Con lo que nos trajo hasta acá
En un camino lleno de sacrificio, coraje deportivo y pasión, el seleccionado argentino se prepara para una final que trasciende lo futbolístico. La unidad y el liderazgo han sido claves en este recorrido.
En un camino lleno de sacrificio, coraje deportivo y pasión, el seleccionado argentino se prepara para una final que trasciende lo futbolístico. La unidad y el liderazgo han sido claves en este recorrido.
La historia y la emoción a flor de piel. Abrazo entre Lionel Messi y Lionel Scaloni.
Hay una forma de entender la vida que, a veces, se encarna en once camisetas albicelestes corriendo tras una pelota. No se trata solo de táctica, ni de pizarras, ni de los nombres que habitan el Olimpo del fútbol. Se trata de algo más profundo, algo que no se compra en ningún mercado de pases y que no se enseña en ninguna escuela de entrenadores. Es, lisa y llanamente, la voluntad de ser.
Es la actitud. Y en ese contexto, "con lo que nos trajo hasta acá" no es una frase hecha. Es una sentencia que nos define. Nos trajo hasta esta final el trabajo en equipo, esa extraña y hermosa arquitectura donde nadie es más grande que el conjunto.
Nos trajo la resiliencia, esa capacidad de pararse después de cada golpe, de mirar al abismo y sonreírle porque sabemos que el dolor es apenas un trámite, un peaje que hay que pagar para llegar a donde la gloria nos espera.
Porque, aceptémoslo, la gloria no es para los tibios. La gloria es una amante exigente que pide talento, sí, pero que sobre todas las cosas reclama fortaleza cuando las piernas pesan toneladas y el aire falta.
Cuando el reloj parece haberse congelado en un eterno minuto de sufrimiento, cuando las ganas de correr ya no alcanzan, ahí es donde sucede el milagro: aparece ese fuego sagrado, ese motor invisible que late en el pecho de quienes saben que no están jugando solo por un trofeo, sino por la memoria de quienes los alentaron desde la cuna.
Es una entrega absoluta, un vaciarse hasta la última gota de sudor, hasta quedar con el alma limpia y los pulmones ardiendo. Y es ahí, en ese sacrificio de no regalar ni un solo centímetro de césped, donde ocurre la magia. Es ahí donde se produce el contagio.
Ese pueblo que está del otro lado de la pantalla, o en la tribuna, o en el bar de la esquina, no alienta porque sí. Alienta porque se ve reflejado. El hincha sabe que ese jugador que se tira de cabeza en el barro es él mismo, es su vecino, es su padre, es su propia historia de lucha.
Bajo el liderazgo tranquilo y certero de nuestro astro, ese hombre que carga con el peso de los sueños de todos nosotros pero que, al final, es solo un pibe más queriendo abrazar la pelota, se ha forjado un grupo. Un grupo de jóvenes que no conocen el verbo rendirse, que tienen la mirada puesta en el horizonte y el corazón puesto en la camiseta.
La final está ante nosotros. El mundo se detiene y se enfoca en un campo de juego. El escenario está montado, las luces encendidas y el destino espera. No hace falta pedirles más de lo que ya nos han dado. Sabemos que, pase lo que pase, este equipo se va a vaciar. Van a dejar la vida en cada cruce, en cada pelota dividida, en cada respiro.
Argentina-Inglaterra. Todos sabíamos: era mucho más que un partido de fútbol.
Saldrán a jugar con el orgullo de saberse hijos de esta tierra, con la convicción de que el éxito no es solo ganar, sino haber tenido la valentía de entregarse por completo. Y por eso, pase lo que pase, ya ganamos.
Porque nos regalaron el privilegio de creer, de esperar, de sentir que, mientras haya un gramo de esperanza y un resto de fuego sagrado, el fútbol sigue siendo, por suerte, la excusa perfecta para ser felices.
Es solo un Mundial de Fútbol. Como dijo Lionel Scaloni, "es solo un partido de fútbol". Pero todos nosotros sabemos, que es mucho más que eso. Es el encuentro, es el abrazo, son las risas y las lágrimas. Es la historia y la emoción a flor de piel.
Son once guerreros corriendo detrás de una pelota defendiendo los colores de nuestra bandera. Con lo que nos trajo hasta acá. Vamos selección... ¡Vamos Argentina!
De las críticas a los aplausos (1)
Antes de la conquista de la Copa América 2021 y el Mundial 2022, Lionel Messi y Lionel Scaloni fueron cuestionados. El Diez -a pesar de ser considerado uno de los mejores futbolistas de la historia- recibía reproches por parte del público y del periodismo deportivo.
Decían que "no aparecía en los partidos difíciles" y que no jugaba de la misma forma que en el Barcelona. Tras el fracaso en Rusia 2018, el nombramiento de Scaloni al frente del seleccionado nacional generó una fuerte desaprobación.
Le achacaban su "falta de experiencia", al no haber dirigido a un club de Primera División. Un sector de la prensa y de la opinión pública argentina consideraba que el puesto le quedaba grande. Ciertos columnistas deportivos llegaron a afirmar que poner a Scaloni en el cargo significaba "una ofensa al fútbol argentino".
En síntesis: cuando los triunfos aparecen, las opiniones y el ánimo de la gente cambian radicalmente. ¡Los mismos hinchas y periodistas que en el pasado los criticaban, hoy los ovacionan!
Y ya que estamos opinando sobre fútbol, no puedo dejar de recordar que el periodista Diego Brancatelli supo manifestar que el arbitraje había beneficiado al equipo argentino ya en su partido ante Egipto. Sus comentarios en ese momento parecieron estar más cerca de una postura militante que de un análisis deportivo técnico.
Es conocida la abierta simpatía del conductor televisivo por el kirchnerismo, un espacio que ha mantenido una relación distante con el proceso actual del conjunto nacional liderado por Scaloni.
Al dejarse llevar por pasiones ajenas al deporte, sus interpretaciones pierden rigor analítico y la objetividad desaparece. Cuando el citado panelista afirma "de ninguna manera estoy en contra de la selección", cabe responderle: "No señor Brancatelli, usted miente. ¡No está a favor de la Albiceleste!" Buscar conspiraciones para desmerecer un triunfo en la cancha, eso no es hacer periodismo.
(1) Aporte del lector Hugo Modesto Izurdiaga para "Llegan Cartas".