El valor simbólico de un simple partido de fútbol
Desde hace unos días ocurren hechos inéditos cuya índole pone patas para arriba varios estereotipados supuestos. Una histórica reivindicación territorial que arrastra el antecedente de una guerra cruel con un país de la OTAN, ha cobrado una fuerza inusitada y de alcance internacional a partir del resultado de un partido de fútbol. Tan increíble como esto. La performance de nuestro equipo representativo ha producido un impacto en el pueblo argentino y sus lejanos alrededores. Se conjugan varios factores para que tal conmoción esté aconteciendo.
En primer lugar, la pasión que este deporte despierta en la alicaída alma de los argentinos, una ciudadanía que habla fútbol no bien abre la boca. Desde no me dio bola hasta la clavó en el ángulo y desde tocá a un costado hasta le pegó en el palo, el fobal está incrustado en la lengua argentina, más allá de que el eventual emisor de la frase poco le importe la práctica del balón pie.
En segundo término, el recuerdo del triunfo en la última edición del certamen, cuando nada menos que cinco millones de argentinos homenajearon en las calles a los jugadores, estimuló la enorme expectativa por el logro bicampeonato que hoy puede hacerse realidad.
Hasta aquí lo que sería en principio-factores reducidos al ámbito futbolístico. Pero he aquí que la naturaleza simbólica que distingue al ser humano desborda lo que el diccionario pretende encerrar en meras definiciones. Inglaterra es un país. Argentina es un país. Inglaterra-Argentina es un mundo de significaciones que toca las fibras más íntimas de nuestra historia. Desde las invasiones inglesas hasta el préstamo de la Baring Brothers y desde las Islas Malvinas hasta Diego Maradona.
¿Qué tiene que ver una guerra espantosa con un gol rayano en la obra de arte? Metáfora mediante, lo mismo que depositar una flor donde yace un ser querido o reescribir una historia que se pretendía concluida. El gol de Maradona se sigue gritando porque el reclamo de Malvinas es parte constitutiva de nuestra subjetividad. Y el maravilloso triunfo de Lionel y su equipo hizo estallar aquella hazaña del Diego forjada cuarenta años atrás.
Lo que sucedió en Atlanta el miércoles pasado superó toda imaginación posible. Ganarle a Inglaterra de esa manera, a fuerza de talento, coraje y nobleza es la caricia más amorosa que este pueblo en derrape hacia la miseria podía recibir. Un gesto que rescata nuestra dignidad como nación. Allí donde pese a la abominable prohibición de banderas por Malvinas un grupo de jugadores muestra el amor por su país. Un vínculo hoy objetado por políticas que atentan contra nuestra soberanía y nuestra gente. Que pretenden regalar una y dejar morir a la otra.
Y resulta que allí, cuando el amplio abanico de la representatividad política transita por el ominoso desfiladero de la vergüenza, el fútbol sale a decir: un momento, aquí estamos.
El episodio del jueves pasado en el Senado de la Nación es una prueba irrefutable de que la única libertad posible es la que hace justicia al valor simbólico de los actos humanos. Allí donde habita la diferencia que la IA manipulada por las ultraderechas- pretende aplastar. Sancionar una ley infame tras la bandera por Malvinas desplegada por la Selección no era posible.
Hay algo vivo aún. No han logrado hacer que nos odiemos totalmente. ¿Podemos ser amigos de nosotros mismos? ¿Hay aún algún resto para la buena fe, para la confianza? ¿Para cuidarnos de tal manera que el conflicto inherente a la convivencia transite por vías civilizadas?
Mañana es el Día del Amigo. El recuerdo de nuestros jugadores por los pibes de Malvinas y las palabras de Lionel Messi sobre las penurias económicas de nuestros ciudadanos es el mejor homenaje para la filía (amistad), esa condición que Aristóteles privilegió como clave para la polis. Más allá del resultado de hoy, que el arte de nuestra Selección alimente el deseo de Justicia en nuestro país.
*Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.