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Panorama hace 12 horas 14 min de lectura

Viaje al corazón de una fiesta inolvidable - Diario Panorama

El fervor por la selección expone el corrimiento de la política del festejo popular y la consolidación de las mujeres y los jóvenes como protagonistas.

Viaje al corazón de una fiesta inolvidable - Diario Panorama
Foto: Panorama

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El fervor por la selección expone el corrimiento de la política del festejo popular y la consolidación de las mujeres y los jóvenes como protagonistas.

La Argentina vive en un estado de festividad continuada desde que la selección nacional ganó el Mundial 2022 en Qatar, un clima que escaló el miércoles y que volverá a expresarse en las calles hoy y mañana, más allá del resultado de esta tarde en la final. Se trata del festejo popular más masivo y transversal que pueda experimentar el país, un ritual que representa la alegría desbordante por los logros deportivos, pero también una celebración que cataliza sufrimientos y frustraciones. Un regreso a una primitiva sensación de comunidad, donde todas las diferencias se diluyen por compartir una emoción desbordante. Demasiado simple; demasiado profundo.

En este escenario hay dos protagonistas: el equipo y la gente, enlazados por una conexión pasional que sólo fenómenos muy extraordinarios pueden lograr. No hay lugar en el medio para ningún tipo de intermediación institucional o política. Ni el Estado está invitado a esa fiesta interminable, a pesar de ser, supuestamente, el representante más legítimo de la voluntad popular.

Hay una secuencia que exhibe con nitidez cómo fue mutando ese juego de roles entre la selección, el Estado y la sociedad. Cuando la Argentina ganó el Mundial de 1986, Diego Maradona fue a ofrendarle la copa a Raúl Alfonsín a la Casa Rosada. Después el líder radical le cedió el balcón al equipo para que festejara con la gente y él se corrió. Hubo un reconocimiento a lo que representaba para la democracia la figura de Alfonsín. Todavía la institucionalidad tenía un valor.En 2022 los papeles habían cambiado tan bruscamente que la masa de gente que salió a las calles desplazó por completo al Estado, con el guiño de un equipo que quería mantenerse al margen de la utilización política que le proponía el gobierno de Alberto Fernández. Fue el día del regreso de la delegación y de los tironeos para decidir si iban o no a la Casa Rosada. Finalmente no hubo foto política, sólo las imágenes inolvidables de la multitud y la selección.

Nunca antes se había producido una escena de desprecio popular tan manifiesto como elegante contra el poder institucional. No era una revolución, una protesta masiva ni un piquete; era una señal de deslegitimación, de vacío, de desdén. El sociólogo Pablo Seman escribió entonces, junto con Ulises Ferro: La relación entre sociedad y estado cambió; no estamos en 1986. La política no pudo ofrecernos siquiera la fantasía de un lugar común. Ese lugar fue ocupado una sociedad autónoma, que construye su propia narrativa, y a la que las dirigencias invalidadas quieren ejercer un punguismo simbólico.

Quizás por eso, intuitivo, esta vez Javier Milei directamente ofreció de antemano desalojar la Casa Rosada para que los jugadores puedan salir al balcón a celebrar su gesta. Simbólicamente es una imagen muy fuerte: el Estado se retira de su oficina central al asumir que en estas circunstancias puede enturbiar la fiesta. Es una señal de saludable pragmatismo; también una admisión implícita de que las nociones de felicidad popular y política ya son incompatibles.

Fútbol 1, Política 0

Cuando se iniciaba el Mundial Jorge Giacobbe hizo una encuesta reveladora sobre la selección y sus implicancias políticas. Los resultados fueron muy nítidos: el 85,5% dijo que no habría beneficios para Milei si la Argentina salía campeón y el 93,4% respondió que de ninguna manera un triunfo del equipo de Lionel Scaloni cambiaría su voto.

Incluso hubo una pregunta más honda que también generó rechazo: ¿Creés que los argentinos deberíamos aprovechar el Mundial para estar más unidos políticamente?. El 71,5% dijo no, el Mundial no tiene nada que ver con la política. La sociedad distingue muy claramente las pasiones y las elecciones, para desterrar aquella vieja creencia de que un gobierno se favorece o se perjudica con un resultado deportivo. Alfonsín y Alberto Fernández pudieron verificarlo; ambos perdieron al año siguiente de la obtención de la copa.

