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Perfil hace 12 horas 3 min de lectura

La vida no tan dulce

En este juego de espejos y alter egos participa también Ferrari.

La vida no tan dulce
Foto: Perfil

Si quieren leer un libro entretenido, les recomiendo Se acabó el recreo, de Dario Ferrari (Viareggio, 1982). Es una novela de cuatrocientas páginas que estimula al lector con sus vueltas argumentales y su destreza narrativa, pero también tiene el toque de distinción del best seller de calidad. Ferrari conoce los mundos en los que se mueven sus personajes: el de los inútiles de la pequeña burguesía provincial, el académico y el de la militancia política. Descrito en la contratapa como una mezcla entre la novela de campus, la novela de iniciación y la comedia, por una vez el blurb no exagera sino que se queda corto. Porque en el corazón del libro residen también una novela policial y una tragedia. Ferrari cuenta hábilmente una historia que transcurre en dos momentos históricos (los años setenta, la última década) y traza entre ellos un arco que describe la decadencia económica italiana, la evolución del capitalismo y la deriva de la insatisfacción de la clase media.

No es raro que un libro así, ingenioso, culto e informado, lleno de citas de escritores y filósofos, se venda como pan caliente y que gane premios de todo tipo. Acaso Ferrari sea demasiado astuto y condimente su relato con todo lo que sus lectores naturales (es decir, el midcult) le piden. Pero aunque la novela tiene de todo un poco, acaso demasiado como hoy obliga el mercado, tiene todavía un poco más, algo que trataré de identificar más abajo.

El protagonista de Se acabó el recreo se llama Marcello, como Mastroianni y como su personaje en La dolce vita. Es un treintañero ocioso, que entra en contacto con un mundo elitista cuando por casualidad le toca hacer un doctorado en la Universidad de Pisa sobre Tito Stella, un imaginario escritor de los setenta que participó en el terrorismo de izquierda y murió preso. Viareggino como Marcello (y como Ferrari), Tito comparte con él la indecisión, la inmadurez y la sensación de vacío frente a lo que la vida le ofrece. Manipulado por su jefe de cátedra, el todopoderoso profesor Sacrosanti, Marcello estudia la vida de un literato militante, manipulado a su vez por su jefe de célula cuya vida, obra y convicciones políticas profundas son un misterio. Por momentos, Marcello es una réplica tardía de Stella y los personajes de las novelas de Stella podrían ser iguales a Marcello. En este juego de espejos y alter egos, participa también Ferrari, cuya posición también resulta ambigua.

Ese plus que antes mencioné del libro de Ferrari tiene que ver con su capacidad para reivindicar y, al mismo tiempo, lamentar la lucha armada. Pero también la de ensalzar y repudiar las sórdidas intrigas de la vida académica. Todo aparece mezclado en esos argumentos sobre la religión, la injusticia social, la juventud incompleta, la búsqueda del amor, la importancia de la clase social. Esta ensalada de tópicos, de temas de discusión para parroquianos ilustrados del café, tiene un centro que acaso la salve de la banalidad disimulada por la abundancia de condimentos: Ferrari nunca pierde de vista que lo que está en juego es el poder. Aunque allí se podría decir lo que Godard dijo de las películas de guerra: toda novela sobre el poder es una novela a favor del poder.

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