Edgar Degas, el pintor que encontró la belleza en el cansancio de las bailarinas
Expuso junto a Monet y Renoir, pero rechazó la etiqueta de impresionista. En el aniversario de su nacimiento, la historia de un creador que halló en los ensayos, el esfuerzo y los rituales cotidianos una manera inédita de representar el movimiento.
Edgar Degas, el pintor que encontró la belleza en el cansancio de las bailarinas
Expuso junto a Monet y Renoir, pero rechazó la etiqueta de impresionista. En el aniversario de su nacimiento, la historia de un creador que halló en los ensayos, el esfuerzo y los rituales cotidianos una manera inédita de representar el movimiento.
Fragmento de "La clase de danza" de Degas. Foto: Museo Metropolitano de Arte
En septiembre de 1949, quedó inaugurada en el Museo Rosa Galisteo la muestra "De Manet a nuestros días", habilitada por Roger Monmayou, encargado de negocios de Francia. Hecho que quedó registrado por El Litoral el día 5 de aquel mes.
Fue precisamente Monmayou quien señaló que "esta exposición se propone, ante todo, presentar a la joven pintura francesa, la pintura de los pintores vivientes, ilustrada con un conjunto de cuadros de los maestros de quienes se reclaman".
Entre esos maestros, estaba Edgar Degas, quien nació un día como hoy, 19 de julio, de 1834. Cuya pintura, como señaló J. M. Sadurní: "tiene una virtud innegable: la de captar la vida real en unas escenas pobladas por personajes en movimiento".
Gallery of Art Washington Corcoran Collection
El impresionista que no quería serlo
Degas expuso en siete de las ocho muestras que organizó el grupo impresionista, pero nunca terminó de sentirse parte. Prefería definirse como pintor realista o naturalista, heredero de la veneración por el dibujo terminado que le había enseñado la obra de Ingres.
Mientras sus colegas salían al campo a perseguir la luz sobre el agua o los trigales, él se quedaba en la ciudad. El museo Thyssen-Bornemisza, una de las fuentes consultadas, señala que Degas "nunca estuvo interesado, como lo estuvieron los impresionistas, ni en la pintura de paisaje al aire libre ni en captar las condiciones atmosféricas cambiantes". Lo suyo era el cuerpo humano.
Sin embargo, compartía con el grupo la fascinación por la fotografía, todavía una técnica nueva, y los grabados japoneses que empezaban a circular por París. De ambas tomó la obsesión por captar el movimiento.
Museo de Orsay
Ese "pertenecer" y "no pertenecer" explica parte de su originalidad. Eliminó el encuadre tradicional y lo reemplazó por composiciones descentradas, como si el ojo (como una cámara) hubiera sorprendido la escena a mitad de camino.
El grabador inesperado
Hacia mediados de la década de 1870, Degas descubrió el monotipo: dibujar con tinta sobre una plancha metálica que luego pasaba por una prensa, produciendo una única impresión irrepetible. El hallazgo lo entusiasmó.
Según explica el MoMA, el pintor "amplió las posibilidades del dibujo, creó superficies con una mayor sensación táctil e inventó nuevos medios para nuevos temas", de las bailarinas en movimiento al resplandor de la electricidad, de las mujeres en sus habitaciones a los fenómenos atmosféricos.
Museo de Orsay
El monotipo se convirtió, además, en un punto de partida: Degas volvía sobre una misma imagen, la invertía, la reelaboraba, la repetía. Ese proceso, según señala la institución neoyorquina, lo llevó a la innovación permanente sobre un mismo motivo.
Un carácter difícil
Del hombre detrás del pincel se ha escrito menos. Miguel Calvo Santos lo retrata como "parisino de toda la vida, pudo dedicarse al arte con la ayuda del dinero familiar", con "un agudo ingenio, llegando a veces a rozar la crueldad".
Soltero hasta el final, conservador en política y opositor a cualquier reforma social, Degas cargó también con un antisemitismo que se agudizó durante el Caso Dreyfus, el episodio que partió al París de fin de siglo en dos bandos.
Museo Nacional de Bellas Artes
Las bailarinas y las búsquedas
Más allá de esa deriva, si hay un tema que identifica a Degas es el ballet. Su interés por los espectáculos de danza arrancó en 1870 y lo llevó a frecuentar el viejo edificio de la Ópera de París, en la calle Le Peletier.
Paola Melgarejo lo ilustra a partir de "Arlequin danse", una de las obras que conserva el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, donde el pintor no se detiene "en los detalles o en el acabado de las figuras, sino en la idea del movimiento, en unos cuerpos que se tensan y se aflojan al ritmo del baile".
Más que construir retratos individuales, utilizó a las bailarinas como un "laboratorio" para estudiar el movimiento, el equilibrio y los pequeños rituales de la vida cotidiana. Para lograrlo acercaba los planos, adoptaba un enfoque desde arriba y descentralizaba la composición.
Museo Nacional de Bellas Artes
El backstage y el "color" eléctrico
Hacia 1880, se volcó de lleno al pastel, una técnica que le permitió fundir el dibujo y el color con una fluidez que el óleo no le daba. Aplicaba el pastel en fuertes toques verticales, con una paleta deliberadamente antinaturalista que ponía en primer plano la superficie misma del color.
En esos mismos años, la amistad con músicos, coreógrafos y compositores, sumada a su condición de abonado, le abrió las puertas del backstage de la Ópera. Ahora podía registrar las aulas, los camarines, la sala de ensayo, el foyer.
A esa etapa final pertenece "Deux danseuses jaunes et roses", donde dos bailarinas aparecen sentadas en un banco después de la función, extenuadas, frotándose los tobillos, una acomodando casi por inercia el tutú de la otra.
Museo Thyssen Bornemizsa
Repetir para profundizar
Lo llamativo de esas últimas series es el método. Degas nunca produjo dos composiciones idénticas: siempre modificaba algún detalle, suprimía un gesto, alteraba un ángulo. La repetición, para él, no era rutina sino una forma de pregunta.
La mayoría de esas obras finales, de hecho, no se vendieron: las guardó archivadas en su propio taller, como si supiera que su valor estaba en la serie completa.
Repitiendo el mismo tema una y otra vez, mostró el reverso del mundo del espectáculo. Unas décadas después, su coterráneo Henri de Toulouse-Lautrectambién desmontaría la imagen idealizada del espectáculo, aunque desde el universo del cabaret parisino.
Museo Nacional de Bellas Artes
Hay en Degas mujeres trabajadoras que luchan para perfeccionar un oficio, que se desalientan, se cansan, y que únicamente de manera excepcional alcanzan el estrellato. Hay mucha verdad en eso, retazos de la vida misma.
Esa forma de mirar a las bailarinas, alejada de cualquier idealización, tiene plena vigencia. Dialogan, por caso, con propuestas posteriores no necesariamente ligadas a las artes plásticas, como "El cisne negro" de Darren Aronofsky, que también muestra ese "lado B". Más allá de sus claroscuros, Degas es un artista que todavía hace pensar.