En el trabajo hay una pregunta bisagra porque actúa como un indicador del ánimo social más profundo. Un 44,2% dijo que si pudiera elegir una opción para los próximos cuatro años prefería que la Argentina vuelva a ganar el Mundial a que la economía mejore, contra un 48,8% que dijo que prefería que la economía mejore, aunque a la selección le fuera mal. Es cierto, ganó la opción más racional, pero casi en situación de paridad con una expresión de nihilismo pasional de gente que expresa algo así como dame un instante de felicidad total y después vemos. Dice mucho de esa irracionalidad adictiva que se mueve alrededor de la pelota. De hecho, el 71,5% de los encuestados dijo antes de iniciarse el Mundial que la Argentina volvería a ser campeón. ¿Ilusión, cábala, fetichismo, convicción?

Los principales jugadores de la selección gozan de una popularidad que jamás un político, un empresario, un gremialista o un periodista podría igualar. Julián Álvarez araña el 93,2% de imagen positiva, Scaloni el 92,3%, Emiliano Martínez el 92,2% y Messi el 90,9%. Cualquiera de los dirigentes que hoy debe esforzarse por superar el 30% de aceptación debe mirar esos índices con envidia.

La selección también ha sido muy hábil para apartarse del universo político. Puede haber especulación, pero también mucho de intuición. Esos muchachos saben interpretar el sentir de una sociedad que conocen desde adentro. De hecho el episodio con la bandera de Malvinas después del partido con Inglaterra se transformó en la primera expresión pública desde que se inició la era Scaloni, a pesar de que durante años han recibido propuestas para distinto tipo de causas.

El sociólogo Pablo Alabarces, que hace años estudia el fútbol como fenómeno popular, subraya que la frase de Messi de esta semana sobre la gente que no llega a fin de mes, es la tercera vez en su historial en la que hizo referencia a una cuestión política. Las dos anteriores fueron en 2020, primero con un periodista catalán, cuando se limitó a decir que no entendía mucho de política, aunque intentaba leer sobre el tema; y otra a la revista Garganta Poderosa, en la que señaló que debería haber menos desigualdad social. Ninguna de las tres es una declaración de alguien que quiera sentar posición, más bien son señalamientos éticos.

Sin embargo, tanto la bandera de Malvinas como la frase de Messi sacudieron la prescindente comodidad del Gobierno. El conflicto por la soberanía de las islas es un tema espinoso para el discurso libertario, porque tuvo muchas ambigüedades sobre la relación con Gran Bretaña. Y la cuestión social marcada por Messi también forzó al Gobierno a mensajes contradictorios durante la semana, que terminaron con un comunicado oficial.

Milei siente una genuina admiración por el ídolo, que expresó muchas veces en público. Nadie dio cuenta de que haya habido un diálogo personal entre ellos, pero en el Gobierno aseguran que en los últimos días fue el propio Presidente quien se puso en contacto con el plantel, no con la AFA, para coordinar la logística de los próximos días. ¿Habrá hablado directamente con Messi? Hasta ahora, el único nexo reconocido entre el Gobierno y la AFA había sido Martín Menem, especialmente por el operativo de repatriación del gendarme Nahuel Gallo. Ahora se sumó también Diego Santilli y en particular su viceministro Gustavo Coria, quien tiene una larga relación con Claudio Tapia a través de su rol en la Ceamse.

La indicación que les bajó Milei a sus funcionarios fue hacer todo lo necesario para cumplir con los deseos de la selección y evitar cualquier gesto de politización. Nadie entiende mejor que Milei lo que es correrse de las conductas de la casta.

Hubo una reunión el viernes y hoy habrá otra para terminar de ajustar detalles del operativo festejo entre los equipos de seguridad de la Nacion y de la ciudad (con la provincia sólo hubo comunicaciones de la ministra Alejandra Monteoliva con su par bonaerense Javier Alonso). Los dos problemas más importantes hasta ahora fueron la tradición supersticiosa del plantel, que no quiere hablar del después hasta que termine el partido, y el enfrentamiento del Gobierno con la AFA, que impide un diálogo directo.

Quienes conversaron en estos días con Tapia lo notaron revitalizado y desafiante. Vive el Mundial como una suerte de revancha. Está exultante porque siente que la sigue peleando a pesar de todo, con un plantel que no había llegado al 100% y que va a jugar el octavo partido, que era su objetivo; y arrastrando una presión judicial muy fuerte, graficó uno de sus interlocutores. Por eso durante su estadía en Estados Unidos refrendó su alianza con el equipo. Está convencido de que el empresario Guillermo Toffoni, uno de los denunciantes de la AFA, conformó un triángulo con Milei y Santiago Caputo para desbancarlo y llevarlo a prisión. Para él, el éxito en el Mundial, sin importar el resultado de hoy, es la mejor protección que podría obtener.

