Los 10 ejemplos que deja esta Selección: más allá del fútbol, los pilares de un equipo que cambió una era
Lejos de los títulos y las victorias, el equipo de Lionel Scaloni construyó una identidad basada en el liderazgo, la humildad, la pasión y la fuerza del grupo.
La Scaloneta nos ha hecho muy felices en estos años con sus triunfos deportivos y con la ilusión que generó. Ahora, en la antesala de la definición, podemos reconocer también que no sólo nos proporcionó alegrías y emociones intensas sino que nos enseñó varias cosas. Estas son algunas de las lecciones que podemos extraer de las actuaciones de la Selección Nacional durante estos últimos años.
1. El liderazgo sereno como marca registrada
Los líderes de la Selección son, sin el menor lugar a dudas, Scaloni y Messi. Ambos evitan las grandes frases, los discursos vehementes, las palabras cargadas y los mensajes agresivos hacia los rivales. Lideran con el ejemplo y con la serenidad. Tratan de convencer a los que se suben a la aventura. Intentan contagiar conductas y hábitos; y aquellos que desentonan no parecen tener demasiada vida en el grupo.
En el partido de cuartos de final frente a Suiza se viralizó un video de una charla entre el director técnico y Leandro Paredes en un parate de hidratación. Scaloni escucha a su jugador, le pregunta para saber más y luego resuelve en función de la conversación. No es un líder inaccesible, que considera que sólo él tiene razón, ni se deja guiar por preconceptos.
El liderazgo de Messi es de índole diferente. Y es muy posible que sea también inédito, que nunca haya sucedido algo así. Los compañeros lo admiran y disfrutan jugar con él, le piden que continúe con ellos, pero no se paralizan ante su presencia. La inmensidad de su genio, de su leyenda, de su fama, no los hace empequeñecer ni dejar todo en los pies de su capitán. Están dispuestos a dar la vida por él.
Apenas terminó el partido con Egipto, algunos de sus compañeros lloraron de emoción cuando hablaron de él, lo mismo pasó con Licha Martínez luego de Inglaterra; Enzo que hizo el gol del empate y podía estar disfrutando de su momento de gloria (uno de ellos), prefirió llevarlo en andas frente a la multitud. El liderazgo de Messi, como el de toda súperestrella -y él es la más grande del deporte mundial- podría ser tóxico, excesivo, egoísta. Es todo lo contrario: virtuoso, genuino, afectuoso, enriquecedor.
2. La pasión como emblema
Es un grupo que no hace nada burocráticamente. Pueden ganar o perder. Pero siempre van a dejar todo dentro de la cancha, nunca se van a guardar algo. Alguna vez el resultado puede no ser positivo, pero nunca deben reprocharse nada, nunca dan ocasión a la queja. La entrega es total. No se trata sólo de sacrificio. Es pasión, ese fuego sagrado que pocos tienen, el impulso por dejar todo y encontrar un plus en las circunstancias más difíciles. De disfrutar lo que hacen. La virtud de no rendirse jamás. La de poner en el corazón en la cancha.
3. La valentía de reconocer errores
Tal vez los argentinos no nos demos cuenta porque ya estamos habituados a su tono de gringo santafecino, campechano, frontal. Pero las conferencias de prensa de Scaloni son una proeza comunicacional y una verdadera rareza dentro del fútbol. Los directores técnicos suelen estar a la defensiva, con un enojo constante frente a la prensa -muchas veces justificado-; utilizan un tono solemne y reconcentrado, en el que hablan de cifras, formaciones y en jerga. Parecen científicos que están hablando de teoría delas Cuerdas, Einsteins en jogging. Nada de eso pasa con las conversaciones del técnico argentino con la prensa. Es capaz de reírse, recordar viejas historias, reconocer errores y, por supuesto, emocionarse. Uno de los principales mensajes que emite -lo hizo tras la derrota frente Arabia que los dejó match point en contra en Qatar o en los momentos en que pasó holgadamente de fase- es que la derrota siempre es posible, uno de los tres resultados que permite el fútbol. Ni un drama ni algo prohibido. Por supuesto que trata de evitarla con todas sus fuerzas y con todas sus capacidades, pero sabe que siempre anda merodeando y que algunas veces llega aún sin que uno la merezca. Como también ocurre con la victoria.
