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TN hace 10 horas 11 min de lectura

Un chico desaparecido, una madre obstinada y un sistema policial corrupto: el conmovedor caso Collins

El hecho ocurrió en Los Angeles en la década de 1920. Varias fueron las hipótesis de una investigación que se dio por cerrada con la internación compulsiva de la mamá de la víctima en un neuropsiaquiátrico. 70 años después, Clint Eastwood y Angelina

Un chico desaparecido, una madre obstinada y un sistema policial corrupto: el conmovedor caso Collins
Foto: TN

Walter no volvió

Christine Collins vivía con su hijo Walter, de nueve años, en una pequeña casa del barrio de Lincoln Heights, en Los Ángeles. Era empleada telefónica en la compañía Pacific Telephone & Telegraph y criaba sola al niño porque su marido estaba preso por un robo menor. El sábado 10 de marzo de 1928, Christine le dio unas monedas a su hijo para ir al cine del barrio y lo despidió en la puerta. Cuando cayó la tarde y llegó la hora en que debía regresar, Walter no volvió.

La desaparición fue denunciada esa misma noche en la comisaría local. La policía tomó el caso como menor extraviado, un tipo de expediente habitual en una ciudad que, a fines de los años veinte, crecía sin control y donde los niños perdidos eran un fenómeno frecuente. En los primeros días, las búsquedas se limitaron a los alrededores. No hubo rastros ni testigos fiables.

Los Ángeles vivía entonces una expansión demográfica intensa y un aumento de delitos comunes. El Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD) estaba dirigido por el jefe James E. Davis, cuya actuación era polémica por los escándalos de corrupción y los métodos autoritarios. La desaparición de un chico blanco de clase trabajadora se convirtió pronto en una cuestión pública. Los diarios locales, especialmente Los Angeles Times, se ocuparon de la historia. Christine insistía en que su hijo no era un fugitivo ni un delincuente juvenil, como insinuaban algunos policías, y exigió mantener la investigación abierta.

Durante los meses siguientes, la policía recibió cartas, llamadas y supuestas pistas que no condujeron a nada. Se revisaron hospicios, escuelas y pequeños circos itinerantes. Las noticias hablaban de secuestro, fuga o incluso tráfico infantil, pero ninguna hipótesis se sostuvo. La búsqueda se extendió más allá del estado, y en el verano de 1928 el caso fue conocido en todo el país.

Una aparición misteriosa

Cinco meses después, en agosto, un telegrama llegó desde Illinois. Un nene encontrado en la ciudad de DeKalb había dicho llamarse Walter Collins y haber sido secuestrado por un desconocido. La policía de Los Ángeles, ansiosa por resolver el caso, organizó el traslado del chico y anunció que el misterio de Walter Collins estaba cerrado. La llegada fue tratada como un acto público: los fotógrafos esperaban en la estación y el jefe Davis felicitaba a sus agentes.

Christine viajó para reencontrarse con su hijo, pero al verlo advirtió de inmediato que no era él. Lo dijo en voz baja a los oficiales presentes. Le respondieron que los meses de cautiverio podían haberlo cambiado, que el trauma explicaba su confusión. Ella aceptó, con dudas, llevar al nene a su casa por un tiempo de adaptación. Pasaron apenas unos días para que confirmara lo que intuía: el jovencito no era su hijo. Llamó a la Policía y pidió que se reanudara la búsqueda, pero el capitán James Joseph Jones, encargado del caso, la acusó de mentirosa y de obstaculizar el trabajo de la policía.

Lo que siguió no fue una rectificación sino un intento de silenciarla. Christine fue internada por la fuerza en el Los Angeles County Psychopathic Ward, bajo la figura de histeria materna. Permaneció allí cerca de una semana, hasta que el abogado Samuel Hahn logró su liberación. El episodio dejó al descubierto el modo en que la policía manipulaba los casos para sostener su reputación ante la prensa.

Una pista alternativa

Mientras, en otro punto de California, comenzaban a aparecer indicios de un caso distinto: un joven canadiense denunció asesinatos de chicos en un pequeño rancho avícola de Wineville, en el condado de Riverside. La conexión entre ambos casos surgió cuando el nombre de Walter Collins se vinculó con una de las víctimas de esos asesinatos.

