La pirámide de Menotti: por qué los futbolistas argentinos pasaron de no querer jugar en la Selección a amarla
Hasta los años setenta, no había proyectos en la Albiceleste.El Flaco fue clave, y su legado sigue vigente medio siglo después.El vínculo de los hinchas con el equipo, Scaloni y Messi.
Mucho tango, mucho rosarigasino, mucha bohemia porteña, pero para mí fueron los egipcios. Sí. Para mí, César Luis Menotti se inspiró en las Pirámides para construir el proyecto de Selecciones Nacionales que sigue vivo y coleando y está por jugar una nueva final del mundo. En el páramo que era el fútbol argentino en los 70, en la llanura de la inacción y de los errores continuos (intencionados o de burros nomás), los dirigentes habían destruido a la Selección.
Menotti se propuso rescatarla y devolverla al lugar desde donde pudiera ganarse el respeto y competir con posibilidades de éxito y sin temor a los papelones. Menotti puso en valor el fútbol argentino. Gracias a aquella propuesta de 1974, Scaloni liderará a los once que saldrán al campo del MetLife.
Fracaso en Suecia en 1958, paso sin pena ni gloria en Chile en 1962; un equipo armado de apuro por el Toto Lorenzo, pero vigilado por el interventor Valentín Suárez, combatió en Inglaterra 1966 hasta hacer ícono al capitán Antonio Rattin. No se logró clasificar a México 1970. En Alemania 1974 el equipo fue dirigido por un triunvirato y cada uno de los técnicos decía e indicaba cosas diferentes. No se podía seguir, sobre todo cuando la FIFA ratificó a Argentina como sede de 1978.
El Flaco había armado un gran equipo en 1973 y sacó campeón a Huracán. El presidente David Bracuto fue puesto al frente de la AFA al año siguiente. Y Bracuto propuso a Menotti como técnico. No hubo oposición. Más bien, no había interés en la Selección.
Se sabe, porque en los años anteriores hubo cientos de testimonios de futbolistas que no querían jugar con la Albiceleste. Algunos acusaban lesiones. Otros ponían excusas infantiles. Estaban convencidos de que la Selección los desprestigiaba y que, aunque el fútbol aún no estaba preso totalmente del negocio, también los desvalorizaba. Tierra arrasada. Y en esa nada, Menotti puso la primera piedra de la pirámide.
Exigió partidos internacionales ante rivales de primer nivel. Pidió (y consiguió) que se prohibiera la venta de futbolistas menores de 25 años al exterior. Armó varios planteles, incluso juveniles. Pidió (a veces con excesiva fuerza, lo que le valió enemistades de colegas y dirigentes) que los clubes le dieran los jugadores para hacer entrenamientos semanales.
Una locura
La Selección solo se juntaba para Sudamericanos y eventuales amistosos. No está de más recordar que el combinado nacional parecía un circo que transhumaba por la quinta de Ranto Salvatori, por Empleados de Comercio, por donde le prestaran un pedazo de tierra y pasto con dos arcos para poder entrenarse. Vale recordar que lo que los periodistas llaman el predio que la AFA posee en Ezeiza se construyó a partir del millón de dólares recaudados en el amistoso entre la Selección campeona y un Resto del Mundo, jugado en el Monumental un año después de la final del 78.
No es un dato menor
Al asumir funciones, Menotti quiso un elenco estable. Y fue a las provincias a buscar jugadores y a llevar a la Selección a ciudades y pueblos que solo habían visto la camiseta celeste y blanca en las páginas de El Gráfico. Recompuso la relación entre el hincha y el equipo.
Convenció (o les dobló el brazo) a los dirigentes, que concedieron casi todo lo que había pedido el técnico. Pero lo más importante fue convencer a los jugadores de que la Selección argentina podía (y debía) volver a estar en los primeros planos de la competencia mundial. Y programó giras europeas. Y la serie internacional del 77 en la Bombonera, donde terminó de delinear la base del equipo del 78.
Exigió compromiso a los futbolistas y bajó una idea madre que sostuvo en la victoria y en la derrota, tanto en los ocho años que estuvo en el equipo como cuando fue llamado por la AFA para respaldar al cuerpo técnico de Scaloni, recién nombrado. Cuando salgan por el túnel miren a las tribunas. Ahí están sus padres, sus hermanos, sus amigos del barrio... son su gente, ustedes tienen que jugar para ellos. Suena grandilocuente, hasta alguno pensará que fue demagógico. Pero es una verdad. ¿Para quién debe jugar un jugador si no es para su gente?
Ese discurso prendió y perduró con todos los entrenadores que lo sucedieron. Hasta hoy. Basta con escuchar a los chicos de Scaloni, basta con mirar la entrega de Messi a sus 39 años, basta con ver cómo dejan la piel y no se dan por vencidos nunca.
Esta final de Nueva Jersey existe porque hace muchos, muchos años Menotti pensó que la Selección valía la pena. Y existe porque quienes lo siguieron mantuvieron la idea madre, aunque sus equipos jugaran distinto.
Y entonces, ahí está la Scaloneta, otra vez subiendo los últimos metros de esa pirámide que imaginó un Flaco loco.
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