Esta actitud- que no tiene nada de resignada- hace que la Scaloneta suela salir en busca de su destino. No espera a ver qué hace el rival: eso, por supuesto, no significa que no se fije en él y trate de contrarrestar sus virtudes, sus puntos fuertes. En la final de cuatro años atrás frente a Francia, sorprendió con la inclusión de Di María en lugar de Paredes. El mensaje: vamos a ir a buscar, no vamos a esperar que otro decida por nosotros.
Pasó en las Copas América y pasó en las fases de octavos de final en adelante de este Mundial. Cuando el equipo estuvo en problemas -varias veces- no se recostó sobre su arco ni descansó luego de alcanzar un empate por más que pudiera faltar poco tiempo. Arriesgó y llenó de hombres el área rival buscando llevarse la victoria. Así eliminó agónicamente a Cabo Verde, Egipto, Suiza e Inglaterra.
4. La resiliencia: recuperarse después del sufrimiento
Una perogrullada: no siempre el viento es a favor, no siempre las circunstancias se alinean, no siempre se hacen cómplices de nuestros deseos. En esos momentos, el equipo se dispone a atravesar el vendaval, no se descompone, sus integrantes se unen más. No hacen como si nada pasara. Tampoco se paralizan por el cambio de humor en el partido. Siguen buscando la manera de salir adelante pero acomodándose a la nueva realidad. Realidad que intentan con denuedo cambiar, volver a convertirla en favorable. Es un equipo que sabe sufrir, que sabe esperar, que sabe cambiar. Si uno repite cada vez las mismas conductas pocas veces va a obtener un resultado si la realidad se modifica. Es un equipo de ojos abiertos que sabe escuchar y ver lo que está sucediendo.
5. El permiso para la emoción
Scaloni contó que los jugadores lo bautizaron como La Llorona. Suele emocionarse en las conferencias de prensa, cuando tras un logro importante se abraza con un jugador, con un colaborador. Lo mismo pasa con los jugadores cuando recuerdan sus comienzos, los sacrificios de sus familias, los malos momentos que superaron.
Hasta Messi, el hombre de hielo en buena parte de sus carrera, se permite quebrarse. Lo hizo en los festejos de la Copa de Qatar cuando recibió la ovación en el Monumental, en la lesión de la final de la Copa América, tras la remontada frente a Egipto cuando acaso creyó que eran sus últimos minutos mundialistas.
El fútbol de elite está híperprofesionalizado. Hay métricas de todo. Nutricionistas que indican cuántos gramos comer de cada comida, médicos que dictaminan cuántos minutos más o menos debe descansar un jugador, gps que determinan el cansancio muscular y otras innovaciones tecnológicas que unos años atrás podían parecer fruto de la mente de un escritor de ciencia ficción. Aún así, en este fútbol cibernético, súper tecnificado, la Scaloneta saca ventaja en el factor emocional.
Es evidente que se quieren entre sí. Y ese es el plus secreto que tienen. Por amor uno siempre está dispuesto a hacer más cosas que por deber.
6. La habilidad saber rodear al mejor del mundo
El Messi pletórico, imparable, entre los 20 y 26 años, no pudo coronarse con la Selección. Tuvo que esperar a ser un veterano de más de 33 para que llegara el primer título (después encadenó el resto) con la Selección Mayor -muchas veces se olvidan el título del mundo juvenil y la medalla dorada en los Juegos Olímpicos. No se trató nada más de suerte, ni de una generación de jugadores más talentosa que la anterior. Al contrario.
Messi ya había jugado con grandes jugadores de otra generación en su primer Mundial -Crespo, Riquelme, Saviola, Ayala, Samuel, Aimar, Sorín- y en los siguientes tres con sus amigos, con los de su misma generación: Agüero, Tévez, Lavezzi, Higuaín, Gago y demás. Pero fue con la llegada de Scaloni y de un nuevo grupo que encontró el medio ideal para que su juego de la edad tardía -menos volcánico que en su juventud, igual de increíble y de excelso, mucho más sabio- brille de manera inefable y se volviera algo casi sin respuesta para los rivales. Aún al mejor de la historia se lo puede potenciar. Y este grupo lo consiguió.