Cuando Christine Collins fue internada en el pabellón psiquiátrico del condado, el caso ya era noticia nacional. Su negativa a aceptar al nene traído desde Illinois había sido presentada por la prensa -siguiendo los comunicados del propio Departamento de Policía- como un episodio de confusión materna. El jefe James Davis y el capitán Jones sostenían públicamente que la madre sufría una crisis nerviosa y que su negativa a reconocer a su hijo era una forma de negación. En realidad, se trataba de una estrategia institucional para cerrar un caso incómodo que generaba una ola de críticas contra la Policía.

Durante los días en que estuvo recluida, Christine fue examinada por médicos del hospital y sometida a entrevistas en las que insistía en su versión: el chico no era Walter. Mostraba certificados dentales y fotografías para probarlo. Los funcionarios ignoraron esa evidencia y mantuvieron el diagnóstico de trastorno temporal. Solo recuperó la libertad cuando el abogado Samuel Hahn, actuando por recomendación de un periodista de Los Angeles Times, presentó un recurso y exigió su liberación. Al salir, Christine dio una conferencia de prensa breve, sin dramatismos, donde simplemente repitió que el niño no era su hijo.

Pocos días después, la Policía se vio obligada a admitirlo. El propio chico, interrogado aparte, confesó llamarse Arthur J. Hutchens Jr., de doce años, originario de Iowa. Había huido de su casa después de la muerte de su madre y había aprovechado el parecido físico con Walter Collins para obtener transporte gratuito hacia California. Su plan era llegar a Hollywood y conocer a sus ídolos de cine.

La granja macabra

El escándalo fue inmediato. La liberación de Christine coincidió con la revelación de otro hecho paralelo que empezó a conectar con su historia. En septiembre de 1928, un adolescente canadiense llamado Sanford Clark, de quince años, llegó al consulado estadounidense en Calgary y denunció a su tío, Gordon Stewart Northcott, de diecinueve años, por una serie de asesinatos cometidos en su granja avícola de Wineville, un paraje rural. Dijo que durante los dos años en que había vivido allí, Northcott lo había obligado a participar en secuestros, abusos y asesinatos de nenes. Entre las víctimas mencionadas aparecía el nombre de Walter Collins.

Las autoridades canadienses informaron a la policía de California y el rancho fue allanado en noviembre de 1928. Northcott había huido hacia Columbia Británica con su madre, Sarah Louise Northcott. En el lugar se hallaron fragmentos óseos, herramientas ensangrentadas, prendas infantiles y huellas de excavaciones recientes. A medida que los análisis forenses avanzaban, los peritos concluyeron que al menos tres chicos habían sido asesinados allí.

La noticia cambió el sentido del caso. La desaparición de Walter Collins ya no se trataba de un nene perdido sino de una víctima de una red criminal. Los periodistas que habían seguido la historia comenzaron a reconstruir las conexiones. El mismo departamento de Policía que había internado a Christine para ocultar su error ahora debía reconocer que ella había tenido razón desde el principio.

Las detenciones y el juicio

El 19 de septiembre de 1928 en la localidad de Vernon, provincia de Columbia Británica (Canadá), fueron detenidos Northcott y su madre, y extraditados a California en diciembre. Los interrogatorios iniciales revelaron un patrón de violencia que coincidía con los testimonios del sobrino.

Northcott negó los homicidios pero se contradijo en fechas y descripciones. Sarah Louise, por su parte, firmó una declaración donde admitía haber matado a Walter Collins. El documento decía textualmente, según transcripción parcial publicada por el Los Angeles Times el 2 de enero de 1929: Yo lo maté porque no soportaba ver lo que Gordon estaba haciendo con él. Quise poner fin a su sufrimiento. Luego la mujer se retractó alegando coerción.

En enero de 1929, se anunció oficialmente la vinculación del caso Collins con los asesinatos del gallinero de Wineville. El falso Walter fue devuelto a Iowa, y el capitán de policías Jones fue suspendido. Christine, que hasta entonces había sido tratada como una mujer loca, se convirtió de pronto en testigo central y víctima de una maniobra institucional.