Fútbol 1, Sociedad 2

Pero más allá de la despolitización del vínculo entre la selección y la gente, emerge una dimensión mucho más profunda de la fiesta del fútbol. Un reflejo de una nueva sociología, una noción renovada de nacionalismo; una nueva argentinidad, que se define a partir de la pasión como el principal rasgo identitario. Ser argentino hoy es ser intenso, desbordante, emocional, caótico, capaz de hacer cualquier cosa con tal de demostrar que puede sentir como nadie. Hace juego con la época, la era del caos que retrata Giuliano da Empoli.

También es el regocijo de la transgresión. Si hubo un vaso comunicante entre la gesta maradoniana de 1986 y la del último miércoles no sólo fue la victoria frente a los ingleses, sino también el orgullo de la infracción. Hace 40 años fue la mano del primer gol; ahora, la violación de la regla que impedía apelar a mensajes políticos en el campo de juego. Hay una satisfacción por demostrar superioridad futbolística, pero también la jactancia de la contravención.

En este sentido es muy interesante un apartado del trabajo de Giacobbe que primero pregunta por el mejor jugador de la historia. La respuesta favorece a Messi con el 73% contra el 22,8% de Diego Maradona. Pero después consulta: En cuanto a nuestros valores y forma de ser, ¿a quién nos parecemos más los argentinos?, y ahí el 57,4% eligió a Maradona y el 39,4% a Messi. Por eso la idolatría y la locura que genera Messi es respondida socialmente con un comportamiento maradoniano, cargado de transgresión, excesos y provocaciones.

Alabarces destaca algunas novedades en estas nuevas expresiones populares en torno del fútbol, en comparación con los festejos de los 80 o los 90. Una de ellas es que nadie parece querer quedarse afuera. Así como Jorge Luis Borges dio una conferencia en 1978 a la misma hora en que se inauguraba el Mundial, o Beatriz Sarlo militaba en contra del cierre de los museos durante los partidos, hoy no hay referentes sociales que se jacten de la prescindencia.

Pero hay otro fenómeno más reciente que es el protagonismo que adquirieron las mujeres y los jóvenes, las primeras porque estaban más alejadas del fútbol y las movilizaciones, y los segundos porque no tenían el papel preponderante que asumieron ahora. Hoy son parte vital de la escenografía popular.

Según un estudio del consultor Fernando Moiguer, el segmento joven es el que más encarna esa nueva argentinidad. El 80% dice estar muy orgulloso del país que tenemos (contra un 60% en la población total) y el 71% dice que prefiere vivir acá antes que en cualquier otro país del mundo (contra el 54% general).

Hay un nuevo fervor por lo argentino. En los 90 la Argentina era todo lo malo; todo lo lindo estaba afuera. Ahora eso cambió, especialmente por los jóvenes, ya que el adulto se identifica más con la protesta, la lógica del tachero. Pero ese fervor joven no es un amor por el himno, por Aurora y la escarapela. Es un amor por el mate, el Fernet, la amistad, la juntada. Es la gente y esa capacidad hermosa de ritualizar cualquier cosa y de buscar exportarla con orgullo. Y fundamentalmente la pasión, la desbordante pulsión por sentirse único en su fanatismo y reclamarle al mundo que los reconozcan por esa entrega inigualable.

Alabarces añade una dimensión más al análisis, que es trascendente. Otro de los cambios más notorios es el que tiene que ver con la relación entre el fútbol y la patria, las narrativas de la nación. Tradicionalmente, el relato nacional era un relato del Estado, y el fútbol era un complemento. Eso se modificó con la aparición de Maradona, que alteró el eje y de una manera figurada pasó a decir la patria soy yo. Era una patria popular y plebeya. Y la selección actual vuelve a cambiar un poco, porque Messi es un muchacho de clase media, parte de un equipo en el que son amigos entre ellos, y que no tiene la carga de la posdictadura ni el estigma de Villa Fiorito que arrastraba Maradona.

Pero lo que es fundamental en todo este recorrido es que esos virajes fueron validados por una sociedad que entendió que era parte fundamental de esa narrativa renovada, que retrata una patria gozosa, unida y compartida. Una utopía efímera como un Mundial, pero tan profunda como para transformarse en un rasgo de una nueva identidad en gestación.

La Argentina cambio mucho su composición social en las últimas décadas. Pero al mismo tiempo, también está mutando su esencia, lo que significa el ser argentino. Esa comunidad en transformación hoy volverá a lanzarse a las calles para repetir el ritual, más allá del resultado. Se merece lo mejor.

Panorama Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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