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Provinciales
Diario Epoca hace 16 horas 4 min de lectura

La fiebre amarilla en Corrientes

La fiebre amarilla en Corrientes
Foto: Diario Epoca

El 19 de diciembre de 1870, un joven estudiante de medicina, Carlos Harvey, observó desde la proa del barco que lo transportaba desde Buenos Aires el aspecto familiar del puerto de la ciudad en la que había nacido poco menos de veinte años antes y el afanoso tránsito de los porteadores, los vendedores ambulantes y las autoridades portuarias. Había sido comisionado por las autoridades de la Comisión de Higiene Pública de la Ciudad de Buenos Aires para un pequeño período de prácticas en un hospital de su provincia, pero el verdadero motivo de su viaje era el deseo inquebrantable de volver a ver a su familia y los amigos de siempre. El destino le depararía un destino más impensado: sucumbir a los estragos de la fiebre amarilla en la misma habitación en la que había aliviado el sufrimiento de muchos de sus pacientes. "La muerte en el deber -como le gustaba decir a muchos de sus amigos- es el don supremo de todo católico de naturaleza y ley". Así lo pensaba, así lo decía y, conforme a esta certeza en la convicción, encontró su fin.

Harvey desembarcó en el Puerto de Corrientes con una maleta de cuero, traje de tweed, redingote bordó, zapatos acordonados y un chambergo marrón claro comprado en la sombrerería "Manigot". Del bolsillo superior del saco sobresalían un pañuelo de color negro y una pipa francesa. En una casa de transportes vecina al puerto tomó una calesa pequeña para pasear algunos minutos por la ciudad.Tenía el pelo rubio peinado hacia atrás, y los ojos, de un verde desvanecido. En el mentón, una cicatriz en forma de medialuna advertía la sobrevivencia de una antigua travesura infantil. La elegancia era innata en él, como la bondad de la que daba muestras en cada uno de sus actos. De esta bondad consustancial fueron testigos todos sus amigos y los pacientes agonizantes de los meses de enero y febrero.

En su casa conversó largamente con la familia. Habló de Sarmiento, de las nuevas políticas inmigratorias, de su trabajo como practicante en la Facultad de Medicina y de una muchacha de Belgrano a la que había conocido y amado tímidamente. Un momento después, su padre le dijo con tono severo que el doctor José Ramón Vidal quería verlo al día siguiente:

- Es por unos casos de importancia -advirtió gravemente-. Quiero que te pongas un traje más oscuro. No es momento ni lugar para llevar prendas de jovencito francés.

- Como usted diga, padre -contestó el hijo-. Lo del color francés corre por su cuenta. Tengo entendido de que en París se usan los colores oscuros. Además, este color conviene a la estación.

El padre rio ruidosamente, abrazó al hijo querido, ausente durante tantos meses, y llamando a uno de los sirvientes, ordenó:

- La mejor de las comidas para el almuerzo. Quiero que mi hijo no olvide nunca dónde se cocinan los manjares de los dioses.

José Ramón Vidal era un hombre de cuarenta y nueve años cuando conoció a Harvey. El conocimiento de la familia era anterior, porque para la época de la que venimos hablando, Corrientes era una ciudad de poco más de 11.000 habitantes (11.218 de acuerdo al censo de 1869), y familias como las de Vidal y Harvey compartían los mismos hábitos, las predilecciones y los imperativos estéticos.

Vidal recibió a Harvey en el amplio escritorio de su casa. A espaldas de un sillón tapizado con tela de bramante y realzado por flores de lis bordadas en un color celeste pálido se alzaba una biblioteca vidriada que custodiaba un gran número de novelas francesas, tratados de anatomía, patología, epidemiología y clínica médica, y una colección de revistas ilustradas ordenadas por fecha y categoría. Las ventanas que daban a la calle estaban abiertas de par en par y sobre una mesa que hacía las veces de depósito de ejemplares del diario "La Nación" sobresalían pequeñas botellas de licores aromáticos. "Es para el paladar de los invitados. Nada aclara tanto el juicio como los buenos líquidos espirituosos" repetía Vidal como una fórmula aprendida de memoria.

(Sigue en la página 27).

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