Juan Minujín, el actor que se reinventa a cada paso: La ficción es donde nos contamos a nosotros mismos
Es el elegido por Guillermo Francella y Adrián Suar para acompañarlos en la primera película que filman juntos. En esta charla con Teleshow, habla sobre el papel que lo devuelve a la comedia, las inseguridades que transita antes de encarar un nuevo p
Quizás por transitar papeles y géneros de los más diversos en su carrera, Juan Minujín es de esos actores con sello propio. Su estampa se vuelve inconfundible, aún caracterizado como el desbordado tercer hermano de Guillermo Francella y Adrián Suar en Un funeral y medio, la esperada primera película en la que actúan juntos. Un hombre que no parece enfocado en tiempo ni en espacio, es interpretado por un actor con los pies sobre la tierra, con un horizonte claro y un sinfín de recursos para la comedia y el drama. Esa cruza de histrionismo e introspección que le permite ir de la exageración desbordante de su caracterización de Guillermo Coppola a convivir con las contradicciones internas del fotógrafo de Carlos Menem o a engrandecer y emocionar esas historias en apariencia mínimas como las de El suplente, Adulto o Los domingos, solo por mencionar algunos de sus trabajos más recientes.
Esta antojadiza selección de grandes éxitos sirve para presentar a uno de los actores más importantes de su generación. El nuevo proyecto lo tiene como el elegido por Francella y Luis Scalella, los productores de Un funeral y medio, para que le dé vida a un personaje en el que puede relucir todos sus recursos. La dirección de Ariel Winograd, el mismo de Menem y Coppola, le agrega la química necesaria de aquellos que se conocen con una mirada. El contexto pone en valor el hecho de filmar una película en todas sus dimensiones, incluida una experiencia casi en extinción como ver una película en el cine, algo que le duele y combate a su manera.
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Juan recibe a Teleshow en un descanso del rodaje, en la habitación de una casona de San Isidro que hace las veces de camarín. Hace un rato apenas que terminó su trabajo y el cansancio no le impide entregarse a una charla que refleja su actualidad. Los nervios que definen su concepción del oficio, los proyectos que lo encuentran entusiasmado y orgulloso y la proyección internacional que explora casi sin darse cuenta. Y, sobre todo, ser el tercer hombre entre Guillermo Francella y Adrián Suar, dos actores a los que admira: A mí me gusta mucho la comedia, y ellos son dos maestros, dice Minujín, con la satisfacción de quien vuelve a trabajar con dos referentes y con la seguridad de saber que cuenta con herramientas para estar a la altura.
Guillermo me dijo recién que pensó en vos cuando ese papel estaba vacante. ¿Cómo te preparaste para encararlo?
Nos juntamos a ensayar un par de veces con Wino, porque es un personaje que requiere mucha improvisación, y después charlé con Guillermo por teléfono. Con Adrián había trabajado más, con Guillermo también, pero en algo más chiquito, hace mucho. Y son dos comediantes que me gustan mucho, tienen estilos muy distintos; como opuestos y a la vez son graciosísimos los dos. Guillermo además también es productor, con lo cual su rol desde ese lugar también es interesante. Y cuando llegó el día empecé como siempre, muy nervioso e inseguro, explorando, probando, pero rápidamente entramos en el juego.
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Llama la atención que sientas nervios e inseguridades con este camino ya recorrido y una carrera en permanente ascenso. ¿Te pasa con cada proyecto nuevo o la magnitud de la película era lo que te generaba esta situación?
Me pasan las dos cosas. Siempre empiezo un poco inseguro los proyectos porque siento que el camino se va iluminando mientras lo recorrés. Los primeros días realmente no sé muy bien, más allá de que ensayo mucho, hasta que no empezás a vibrar con el resto de los actores y a calibrar dónde está el tono de actuación de los otros. Me pone nervioso y eso ya es parte de mí.
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Tenés un costado muy marcado con la comedia, aunque fuiste profundizando también tu faceta más dramática. ¿Qué le aportás a este personaje en comparación con experiencias anteriores?
El personaje es muy divertido, muy grato. No es alguien que esté haciendo algo incorrecto absolutamente, sino que está en la escena equivocada todo el tiempo. Tiene que estar tranquilo dando un pésame y está totalmente detonado. Tiene un proceso: primero no sabe qué le pasa, está extrañado; después sabe qué le pasa y está atormentado porque no quiere estar así; y después suelta y ya está en el placer de la droga.
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Ahí se deja llevar, en un contexto donde debería actuar de otra manera.
Ese contraste ya de por sí es gracioso. Y es muy divertido trabajar con Wino. Es muy lúdico, te libera mucho, jugamos, probamos. Yo tengo mucha confianza con él, entonces me libero totalmente, hago cualquier cosa y después confío mucho en su mirada y en qué va a recoger de eso y cómo lo va a contar.
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Van construyendo el personaje entre los dos.
