodístico.