Vicenta, 90 años de camino: la peregrinación de toda una vida
Desde que era una bebé y viajaba en carreta junto a su familia, Vicenta Argentina Barrios de Miranda peregrina de San Luis del Palmar a Itatí. A los 90 años, su historia resume una tradición transmitida entre generaciones, hecha de esfuer
Hay historias que no necesitan grandes gestos para conmover. Alcanzan unas pocas palabras dichas con serenidad para entender que detrás de una tradición centenaria hay vidas enteras dedicadas a sostenerla. La de Vicenta Argentina Barrios de Miranda, de 90 años, es una de ellas.
Desde que era apenas una bebé peregrina desde San Luis del Palmar hasta la Basílica de Itatí. Nueve décadas después, conserva intacta la memoria de aquellos primeros viajes y la emoción de llegar frente a la Virgen.
"Desde criatura nuestra mamá nos traía. De años, meses así", recordó con naturalidad, como quien habla de algo que nunca dejó de formar parte de su vida.
Su infancia transcurrió cuando la peregrinación todavía era muy distinta de la actual. No existía el asfalto. El recorrido era completamente de tierra y las lluvias podían convertir el camino en un verdadero desafío. Sin embargo, nada alteraba la decisión familiar.
Aquellos viajes comenzaban varios días antes de llegar a Itatí. La familia viajaba en carreta, junto a otros peregrinos, llevando lo indispensable para alimentarse durante el trayecto. Eran ocho hermanos, integrantes de una familia numerosa, acostumbrada al trabajo del campo y a preparar durante semanas todo lo necesario.
"Longaniza, arrollados de matambre, butifarra... eso nomás. Todo iba en la carreta", enumeró.
La preparación también formaba parte del ritual. "Nos preparábamos desde el 9 de Julio", contó. La longaniza era completamente artesanal. "Yo ya compraba la tripa, limpiaba, secaba y después cargaba. Todo era a mano", recordó.
En aquellos años tampoco existían las actuales casas para promeseros. Al llegar a Itatí, las familias se acomodaban como podían en pequeños refugios. "Nos amontonábamos todos por el patio, por ahí", expresó con una sonrisa.
El viaje incluía una parada en Rama Paso, donde cocinaban con olla sobre fuego a leña. Las carretas, con ruedas de madera y apenas una lona curva como techo, protegían poco de la lluvia o del frío. Aun así, nadie pensaba en suspender la marcha.
"Igual aguantamos", indicó. Y enseguida recordó una frase que escuchó toda la vida de boca de su madre: "La lluvia es la bendición de Dios".
Con el paso de los años dejó la carreta para caminar. Después de casarse, continuó la peregrinación junto a su esposo y a los hijos que formaron la familia. La tradición siguió su curso natural.
"Mi esposo era viudo... yo crié a todos esos hijos. Y también los hice peregrinos", contó con sencillez, como si transmitir esa costumbre hubiera sido tan importante como criar a una familia.
Hoy observa que el recorrido cambió. Hay caminos asfaltados, vehículos de apoyo y muchas más comodidades para los peregrinos, pero para ella el sentido profundo permanece intacto.
Cuando le preguntan qué sentía al llegar frente a la Virgen de Itatí, no necesitó elaborar demasiado la respuesta.
"Veníamos para eso especial pues. Todos los años".
Entonces, apareció una confesión que explica mucho más que cualquier descripción histórica. "Era mi única salida de acá".
Tal vez por eso, cuando piensa en los más jóvenes, no habla de sacrificios ni de nostalgias. Apenas deja un deseo, casi como una posta que espera ser recogida.
"Que aprendan esto también; a ver si aguantan. Ahora hay mucha comodidad", dijo.
En esas pocas palabras caben noventa años de camino, una vida entera de fe y la certeza de que algunas tradiciones sobreviven porque alguien, generación tras generación, decide seguir andando.