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Infobae hace 12 horas 17 min de lectura

A medio siglo de la caída de Santucho: el enigma de cómo lo encontraron y el pacto de silencio de los dictadores sobre sus restos

Poco después del mediodía del 19 de julio de 1976 un grupo del Ejército irrumpió en un departamento de Villa Martelli donde mató al jefe máximo del PRT-ERP y a su segundo. También secuestró a dos mujeres y a un niño de dos años. Cincuenta años despué

A medio siglo de la caída de Santucho: el enigma de cómo lo encontraron y el pacto de silencio de los dictadores sobre sus restos
Foto: Infobae

Cuando se cumplen cincuenta años de la caída de Mario Roberto Santucho y de la máxima dirección histórica del Partido Revolucionario de los Trabajadores, la trama detrás de los hechos ocurridos el 19 de julio de 1976 en el departamento del cuarto piso de un edificio de Villa Martelli sigue siendo un enigma difícil de descifrar, un punto oscuro envuelto por una serie de hipótesis que no alcanzan para explicarlos y que, según se las mire, aparecen como complementarias o contradictorio. Tampoco se conoce el destino de los restos del líder del PRT-ERP y de sus compañeros, un siniestro secreto que los máximos responsables de la última dictadura y su mano de obra siempre se negaron a revelar.

El régimen instalado por la fuerza en la Argentina el 24 de marzo de 1976 se encaminaba a cumplir cuatro meses en el poder y la censura de prensa, abierta o encubierta, imponía un severo filtro a las noticias locales y desplegaba un velo oscuro sobre los secuestros, desapariciones y asesinatos del plan sistemático de represión ilegal. Ese mes de julio, sin embargo, había sido imposible ocultar dos masacres: la de cinco curas palotinos asesinados a sangre fría en la parroquia San Patricio del barrio porteño de Belgrano, el día 4, y la de once presos políticos fusilados en Palomitas, un paraje desierto de la provincia de Salta. La información oficial, como era costumbre, había disfrazado los hechos. Según los comunicados de prensa de los dictadores, a los curas los había matado una organización terrorista y los once presos habían muerto en un enfrentamiento cuando un grupo de subversivos había intentado rescatarlos durante un traslado. Nada de eso era verdad, sino que se trataba de noticias falsas destinadas a encubrir los crímenes que cometía el Estado terrorista.

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El lunes 19 de julio, las tapas de los diarios argentinos repasaban la jornada futbolera del domingo, con la victoria de Boca sobre San Lorenzo y el empate de River con Gimnasia y Esgrima de La Plata, y se destacaba la clasificación a las semifinales del remero Ricardo Ibarra en los Juegos Olímpicos de Montreal, que abría la posibilidad cierta de una medalla. Se anunciaba también que la nave espacial estadounidense Viking I ya estaba en la órbita de Marte, en cuya superficie se posaría al día siguiente, después de recorrer 350 millones de kilómetros, un verdadero hito de la conquista espacial.

Corrían las últimas horas de la tarde de ese lunes cuando una noticia más bien un rumor convenientemente filtrado desde alguna dependencia oficial - comenzó a ser reproducido en los informativos de algunas radios. Decía que esa tarde, el Ejército había encontrado y abatido a Mario Roberto Santucho y otros miembros de la cúpula del PRT-ERP en un departamento ubicado en el conurbano bonaerense. Al día siguiente, la información seguía siendo confusa y plagada de condicionales: Habrían abatido a Santucho y a su segundo, tituló Clarín. La bajada combinaba una confirmación y una posibilidad no confirmada: El capitán Juan Carlos Leonetti murió en un enfrentamiento con delincuentes subversivos. La agencia Noticias Argentinas informo que en los hechos habrían sido abatidos el jefe extremista Mario Roberto Santucho y su lugarteniente. Este último, a quien no se nombraba, era Benito Jorge Urteaga.