Sí, en la marcha, con mucha libertad y complicidad. Si yo no tuviera esa confianza, diría: Esto no lo hago porque quizás está demasiado expuesto. Pero con Wino es un placer.
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Hablando de Winograd, están muy frescos dos trabajos con él. En uno interpretaste a un personaje real como Guillermo Coppola y en otro a alguien inspirado en un personaje real, como Olegario Salas, el fotógrafo de Menem. ¿Cómo fue la construcción en este caso?
Acá había una pequeña referencia, pero tratamos de hacerlo propio. La circunstancia es muy singular y marca mucho el camino. Más allá de sus particularidades, lo vemos sobrio muy poco y enseguida ya está en otro planeta. A mí me gusta mucho explorar, y busqué videos de gente filmada totalmente drogada. Después también hay una idea de que el tipo de pronto es como un bebé grande. Y allí cosas muy arbitrarias e intuitivas: hago una determinada mueca, a Wino le gusta y la trabajamos. En este caso era abrir la compuerta del imaginario y jugar, explorar, con todos los fracasos que eso implica. En este proceso aparece de todo: cosas divertidas, interesantes, y otras que no lo son, pero siempre con mucha libertad. Tanto Guillermo como Adrián son muy generosos: Probá esto, probá aquello. Fue un personaje muy lindo para hacer.
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Coppola, Los domingos y la expansión internacional
La felicidad se le nota en el rostro y en el entusiasmo, que se imponen por sobre el cansancio de una jornada agotadora de rodaje. Y si el presente lo tiene así de enfocado, el futuro es todavía más alentador con el inminente estreno de la segunda temporada de Coppola, donde siguen los pasos del representante por sitios como Buenos Aires, Montevideo, Punta del Este y Nápoles. Es como un viaje en el que abarcamos 40 años en la vida de nuestro Coppola, que no necesariamente es exactamente Guillermo, advierte.
Cómo te llevás con las repercusiones que se generan alrededor de la serie? Esos escándalos de hace 30 o 40 años que de golpe vuelven al centro de la discusión.
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Es obvio que va a tener rebotes, porque además Guillermo es un personaje muy mediático, muy metido en la farándula desde hace décadas. Yo me llevo bien, no opino mucho. La serie está hecha siempre desde un lugar de amor y de divertimento, y en todo caso el que queda expuesto es Coppola, no nosotros. Ese es el espíritu de la serie. Y está ficcionalizada, por respeto, pero más para divertirnos, porque a veces en la ficción es mejor forzar algo para reírnos más, hacerlo más dramático. Y en la vida de Coppola, muchas veces la realidad supera a la ficción.
¿Con el personaje de Menem te pasó lo mismo? Ese fotógrafo al que todos googleamos a ver si efectivamente había existido.
Olegario Salas está inspirado. Tuve muchas entrevistas con quien fue 40 años el fotógrafo presidencial, pero en este caso es un personaje totalmente inventado. Creo que en un sentido tanto Coppola como Menem, son historias de amor. La de Coppola es claramente una historia de amor con Maradona, de acercamiento y alejamiento, de amor y odio, de padecer al amante. Y Menem también: mi personaje es un tipo que arranca en lo opuesto, radical, antiperonista, con muchos prejuicios hacia él, y Menem lo va envolviendo, encantando, seduciendo, y él queda completamente muerto con Menem, hasta que tiene un desencanto muy fuerte. Con Wino siempre pensamos los personajes desde el amor y también desde el dolor: qué le duele a esos personajes, qué lugares tienen muy vulnerables. El amor está en ese lugar.
¿Cómo te agarra esta filmación en términos de expansión internacional? Te fue muy bien con Los domingos.
Estoy muy contento porque puedo contar que Los domingos se estrena en salas en Argentina, creo que a fines de julio. Es una linda noticia. Es una película que me dio un montón, y tuvo una repercusión mucho mayor de lo que me esperaba, nominada a los Goya, a los Platino. Es mi primera experiencia en una producción cien por ciento española; fue muy placentero y estoy muy conmovido por toda la repercusión. Me encanta trabajar acá y me gusta mucho trabajar afuera también. Son experiencias muy distintas.
¿Es algo que fuiste a buscar o apareció?
Apareció. Ya había hecho un par de películas en España, pero más chiquitas, coproducciones. La verdad que surgió porque conocí a la directora Alauda Ruiz de Azúa en un festival en California, y en algún momento se les ocurrió que el personaje podía ser argentino y que podía ser yo. Pero sí es algo que busco, no en el sentido de ir a España, sino porque me gusta explorar cómo piensan las ficciones y la producción en otros lugares.
¿Te acostumbraste a la vida de festivales? El star system, la alfombra roja, los flashes...
Me pone nervioso, la verdad. Me siento más cómodo y más protegido en un set haciendo el trabajo, aunque esté doce horas haciendo un personaje. Pensar la ropa, el look, todo eso me pone más nervioso. Pero los festivales son interesantes porque es uno de los puntos donde intercambiás experiencias con colegas y además ves películas que acá son difíciles de ver.
