Mucho patrimonio, poco crecimiento
La Argentina parece ser más rica de lo que suele creerse. El problema es que esa riqueza está mal organizada.
Siempre tuve la obsesión de conocer cuál era el patrimonio real (no el potencial) de los argentinos, y porqué ese patrimonio no contribuía a mejorar el bienestar de nuestro pueblo.
A diferencia de otros países, nuestro país no publica cifras patrimoniales y de flujos de fondos, por lo que me vi obligado a realizar mi propia medición, la que por definición es imprecisa porque la información es incompleta. Las conclusiones son las siguientes.
La Argentina parece ser más rica de lo que suele creerse. El problema es que esa riqueza está mal organizada. Si se suman viviendas, campos, terrenos urbanos, locales, fábricas, empresas, depósitos, títulos, dólares y otros activos privados, y luego se restan las deudas, el patrimonio neto del sector privado rondaría los 3,6 billones de dólares, mas de 5 veces el producto bruto interno anual del país.
La cifra sorprende porque la Argentina no es hoy un país de altos ingresos. Pero patrimonio y producción no son lo mismo. El patrimonio es el stock acumulado de activos y deudas, mientras que el PBI es el flujo de bienes y servicios que se produce en un año. Un país puede tener mucho stock y producir poco si ese stock está inmovilizado, mal financiado o asignado a usos defensivos. Ese parece ser nuestro caso.
La composición del patrimonio que surge de esta medición ayuda a entenderlo. La mayor parte está en activos reales. Las viviendas explicarían alrededor de 1,3 billones de dólares. Los inmuebles comerciales e industriales, como oficinas, locales, galpones y plantas, suman algo más de 500.000 millones. La tierra rural vale cerca de 470.000 millones y la tierra urbana no incluida en los edificios, unos 300.000 millones.
En conjunto, tierra e inmuebles representan aproximadamente tres quintos de los activos privados. Una porción enorme de la riqueza argentina está inmovilizada en ladrillos y tierra. Sin embargo, las necesidades de vivienda son todavía enorme, lo que lleva a la conclusión que lo que es bajo es nuestro nivel de producción.
Después aparecen los activos externos: dólares físicos, cuentas, inversiones y otros bienes financieros fuera del sistema local. Aun con una estimación prudente, neta de duplicaciones y de activos ya regularizados, pero estimando el monto de lo no declarado, suman alrededor de 700 mil millones de dólares. No todo eso está bajo el colchón, pero una parte importante refleja la respuesta argentina frente a la inflación, las devaluaciones y los controles: ahorrar en moneda dura y, cuando se puede, fuera del riesgo local.
El resto está más vinculado con la producción, aunque en menor proporción: capital físico de empresas, maquinaria, equipos e infraestructura privada por unos 480.000 millones; empresas no cotizantes por unos 365.000 millones; activos financieros domésticos por unos 335.000 millones; y otros bienes por unos 180.000 millones. La deuda privada, en cambio, es relativamente baja: algo menos de 200.000 millones. Esto muestra una economía con mucho activo, poco crédito y baja profundidad financiera.
Comparado con el mundo, el número argentino de riqueza es alto. En muchos países desarrollados el patrimonio privado suele ubicarse entre cuatro y seis veces el PBI. En la Argentina está más cerca de seis veces.
Esa relación no significa que seamos más productivos que Alemania, Francia o Estados Unidos. Significa, más bien, que el denominador - el PBI - es chico respecto de los activos acumulados, y que una parte importante de esos activos no se transforma en inversión dinámica, empleo formal, exportaciones o innovación.
La comparación con España sirve para verlo. España también es un país donde el ladrillo pesa mucho en el patrimonio familiar. La diferencia es que allí hay más crédito hipotecario, mercados financieros más profundos, moneda estable y reglas más previsibles.
El inmueble cumple una función patrimonial, pero convive con ahorro financiero y empresas que acceden a capital. En la Argentina, el ladrillo muchas veces reemplaza al mercado de capitales, al sistema previsional, al crédito y hasta a la moneda: es vivienda, refugio, jubilación, caja de ahorro y seguro contra crisis.
Esa estructura explica parte de nuestro bajo crecimiento. Cuando un país ahorra mucho, pero invierte mal, el resultado no es desarrollo sino preservación defensiva. Comprar dólares protege al ahorrista, pero no construye rutas, fábricas ni tecnología. Comprar inmuebles conserva valor, pero no siempre aumenta productividad. Retener tierra o lotes a la espera de una revalorización puede ser lógico para el dueño, pero no necesariamente genera más empleo. Y si el crédito es caro o inexistente, aun los activos buenos quedan subutilizados.
El problema de fondo no es cultural. Los argentinos no nacen dolarizados ni enamorados del ladrillo. Aprendieron a protegerse. Décadas de inflación, cepos, cambios de reglas, impuestos distorsivos, tarifas atrasadas, saltos cambiarios, controles de precios y regulaciones imprevisibles empujaron el ahorro hacia activos que sobreviven a los gobiernos. La cartera patrimonial de los argentinos es un mapa de sus miedos.
La mala noticia es que tenemos una economía que convierte poco patrimonio en crecimiento. La buena es que el punto de partida no es la pobreza absoluta de activos, sino la mala asignación de una riqueza considerable. Si la estabilidad macroeconómica se consolida, si los precios relativos dejan de estar distorsionados, si baja la inflación, si aparece crédito largo y si las reglas se vuelven creíbles, una parte de ese patrimonio puede pasar a la producción.
La conclusión es simple: la Argentina no necesita solamente ahorrar más. Necesita que el ahorro que ya existe trabaje mejor. Menos dólares inmóviles, menos ladrillo usado como caja fuerte, más inversión productiva, más crédito, más empresas que crezcan y más reglas que premien producir en lugar de cubrirse. La riqueza está. Lo que falta es transformarla en crecimiento..w
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