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La noticia era impactante. Para la dictadura, Santucho no sólo era un hombre sino un símbolo. Era el nombre que encarnaba el Ejército Revolucionario del Pueblo, una de las dos organizaciones guerrilleras de mayor desarrollo en el país. El ERP había seguido actuando militarmente luego de la recuperación de la democracia, en 1973, exclusivamente contra las Fuerzas Armadas, pero para diciembre de 1975 ya había sido militarmente derrotado, luego del fracasado intento de copamiento del Batallón 601 de Monte Chingolo. Sin embargo, la existencia misma de Santucho, su liderazgo, no sólo era el motor más fuerte para la supervivencia del golpeado PRT-ERP sino una espada simbólica que cuestionaba la fortaleza del régimen.

Venezuela 3149, Villa Martelli

Se han hecho muchas posibles reconstrucciones de lo ocurrido esa tarde en el departamento de Villa Martelli. Entre ellas hay algunas discrepancias, pero coinciden en lo fundamental: que el grupo del Ejército que llegó al departamento estaba integrado por cuatro hombres, que Mario Roberto Santucho murió en el tiroteo, que a Benito Urteaga segundo en la jerarquía del PRT - lo sacaron del edificio moribundo o ya muerto, y que se llevaron ilesos a Ana María Lanzilloto, a Liliana Delfino y un niño de dos años. Lo que 49 años después sigue siendo un enigma es cómo el grupo dirigido por el capitán de Inteligencia Juan Carlos Leonetti el hombre al que el Ejército le había dado la misión de capturar o matar a Santucho llegó hasta allí.

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Lo que se sabe es que a la una y media de la tarde del lunes 19 de julio de 1976 alguien llamó a la puerta del departamento B del cuarto piso del edificio de Venezuela 3149, en Villa Martelli. Una mujer entreabrió la puerta y vio cómo una bota se metía para evitar que volviera a cerrarla, un instante antes de que un fuerte empujón desde afuera la abriera del todo y empezara el infierno. En el departamento había dos hombres, dos mujeres una de ellas embarazada de 6 meses y un niño de dos años; los que irrumpieron fueron cuatro hombres con armas largas y cortas. Hubo fuego de uno y otro lado, mientras una de las mujeres se arrojaba al piso y protegía al niño con su propio cuerpo.

Según los testimonios de los vecinos, el tiroteo fue breve: duró apenas unos segundos o, quizás, poco más de un minuto hasta que se apagó. En el piso del departamento quedaron tres hombres tendidos: el capitán Juan Carlos Leonetti, jefe de los atacantes, muerto de un balazo; Benito Urteaga, segundo en la estructura del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y capitán del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) que posiblemente todavía agonizaba; el tercero, Mario Roberto Santucho, el enemigo número uno de la dictadura.

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Cuando se apagó el sonido de los disparos, se escucharon gritos y golpes. Los tres atacantes que quedaron ilesos oficiales cuyos nombres el Ejército nunca reveló redujeron a las dos mujeres. Liliana Delfino, la mujer de Santucho, y Ana María Lanzilloto, que estaba embarazada y era la pareja de otro integrante del Buró Político del PRT, Domingo Menna, que había sido capturado pocas horas antes en la calle cuando se dirigía a una cita. Hoy siguen desaparecidas y lo único que se sabe de ellas es que se las vio en el Centro Clandestino de Detención que el Ejército tenía en Campo de Mayo. El niño es José Urteaga, hijo de Benito y Nélida Pola Augier, la responsable de contrainteligencia del PRT-ERP.

El día anterior

Arnold Kremer más conocido por su nombre de guerra, Luis Mattini -, uno de los pocos integrantes de aquella dirección del PRT que sobrevivió a la represión de la dictadura, sostuvo siempre que 24 horas antes nada permitía sospechar que el departamento B del cuarto piso del edificio de Venezuela 3149, en Villa Martelli, estuviera bajo vigilancia y, mucho menos que corriera el riesgo de ser blanco de un grupo de tareas. El domingo 18 de julio, Mario Roberto Santucho y otros dirigentes del PRT-ERP jugaron al fútbol en un potrero pegado al edificio, muy cerca de la Avenida General Paz. Estaban Santucho, Urteaga, Menna y Mattini en lo que prácticamente era una despedida antes de un viaje clave.