¿Hay algún trabajo que sentís que te hizo despegar?
A nivel artístico y expresivo, un montón de experiencias y giros. En cuanto a lo popular y lo expuesto, en un punto le debo mucho a Adrián. Yo venía haciendo teatro y cine muy independientes y la película Dos más dos fue la primera que hice más industrial. A partir de ahí, Adrián me llamó para hacer muchas cosas en la tele, en la época de Polka. Siempre estoy muy agradecido con él, porque me llamó para hacer algo que tenía que ver con lo que yo hacía, con mi instrumento, con mi expresión. Eso me ayudó, porque yo venía con prejuicios de la televisión.
¿El famoso prejuicio del teatro respecto a la tele?
Sí, por una formación muy distinta. En mi familia la televisión no ocupaba ningún lugar de deseo ni de prestigio. Por suerte con Adrián, tanto en Dos más dos como en la primera tira que hice en Pol-ka, él era mi compañero. Fue muy divertido, muy grato, muy posibilitador. Es una persona muy generosa: todo el tiempo está queriendo que te luzcas, que tengas el chiste. Muy lúdico. Para mí ese fue un gran impulso. Y después Sebastián Ortega fue otro giro que también me abrió otro espacio. Esos fueron puntos importantes.
Hablando de Ortega, El marginal fue uno de los primeros indicios de que íbamos hacia las plataformas, o de que las plataformas iban a tener un alcance que todavía no conocíamos.
Sí. De hecho, la primera temporada la hicimos en la televisión pública, con consumo de televisión pública. Un proyecto muy chiquitito. En el capítulo final casi que matamos a todos y después hubo que resucitarlos (risas). Pero sí, cuando la adquirió Netflix como original, para mí fue el primer acercamiento real de que las plataformas podían llegar a lugares impensados para nosotros.
Se estrena próximamente Los domingos, se va a estrenar en marzo Un funeral y medio, en un momento particular del cine donde la gente no va tanto a las salas. ¿Cuáles son tus expectativas?
Es complejo porque es una mezcla de muchas cosas distintas. Creo que ir al cine a ver Un funeral y medio va a ser un programón. Yo sigo yendo mucho al cine y veo la merma de propuestas: muchas veces me encuentro diciendo ya no sé qué ver. Por otro lado, creo que a la gente le gustan mucho las películas argentinas, ver a sus actores argentinos. Adrián y Guillermo son dos actores tremendamente populares y convocantes. Creo que el objetivo de ir a las salas está muy bien pensado porque es una película para las salas. En cuanto a lo otro, es una serie de muchas cosas: las plataformas, el consumo cada vez más individual, el tema de la distribución que sigue siendo complicado. Hay un montón de películas que, con un poco más de empuje, encontrarían público. En Madrid, por ejemplo, cada quince o veinte cuadras hay un cine con cinco o seis salas chiquitas donde las películas duran un tiempo porque las van escalonando. Son salas que no necesitan una taquilla altísima para mantenerse. Acá prácticamente ya no hay cines que no sean en shoppings o grandes complejos, y eso me da pena. Cada vez se compran menos películas de las distribuidoras, tanto argentinas como independientes de Hollywood, europeas o latinoamericanas, y el circuito alternativo está quedando reducido a los espacios de cine club, muy marginales. Si en Buenos Aires hubiera un circuito comercial alternativo, creo que tendría público.
En este cambio permanente de los consumos ahora surgieron las ficciones verticales. ¿Es algo que te seduce, que te da miedo, que te da curiosidad?
No le tengo miedo para nada. No las hice ni las vi, pero me parece que en unos años va a ser moneda totalmente corriente y que va a haber cosas de buena calidad y de mala calidad, como en todo. Una parte del mercado grande va para ahí, con lo cual seguro va a haber productos de buena calidad. El consumo de dos minutos en el teléfono es muy distinto al consumo de un capítulo de una serie, que cada vez duran menos y es más solitario. Pero a la gente le gusta que le cuenten historias, verse reflejada en ellas. Eso va a subsistir. Será vertical, horizontal, de a muchos, de a pocos. Pero eso va a permanecer. Y le gusta que le cuenten historias universales y también historias propias, personales. Por eso pienso que la ficción nacional es muy importante: es donde realmente nos contamos a nosotros mismos.
¿El suplente es un ejemplo de eso?
Las películas bien hechas y bien narradas nos reflejan a todos, puede ser sueca o colombiana y te ves reflejado en la condición humana. Y sí, El suplente es un ejemplo de eso: nos propusimos explorar cierta problemática respecto a la educación. Yo creo que, así como los chicos lo hacen a través del juego, la ficción tiene el poder de ser el espacio de elaboración de los adultos y de la sociedad. Puede ser el teatro, el cine, la televisión, la literatura, la danza: el arte narrativo tiene mucho poder en ese sentido.
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