En febrero, comenzó el juicio. Sarah Louise Northcott fue sentenciada a prisión perpetua por el asesinado del chico Collins sobre la única base de su confesión luego retractada, y su hijo Gordon Stewart Northcott respondió por tres homicidios: los hermanos Lewis y Nelson Winslow, desaparecidos en Pomona, y un tercer niño no identificado. El caso de Walter Collins no se incluyó contra Gordon porque los restos hallados no bastaban para una identificación judicial.

El sobrino del acusado, Sanford Clark, declaró durante tres días, describiendo cómo su tío atraía a los chicos con promesas de trabajo o comida y los atacaba en el interior del gallinero. Northcott mantuvo su inocencia hasta el final, luego confesó parcialmente y volvió a negarlo. El 30 de diciembre el jurado lo declaró culpable y fue condenado a muerte.

El 2 de octubre de 1930, Northcott fue ejecutado en la prisión estatal de San Quentin. No hubo apelación final. La madre continuó presa hasta su liberación condicional en 1944. Después del proceso, la comunidad de Wineville solicitó cambiar su nombre por el de Mira Loma para borrar la asociación con los crímenes.

Christine Collins asistió a las audiencias y pidió entrevistarse con Northcott. La entrevista se realizó poco antes de la ejecución. Ella buscaba una confirmación definitiva sobre el destino de su hijo. Northcott se negó a darle una respuesta clara. Dijo que sabía lo que había pasado pero que no quería herirla. Esa negativa la dejó sin cierre judicial ni emocional.

El otro juicio

Después de la ejecución de Gordon, Christine Collins continuó su batalla, ya no por encontrar a su hijo sino por demostrar la responsabilidad del Estado en el maltrato que había sufrido durante la investigación. El caso judicial contra el Departamento de Policía de Los Ángeles comenzó en 1931, cuando presentó una demanda civil por detención ilegal y abuso de poder contra el jefe James E. Davis y el capitán J. J. Jones, el mismo que la había internado en el pabellón psiquiátrico en 1928.

Christine alegó que su reclusión no se debió a motivos médicos sino a una maniobra para cerrar un caso fallido. En la demanda, incluyó copias de la orden de internación firmada por Jones y declaraciones de médicos del County Psychopathic Ward que confirmaban que había sido ingresada sin examen previo. También incorporó recortes de prensa donde la Policía de Los Angeles afirmaba haber resuelto la desaparición de Walter Collins antes de verificar la identidad del niño traído de Illinois.

El veredicto del jurado le dio la razón a Christine: el tribunal determinó que el capitán Jones había abusado de su autoridad y ordenó una indemnización de 10.800 dólares, suma considerable para la época. El jefe Davis zafó por falta de pruebas directas. El pago de la indemnización nunca se concretó. Los archivos de la municipalidad de Los Ángeles registraron la orden, pero no existen comprobantes de desembolso. Christine nunca insistió en su ejecución: declaró que su objetivo era moral, no económico.

Durante casi ochenta años, el nombre de Christine Collins desapareció de la memoria pública. El interés resurgió a comienzos de los 2000 cuando el guionista Michael Straczynski, mientras investigaba causas policiales históricas, halló por azar las carpetas del caso en el archivo municipal. En esos documentos, encontró copias de los partes policiales, la orden de internación psiquiátrica, la demanda civil y recortes originales de prensa.

Con ese material, escribió un guion casi documental. El proyecto llegó a Clint Eastwood, que en 2007 decidió filmarlo sin alterar los nombres reales y con ambientación exacta en Los Ángeles y Riverside. La película, titulada Changeling (2008), se centró en el eje moral del caso: una madre que busca a su hijo y descubre la corrupción del sistema que debía protegerla. La actriz Angelina Jolie interpretó a Christine Collins.

Desde el punto de vista jurídico, el expediente Collins v. Jones (1931) fue uno de los primeros en Estados Unidos en los que una mujer sin apoyo político ni económico logró que un tribunal civil declarara abuso de autoridad policial.

TN Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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