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Dos días después, el martes 20, el máximo líder de la guerrilla marxista leninista, saldría de Ezeiza con un pasaporte falso para iniciar una larga combinación de vuelos que tendría como destino final La Habana. Pero el lunes, antes de partir tenía una reunión importante con el líder de Montoneros, Mario Firmenich, para tratar de concretar la idea de una organización conjunta del ERP, Montoneros y las Brigadas Rojas de la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO), para unir fuerzas en la resistencia a la dictadura. Por sugerencia de Firmenich, se llamaría Organización para la Liberación de Argentina (OLA).

El ya fallecido Kremer lo relató así: Al día siguiente de la reunión de constitución de la OLA, Santucho saldría para La Habana. Ya le habían hecho algunos retoques para enmascarar su rostro, enrulado un tanto el pelo y con algún matizador que suavizaba su tono renegrido. En Cuba establecería un plan de actividades que abarcaba todo el globo terrestre, principalmente estrechando vínculos con el campo socialista y el tercer mundo. La misión fundamental era conseguir entrenamiento a nivel de oficiales para un centenar de cuadros del PRT-ERP.

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Aquel domingo no hubo ninguna señal de alarma. Ese día transcurría entre reunión formal del buró político y charlas informales entre amigos. Una picada, algunos brindis, recomendaciones y más recomendaciones de Roby, contó. También recordó que había pocas armas en el lugar: En la casa no había guardia y no más armas que una pistola Browning de alza y mira especial, que los cubanos le habían regalado a Roby, las Browning comunes, que utilizábamos cada uno para autodefensa, y un pesado Magnum, orgullo del Gringo Menna, que manejaba a dos manos, agregó.

Hubo un cambio de planes y el lunes Santucho no salió de la casa como estaba previsto porque la reunión con Firmenich no pudo realizarse. Fernando Gertel, secretario del líder del PRT, fue a la cita previa con el delegado de los Montoneros y no apareció nadie. Eso tampoco alarmó: en los tiempos que corrían, eran cosas que solían suceder. Quien sí salió del departamento de Villa Martelli fue Domingo Menna. Tenía que cubrir algunas citas y retirar un nebulizador de una farmacia. Esa era la situación a la una y media de la tarde, cuando llegó el grupo de tareas del Ejército. Eran solo cuatro militares, muy pocos si se tiene en cuenta que en el departamento estaba el hombre considerado como el enemigo número uno de la dictadura. Eso ha hecho pensar que no sabían que Mario Roberto Santucho estaba ahí.

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La hipótesis de la traición

Después de la caída de Santucho y sus compañeros, una de las primeras hipótesis que se manejó en el nivel más alto del PRT suponía la existencia de un infiltrado en la conducción. Se supuso que el departamento pudo haber sido entregado al ejército por algún miembro de la dirección partidaria. Para desestimar esa posibilidad, quienes quedaron al frente del PRT -con Luis Mattini como secretario general, tras las muertes de Santucho y Urteaga y la captura de Menna- decidieron frenar la investigación interna porque hacía crecer la desconfianza entre los propios militantes. Para el PRT, la existencia de un traidor en los altos niveles de la organización era imposible.

