Un minuto de silencio: dónde y cómo nació la señal de luto y respeto para honrar a los muertos
Hay distintas versiones sobre el origen del ritual que muestra un silencioso respeto hacia quienes ya no están; lo cierto es que fue en el siglo XX y que su duración era más prolongada
Los rituales humanos, especialmente los colectivos, se realizan muchas veces de modo sistemático. Se repite una ceremonia que ya está inmersa en la tradición de una sociedad, pero son pocas las veces en las que uno se pregunta de dónde o cómo fue que se originó determinado rito.
Es lo que ocurre, por caso, con la costumbre de hacer un minuto de silencio para expresar luto por una muerte. Todos conocen ese acto y lo comparten, pero muy poca gente sabe de dónde viene.
Ese gesto de respeto hacia los que ya no están tiene poco más de 100 años de existencia. Y como ocurre en estos casos, la historia de su origen cuenta con más de una versión.
En Lisboa, diez minutos de silencio
En realidad, el primer período de silencio en honor de un muerto no fue de un minuto, sino de diez. Ocurrió el 13 de febrero de 1912, en Europa. Para mayor precisión, fue en la cámara de senadores de Lisboa, la capital de Portugal. En esa jornada, uno de los legisladores propuso una demostración de duelo y reconocimiento por un diplomático brasileño que había fallecido tres días antes.
El funcionario sudamericano era José María da Silva Paranhos, barón de Río Branco, ministro de Relaciones Exteriores de Brasil. Los portugueses lo tenían en muy alta estima porque, desde su cargo había hecho mucho porque se reconociera internacionalmente la República Portuguesa, surgida en 1910.
En el diario de sesiones de esa jornada puede leerse lo que dijo el senador que tuvo la idea de homenajear al brasileño: Propongo que la sesión se interrumpa durante diez minutos y que los señores senadores permanezcan en sus escaños y en silencio durante ese espacio de tiempo.
Así, entre las 14.45 y las 14.55 de ese día, en la Cámara de Senadores del parlamento portugués no se escuchó ni el zumbido de una mosca. El barón de Río Branco había recibido una muestra de respeto profunda y completamente inédita.
Muere el hijo del alcalde
Si bien el de Lisboa es el registro más antiguo del silencio organizado para recordar u homenajear a alguien que murió, no deja de ser un acto que se produjo en un grupo pequeño de personas.
En términos masivos, esta ceremonia tiene una fecha de inicio unos años después, en Sudáfrica. Sucedió en abril de 1918, en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. En ese conflicto bélico, y a causa de un ataque con armas químicas, falleció Reginald Hands, capitán del Regimiento Real de Artillería Sudafricano en el frente occidental europeo.
El joven militar muerto era, además, jugador de rugby y cricket en su país y era hijo de Sir Harry Hands, quien era entonces alcalde de Ciudad del Cabo.
Cuenta la historia que este funcionario recibió el telegrama donde se informaba el triste final de su hijo y, como es lógico, se sumió en una profunda angustia.
Tres minutos de silencio en Ciudad del Cabo
Sir Harry Hands, en medio de su dolor, se vio sobresaltado por el estruendo de un cañonazo. Era el disparo rutinario con el que, por una antigua tradición local, se anunciaba que ya era mediodía en la ciudad.
Ante el impacto, el alcalde reflexionó sobre la necesidad de hacer silencio, y no ruido, para poder rememorar con introspección a quienes ya no estaban entre los vivos. De este modo, decidió extender ese reflexivo mutismo a toda Ciudad del Cabo.
Con el apoyo del concejal Robert Brydon, que también había perdido un hijo en la guerra, el intendente propuso que los habitantes de la ciudad permanecieran durante tres minutos sin hablar ni hacer ruido.
El silencioso homenaje se produjo finalmente el 13 de mayo de 1918 y comenzó exactamente después del mencionado cañonazo del mediodía.
En el periódico Cape Times, en una carta a la población, Sir Hands había solicitado que durante el tiempo estipulado los tranvías y demás vehículos detuvieran su marcha, que los peatones dejaran de caminar y que los comerciantes pararan sus actividades, lo mismo que empleadores y empleados.
Y todo se cumplió tal como lo pidió el mandatario.
Una versión más
Pero existe otra versión más del comienzo de esta ceremonia. Una que podría, incluso, ser una historia complementaria ya que también está vinculada con la Primera Guerra Mundial.
