El Mundial visto desde el más allá
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Las tres de la tarde hoy en Nueva York, cuando arranque la final de la Copa del Mundo, es el momento indicado para que por fin aterricen los extraterrestres y analicen la conducta de la especie dominante de planeta Tierra.
Gracias a su tecnología avanzada observarán que, salvo unas tribus perdidas en Amazonas, la casi totalidad de homo sapiens tendrá los ojos pegados religiosamente a un aparato primitivo llamado un televisor.
Su primera conclusión, o teoría, será la que propuso una vez un escritor llamado Geoff Dyer. Que el fútbol es un fenómeno cultural y deportivo tan absorbente que unos visitantes de otro galaxia podrían concluir, con toda lógica, que nuestro planeta adquirió su forma en deferencia a la pelota.
Seres impolutamente racionales, los recién llegados de una civilización superior haránen nanosegundos--un análisis de las reglas del deporte, y de todos los partidos disputados de la historia de los Mundiales, y se quedarán perplejos ante la frecuencia con que los resultados no corresponden ni con la lógica ni con la justicia.
El erroro el pecado--original es que a los árbitros se les otorgan poderes divinos pero son tan falibles como los demás de estas extrañas criaturas, los humanos, esclavos más de la pasión que de la razón. En vez de actuar juntos para el bien planetario se dividen en tribus, y no entienden mayor gloria o felicidad que derrotar a aquellos que lucen otras banderas.
La guerra es un constante de la humanidad. El fútbol, una metáfora de ello: más benigna que la guerra con balas pero emerge de los mismos sentimientos de odio al prójimo, fenómeno también conocido como nacionalismo. Una radiografía del actual Mundial ofrecerá a los extraterrestres más luz, empezando por la semifinal del miércoles pasado entre Inglaterra y Argentina, dos países que hace no mucho fueron a la guerra de verdad.
Aquel conflicto fue descrito por un humano inusualmente lúcido, Jorge Luis Borges, como dos calvos peléandose por un peine. La misma definición se podría atribuir a la mayoría de las carnicerías bélicas que se han organizado a lo largo de los siglos en el planeta azul. Pero en este caso el absurdo se llevó a extremos desconocidos.
Murieron unas mil personas gracias a la disputa entres dos países por unos trocitos inhóspitos de tierra en el medio de un oceáno cuyo valor para las dos partes no es más que fruto de la vanidad que rige el comportamiento humano. Que la proximidad geográfica, que la soberanía democrática: cuentos para dignificar su pequeñez mental.
Argentina perdió esa batalla pero, de infinitamente mayor importancia para sus ciudadanos, le ganó a Inglaterra en un partido de fútbol que se celebró cuatro años después. Esta variante de la guerra por otros medios se libró otra vez esta semana, volvió a ganar Argentina y volvieron los argentinos, y sus jugadores, a celebrar lo que los psicoanalistas porteños llamarían la imaginaria recuperación en el subconsciente colectivo del magro territorio malvinense.
En la final de hoy reaparece Argentina y su rival será España, la una vez madre patria colonial. Otra oportunidad para que los extraterrestres reflexionen sobre los hábitos de nuestra especie. La curiosidad de que tanto dependa de meter una pelotita entre tres palos se extenderá, más allá de Argentina y España, al mundo entero. Las cuatro mil y pico millones que verán el partido lo interpretarán como una batalla moral, como siempre con un partido de fútbol. Los míos son los buenos; los tuyos, los malos.
Un rápido repaso intercontinental les dirá a los analistas alienígenas que la gran mayoría de los telespectadores han elegido su tribu y querrán que España venza a Argentina.
Israel, eso sí, estará con Argentina por razones reconociblemente coherentes (el gobierno argentino aplaude las matanzas en Gaza); medio Bangladesh estará con Argentina por razones absolutamente inexplicables; y el gran árbitro planetario, Donald Trump, estará con Argentina también, como si fuera un hincha de Boca.
Por un lado, porque el rey naranja ama a su alma gemela en la Casa Rosada, Javier Milei, y apoya su reclamo por las Malvinas. Por otro, porque de todos los países del mundo, España es el que más aborrece. Rusia, China, Corea del Norte: ni una palabra en contra. Sobre España ha dicho en las últimas dos semanas que es un socio terrible y que los españoles son mala gente, sin remedio.
El resto del mundo irá con España en la final de hoy en parte porque el resto de mundo, o el 90 por ciento de él, considera que Trump es terrible, malo y sin remedio. El enemigo de mi enemigo es mi amigo. Y también, o la verdad que más, porque se ha creado la percepción durante las semanas de este Mundial, justificada o no, de que los jugadores argentinos son unos tramposos y de que la hinchada argentina ha usurpado el papel de la inglesa como la más desagradable que hay. Messi, la divinidad más idolatrada del planeta, ofrecerá un contrapeso a este prejuicio en contra, pero no tanto como para inclinar la balanza a favor de Argentina.
Este es el análisis de la situación a la que tendrán que haber llegado, con frialdad forense, los extraterrestres. Si gana España y Trump le tiene que entregar la copa a su capitán, sus computadoras registrarán impactos sísmicos como consecuencia de las carcajadas que darán la vuelta al mundo. Si gana Argentina, detectarán solemnes aplausos a su capitán, reconocido universalmente como tan responsable de las victorias de su equipo como Aquíles del suyo en la guerra de Troya, otro más de los baños de sangre a los que han conducido las pasiones humanas en los últimos diez mil años bajo el sol.
Lo más lógico, claro, sería que los extraterrestres no esperasen al silbato final. La comedia humana nos entretiene a nosotros pero para cualquier ser civilizado es para correr volando al más allá.
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