La investigación estuvo a cargo de uno de los mejores cuadros de contrainteligencia del PRT, Nélida Pola Augier, que estaba convencida de que el partido había sido infiltrado en el máximo nivel y así se lo hizo saber a Mattini. Pola interrogó a una serie de dirigentes del partido y fue descartándolos uno por uno hasta que en su lista quedó un solo nombre, el de Julio Oropel, El Negro, miembro del Comité Ejecutivo de la organización. Oropel había trabajado como obrero en la Fiat y había sido detenido con su pareja y compañera de militancia en Córdoba en 1974. Pese a que se lo tenía identificado como un alto dirigente del PRT, en 1975 se le dio la opción de salir del país, mientras que su mujer una militante de menor nivel que él quedó encarcelada. El Negro volvió al país de manera clandestina y, pese que nunca habían quedado claras las razones por las cuales lo habían liberado, recibió mayores responsabilidades dentro del partido.

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En su libro Los Jardines del Cielo, Augier cuenta cómo la dirección del PRT le ordenó dejar la investigación: El sospechoso, señalado por la contrainteligencia como posible delator del Comandante (Santucho), reunió a miembros de la dirección y los convenció de que era mejor dejar de lado las investigaciones que podrían involucrar a cualquiera. Sobraban argumentos para sostener esto: las circunstancias por las que atravesaba la organización; el aparato no estaba integrado por profesionales formados en técnicas de inteligencia y contrainteligencia, sólo militantes de confianza y la responsable de la investigación vivía una etapa que podía dificultar su objetividad. Paula (nota del cronista: así se nombra a sí misma Augier en el libro) se entrevistó con el nuevo secretario general (Mattini) y éste le indicó que debían suspender la investigación. Según él, el partido no estaba en condiciones. Nunca esperó que Mattini entendiera la esencia de su trabajo, especialmente porque nunca supo, salvo de segunda o tercera mano, lo que ellos hacían, escribió. Es su único testimonio sobre el tema: radicada en Nicaragua, la ya fallecida Augier nunca quiso hablar del tema.

Un montonero delator

Otra teoría apunta a una filtración de información desde Montoneros sobre el paradero de Santucho. Se basa en el encuentro programado para ese 19 de julio con Mario Firmenich para conformar la OLA. La segunda hipótesis que se barajó en aquel momento es que Montoneros hubiera dado información que permitiera llegar hasta ese departamento. También es una posibilidad remota. La relación entre las dos organizaciones era muy buena, les explicó hace algunos años a Eduardo Anguita y el autor de esta nota Mario Antonio Santucho, hijo del líder del PRT.

El militante encargado de hacer el enlace por el lado de Montoneros era un asistente del número dos de la organización peronista, Roberto Perdía. Este hombre fue secuestrado dos semanas antes del 19 de julio. A lo largo de los años, Perdía se contradijo cuando se le preguntaba sobre este hecho; en 1992, entrevistado por María Seoane para su libro biográfico de Santucho Todo o nada, dijo no haberse enterado del secuestro, pero en 2013 aseguró que trataron de dar aviso del secuestro por canales indirectos pero que no llegaron a destino. En una charla que mantuvo hace dos años con el autor de esta nota, Perdía le confirmó esta segunda versión.

Por el lado del PRT-ERP, el responsable de hacer el enlace era Fernando Gertel, y la sospecha es que a través de la cita con Montoneros los servicios de Inteligencia hubieran podido acceder a la cúpula del PRT. En ese sentido, aunque Santucho tenía una confianza plena en Gertel, no era imposible que lo hubieran seguido a partir de la cita a la que nadie concurrió. Santucho hijo descartó esa posibilidad porque carecía de lógica y es cronológicamente imposible. Gertel fue capturado el mismo 19 de julio en la localidad de Santos Lugares, en el Gran Buenos Aires. Una investigación posterior, encarada por Diana Cruces, compañera de Gertel, pudo determinar que su secuestro ocurrió a las tres de la tarde, es decir, dos horas después de la irrupción del capitán Leonetti y sus hombres en el departamento de Villa Martelli. Imposible que el dato viniera de él.