7. El deseo de superación
¿Dónde se detiene un equipo? ¿Hasta qué momento da todo? La Scaloneta llega a su cuarta final consecutiva en un torneo largo. Dos Copas América y Dos Mundiales -más la Finalissima-.
Nunca es suficiente. Siempre pueden renovar el objetivo. Siempre se pueden esforzar y concentrar un poco más para no perder vigencia, para no dejar de ser. Es una ambición sana que tiene pocos antecedentes. El deseo imperecedero de dar un poco más, de conseguir algo más. De no darse por satisfecho con lo hecho. Lo conseguido es pasado y ellos piensan- casi como un milagro- en el siguiente partido, en la siguiente meta.
8. La humildad
Pongamos a Scaloni de ejemplo pero podría utilizarse a cualquier miembro del cuerpo técnico o a cualquier jugador. Tras el título del mundo que había esperado 36 años, podría haberse agrandado, podría haber cambiado la actitud humilde. La mayor tentación era, por ejemplo, fundar el Scalonismo. Una especie de escuela que fuera a integrar el panteón de campeones del mundo argentinos con el Menottismo y el Bilardismo. Pero Scaloni, hasta el momento, resistió el canto de las sirenas y no se convirtió en un personaje, en una caricatura de sí mismo.
El equipo argentino del Mundial 82 fue mucho más menottista que el del 78 y el del 90 mucho más bilardista que el de México. Y en ninguno de los dos casos se trató de una virtud. Ambos dejaron de ser equipos razonables y se convirtieron en rígidas vidrieras de las dos escuelas. Al de Menotti le hicieron cinco goles por tirar la ley del off-side -en el 78 sólo la habían tirado en la final frente Holanda en un par de ocasiones-; el de Bilardo fue ultra defensivo -y no sólo en el Mundial si no del 87 en adelante. Scaloni nunca resignó seguir leyendo la realidad, las nuevas circunstancias. Sus equipos, aunque con un estilo que busca ser protagonista y tener la posesión, son plásticos, tienen una elasticidad táctica para poder responder a las diferentes necesidades y a los problemas que plantean los rivales de distintas características.
9. El equipo como prioridad
- Lautaro Martínez puede ser el goleador del Calcio pero si le toca ir al banco lo acepta sin mala cara.
- Rodrigo de Paul puede perder la titularidad después de ser el que más minutos tuvo en todo el ciclo en el partido que todos quieren jugar y se mata cuando le toca entrar en el segundo tiempo.
- Otamendi es el subcapitán, es de los más experimentados y aporta con una intensidad impresionante cada vez que le toca ingresar para despejar centros.
- Julián Álvarez puede valer 150 millones de dólares y ser pretendido por todos los grandes de Europa pero no protesta si los tres primeros partidos ingresa desde el banco.
Cada vez que hay un gol o se concreta un triunfo, los suplentes -en especial aquellos que casi no disponen de posibilidades- son los más eufóricos, los más contentos. El mensaje del cuerpo técnico llegó y los jugadores lo entienden, lo respetan y lo ponen en práctica: nadie es más importante que el equipo.
Después de la semifinal del miércoles, Gary Lineker y otros jugadores discutían sobre el lugar del equipo en la historia. Alguien dijo que era uno de los mejores de los que habían participado en mundiales. Otro aclaró que no lo era por las individualidades, que había habido selecciones con jugadores más destacados y talentosos. Puede ser cierto. Y, eso, entonces, hace más meritorio todavía el paso de Argentina por estos últimos dos mundiales. El conjunto -la suma de sus jugadores y sus esfuerzos- es muy superior a los talentos aislados de sus miembros.
10. El peso de la excelencia
Scaloni suele decir que los jugadores están acostumbrados a la presión. Que desde muy chicos son mirados y reciben exigencias. Que desde que tenían 7 u 8 años eran los mejores en cada lugar en el que jugaban y se esperaba todo de ellos. Son atletas excepcionales.
Pero dejando de lado a Messi que es absolutamente incomparable- aun a los 39 años- el resto está a la altura de muchos otros jugadores que compitieron en el Mundial. La diferencia está en la disposición permanente, en la capacidad de agonía, de recuperarse, de saber que están ante una ocasión histórica, que representan a muchos otros, a millones, que no sólo juegan por ellos. Es probable que el verdadero talento sea eso: lograr desarrollar la mayor de las habilidades bajo presión.