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Provinciales
La Calle hace 10 horas 7 min de lectura

CASTELLI

CASTELLI
Foto: La Calle

Juan José Antonio Castelli nació en Buenos Aires el 19 de julio de 1764 y murió en su ciudad natal el 12 de octubre de 1812. A 262 años de su nacimiento vale la pena recordar a quien llegó a ser conocido como el orador de Mayo.

Limitar la trascendencia de su figura a la mera potencia retórica de las jornadas de 1810 sería un reduccionismo injusto y poco conducente. Castelli no fue únicamente un vocero de la Revolución: fue también uno de sus cuadros intelectuales más agudos, un hombre profundamente marcado por corrientes ilustradas y por la convicción de que la emancipación política exigía revisar las bases económicas, sociales y culturales del orden colonial. Volver a Castelli permite reencontrarse con una de las vertientes más intensas de la tradición de Mayo: la que vinculó soberanía popular, reforma institucional, ampliación de derechos y crítica al viejo régimen virreinal.

Hijo de Ángel Castelli y de María Josefa Villarino, se formó en el Real Colegio de San Carlos y completó estudios universitarios en Córdoba y en la Universidad de Charcas, donde obtuvo el título de abogado. Como otros hombres de su generación, fue permeable al clima intelectual de la Ilustración tardía: la circulación de Rousseau, Montesquieu, Voltaire y de corrientes del reformismo borbónico dejó huella en su pensamiento, aun cuando ese universo de lecturas conviviera con la cultura católica y jurídica del mundo hispano.

De regreso en Buenos Aires, Castelli integró el círculo de criollos ilustrados que discutían la crisis del orden colonial y las posibilidades de una transformación política en el Río de la Plata. Su parentesco y cercanía con Manuel Belgrano, así como su afinidad con Mariano Moreno, lo ubicaron entre los hombres más radicales del movimiento revolucionario.

Como la mayoría de los integrantes de la Primera Junta, perteneció a la masonería. En 1801 participó de la fundación de la Sociedad Patriótica, Literaria y Económica, nombre público de la Logia Independencia, en coincidencia con sus colaboraciones en El telégrafo Mercantil y el Seminario de Agricultura.

Castelli compartió con otros hombres de Mayo la crítica al monopolio comercial español y a las trabas del sistema colonial. Los unía la convicción de que el Río de la Plata debía liberarse de un régimen económico que subordinaba la vida local a los intereses de la metrópoli y de los comerciantes privilegiados de Cádiz.

Si bien podría ser exagerado decir que fue un doctrinario del libre comercio irrestricto en el sentido contemporáneo, formó parte de una corriente que veía en la apertura comercial un instrumento para quebrar la dependencia colonial, dinamizar la economía regional y ampliar los márgenes de autonomía política. Para los revolucionarios de 1810 la cuestión económica no era separable de la cuestión del poder. Castelli participó del clima reformista que, en los años finales del Virreinato, valoró la agricultura, la producción local y las llamadas ciencias útiles. La influencia de Belgrano y de la literatura económica de la época fue decisiva. La idea de que la prosperidad requería mejorar caminos, fomentar la producción y difundir conocimientos técnicos formaba parte del repertorio ilustrado que compartían varios miembros de la élite criolla.

Sería demasiado osado proyectar sobre Castelli un programa económico acabado en sentido contemporáneo. Pero puede afirmarse que concebía la revolución no solo como una sustitución de autoridades, sino como la apertura de una etapa de reformas que debía afectar la vida material de la sociedad.

Otro rasgo central fue su confianza en la educación como condición de una vida pública menos sometida al privilegio y la obediencia ciega. Su lenguaje político remite a una ciudadanía activa, capaz de comprender derechos, deberes y responsabilidades en un nuevo orden.

No podríamos decir con rigor que Castelli pensó la educación exactamente en los términos de la escuela pública laica del siglo XIX tardío. Sin embargo, se cuenta entre quienes cuestionaron la estrechez del sistema colonial y defendieron una enseñanza más útil y menos subordinada a jerarquías. En el Alto Perú impulsó medidas y proclamas orientadas a la educación de la población indígena y al reconocimiento de sus lenguas, aunque la aplicación práctica de esas iniciativas fue limitada y enfrentó resistencia local.

Cuando la invasión napoleónica a España abrió una crisis de legitimidad, Castelli fue uno de los hombres que con mayor claridad empujó la salida revolucionaria. En el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 defendió, con notoria solidez argumentativa, la doctrina de la retroversión de la soberanía al pueblo: si el rey estaba ausente y la autoridad metropolitana perdía fundamento, correspondía a los pueblos reasumir la soberanía y darse un nuevo gobierno. Esa doctrina fue una de las justificaciones utilizadas, aunque existieron otras interpretaciones y debates.

Ese papel le valió el lugar que ocupa en la historia de la Revolución. No fue un actor secundario ni un mero acompañante: fue uno de los articuladores políticos e intelectuales de Mayo.

Como vocal de la Primera Junta, Castelli Intervino en la represión de la contrarrevolución cordobesa, hizo cumplir la orden del fusilamiento de Liniers y luego fue enviado al Alto Perú como representante de la Junta ante el Ejército Auxiliar, con amplias facultades políticas y administrativas.

Allí desarrolló el aspecto más audaz de su programa. Impulsó medidas de fuerte contenido igualitario hacia la población indígena: cuestionó el tributo, la mita y otras formas de servidumbre; procuró ampliar derechos; promovió reformas administrativas y educativas; y buscó quebrar la alianza entre las élites locales y el orden colonial. La conocida proclama de Tiahuanaco del 25 de mayo de 1811 es el gesto más emblemático de esa política, al reivindicar la igualdad de los indígenas y denunciar siglos de opresión. Sin embargo, su alcance efectivo fue limitado por la resistencia de las élites locales y por las condiciones militares del momento. Ese fue, probablemente, el momento más netamente radical y disruptivo de la Revolución de Mayo en materia social, aunque conviene enmarcarlo como intento políticamente contestado y con resultados parcialísimos.

La derrota de Huaqui, en junio de 1811 frente a las fuerzas realistas cambió su suerte. El fracaso militar debilitó su posición y, en un escenario político cada vez más adverso para el sector morenista, Castelli quedó sometido a juicio por el Primer Triunvirato desde diciembre de 1811 y perdió apoyos. A esa caída pública se sumó una enfermedad devastadora: un cáncer de lengua que obligó a amputarle el órgano.

Murió antes de que su proceso concluyera. La frase que se le atribuye Si ves al futuro, dile que no venga escrita poco antes de morir, condensa la tragedia personal y política de un hombre que vio frustrarse buena parte del horizonte que había ayudado a abrir.

Recordar a Castelli no debería consistir en repetir una estampita escolar ni en convertirlo en portavoz exacto de debates contemporáneos. Su mundo no era el nuestro, y cargarlo con programas del siglo XXI no es demasiado conducente. Pero su figura sigue siendo útil para pensar la Revolución de Mayo como algo más que una mera sustitución de autoridades. En su trayectoria se cruzan la soberanía popular, la crítica del orden colonial, la vocación reformista, la voluntad de ampliar derechos y la intuición de que la emancipación política sería incompleta si no alteraba también jerarquías sociales y sistemas económicos injustos.

Recordar a Juan José Castelli no es un ejercicio de nostalgia estéril, sino que puede servirnos para recuperar como inspiración el sentido republicano, progresista y transformador de la Revolución de Mayo, que lo tuvo como su gran orador.

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