Como el protagonista es un periodista y soldado de Australia, este relato es canónico en ese país. De hecho, los medios australianos lo refieren como el único origen posible.
El minuto de silencio es atribuido así a Edward George Honey, nacido en 1885, hijo de una familia acaudalada, que, luego de dedicarse a recorrer el mundo, se recibió de periodista en Nueva Zelanda a comienzos del siglo XX.
Este joven estuvo también en la Primera Guerra, pero le dieron de baja por problemas físicos. A partir de allí, se quedó trabajando en Gran Bretaña. El joven estaba en Londres cuando, el 11 de noviembre de 1918, los medios anunciaron el final de la contienda bélica mundial.
La noticia del armisticio que terminaba con la tragedia de la guerra provocó el alborozo de la población londinense, que festejó ruidosamente ese final.
Cinco minutos de silencio
Pero Honey no se sumó a los festejos. Se quedó más bien reflexionando en los estragos que había causado el conflicto, en la cantidad de muertos, mutilados y familias destrozadas que habían quedado como resultado de tantos años de luchas.
Entonces, el periodista no se quedó con los brazos cruzados y, bajo el seudónimo de Warren Foster, envió una carta que se publicó en el London Evening News.
En la misiva, el muchacho se refería a la necesidad de recordar de otra manera a los que perdieron su vida en el campo de batalla.
¿No podríamos dedicar un fragmento de estas horas de paz a rendir un silencioso homenaje a estos valientes caídos? decía su carta. Individualmente, ¡sí! Muchos de nosotros sabemos que lo haremos por nuestros seres queridos, por el amigo que nunca volverá. ¿Pero a nivel nacional? Les pido cinco minutos, solo cinco minutos. Cinco minutos de silencio en recuerdo nacional. Una intercesión muy sagrada.
De cinco a dos minutos
En un primer momento, la carta del periodista pareció caer en un cono de indiferencia. Pero pronto eso cambiaría. Al parecer, fue un político y escritor sudafricano, Sir James Percy FitzPatrick quien recogió la idea de la carta y se la envió a un amigo suyo que era miembro del gabinete británico.
Esto fue el 4 de octubre de 1919. Poco tiempo después, la carta de Honey llegó a manos del rey de Inglaterra Jorge V. La prédica del periodista australiano le pareció muy aceptable al monarca, y así, decidió aplicar la ceremonia.
Pero hubo un pequeño cambio respecto de su duración. Cuando Jorge V decidió hacer la práctica del silencio en el Palacio de Buckingham, descubrió que cinco minutos era demasiado tiempo. Pensó que a las mujeres mayores de la nación quizás les resultaba muy dificultoso permanecer de pie todo ese tiempo. Entonces, decidió bajar los minutos a dos.
El 7 de noviembre de 1919, el monarca emitió un decreto que decía: Es mi deseo y mi esperanza que, a la hora en que entre en vigor el armisticio, a las 11 de la mañana del día 11 del mes 11, se produzca durante un breve lapso de dos minutos una suspensión completa de todas nuestras actividades normales.
Durante ese tiempo -continuaba la norma-, salvo en los raros casos en los que esto resulte impracticable, deberá cesar todo trabajo, todo sonido y toda actividad, para que, en perfecta quietud, los pensamientos de todos puedan concentrarse en el recuerdo reverente de los Gloriosos Muertos.
Silencio en todo el Imperio Británico
Las crónicas de entonces señalaban que el ritual del silencio se cumplió en todo el Imperio Británico aquel día para recordar a los caídos de la Primera Guerra Mundial.
Los dos minutos de silencio se repitieron el siguiente 11 de noviembre y el que vino después, hasta que la ceremonia se convirtió en parte de la rutina de los británicos. Y desde allí se extendió a otros países y a otras circunstancias.
En algún momento del siglo XX disminuyó la duración del homenaje. Los dos minutos se transformaron en uno.
Hoy, la ceremonia del minuto de silencio se practica en entidades oficiales y privadas, en lugares multitudinarios o recintos íntimos, en conmemoración de un muerto ilustre o para duelar por tragedias con muchas víctimas fatales.
El rito, ya arraigado en cientos de comunidades alrededor del mundo, posiciona a el silencio como homenaje. Como un medio para reflexionar sobre lo inevitable de la muerte y lo efímero de la vida. Y como una forma también, para vencer el olvido.