El descuido de Menna

La tercera hipótesis es la que se considera más probable, aunque tampoco se pudo confirmar de manera fehaciente. Domingo Menna tercero en la conducción - había alquilado un nebulizador en una farmacia. La boleta de ese nebulizador estaba en uno de sus bolsillos y se supone que los militares, tras capturar a Menna en la calle la mañana del 19 de julio, fueron a la farmacia para averiguar la dirección que había dejado para el alquiler del aparato: Venezuela 3149, Cuarto Piso B.

El secuestro de Domingo Menna que fue visto después en el centro clandestino de detención y tortura de Campo de Mayo habría sido resultado de una delación. Mi tío Julio Santucho recibió una carta de puño y letra de Eduardo Merbilháa, miembro del buró político del PRT, donde están los indicios ciertos de que a Menna lo entregó un ex militante del PRT, capturado por el Ejército un tiempo antes y que negoció entregarlo a cambio de que no mataran a su mujer y sus hijos, les contó Mario Antonio Santucho a Eduardo Anguita y el autor de esta nota en aquella entrevista.

Merbilháa conocido en el PRT por su nombre de guerra, Alberto Vega - se salvó de ser también capturado por una cuestión de horas. Ese lunes 19 de julio llegó a media tarde al edificio donde estaban los máximos dirigentes de la organización. Había ido con Alicia, su compañera, en un auto que dejaron sobre la calle Venezuela. Allí se detuvo a conversar con el grupo de muchachos con quienes el día anterior habían compartido el partido de fútbol. Alicia, en cambio, fue al interior del edificio. Una vecina le dijo: ¿Se enteró de los ruidos de disparos en el cuarto piso? En simultáneo, los muchachos ponían sobre aviso a Merbilháa. La pareja volvió raudamente al vehículo en el que habían llegado y no encontraron los típicos retenes de contención que se montaban en los alrededores de un allanamiento.

La carta de Merbilháa data de octubre de 1976, Merbilháa envió esa carta en octubre de 1976, apenas unos pocos días antes de que un grupo de tareas diera con él y lo capturara. Desde entonces está desaparecido. El militante que habría entregado a Menna a cambio de salvar la vida de su familia era un médico que formaba parte de un desprendimiento de esa organización ocurrida a principios de 1973.

Lo más extraño de todo es que, luego de obtener en la farmacia los datos del departamento de Villa Martelli, el capitán Leonetti no haya informado a sus superiores y decidido actuar por su cuenta y riesgo. Quizás buscó quedarse con el mérito de la captura o tal vez no sabía que encontraría allí al líder del PRT-ERP. Eso explicaría por qué fue un operativo de pocos hombres y no se montaron retenes en los alrededores del departamento.

El pacto de silencio

A medio siglo de los hechos, sigue sin saberse donde están los restos de Mario Roberto Santucho, Benito Urteaga, Alba Lanzilloto de Menna y Liliana Delfino. El hijo de Alba Lanzilloto y Domingo Menna, nacido en el campo de concentración de Campo de Mayo, es el nieto recuperado 121. Vivió 40 años sin conocer su verdadera identidad.

En la charla que mantuvo con Eduardo Anguita y este cronista, Mario Antonio Santucho, el hijo menor del líder del PRT-ERP, se refirió así a ese secreto que los responsables de la dictadura se negaron sistemáticamente a revelar: El pacto de silencio sigue siendo tan hermético que aún no sabemos cómo llegaron los militares al lugar, tampoco dónde están los cuerpos. Y los únicos que pueden aclarar qué pasó ese día son quienes participaron del operativo, directa o indirectamente. Quizás incluso haya papeles escondidos que sirvan para reconstruir lo sucedido. Es increíble que después de tanto tiempo sigan sin poder decir la verdad, dijo.

Las caídas en un mismo día de Mario Roberto Santucho, Benito Urtega y Domingo Menna, los tres máximos dirigentes de la organización, fue un golpe del cual el PRT-ERP nunca pudo recuperarse. Un año más tarde, su estructura era casi inexistente.

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Infobae Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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