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Perfil hace 14 horas 5 min de lectura

Banderas negras, de lienzo blanco, en tu corazón

Una bandera improvisada en la semifinal reabrió el debate por Malvinas: el cálculo diplomático del Gobierno chocó con el sentimiento de los jugadores, y creció la tensión con Londres y Milei.

Banderas negras, de lienzo blanco, en tu corazón
Foto: Perfil

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de General Sarmiento, docente de Historia en el Colegio Nacional de Buenos Aires e investigador del Conicet, Federico Lorenz es quizá el académico que mejor ha investigado el legado que representa Malvinas en la memoria colectiva argentina. En más de dos décadas, y con algunos trabajos emblemáticos como Las guerras por Malvinas (2006), Fantasmas de Malvinas (2008) y Unas islas demasiado famosas (2013), Lorenz ha producido una obra muy fecunda sobre las islas, que combina ensayos académicos, crónicas y ficción histórica, hasta convertirse él mismo en uno de los autores más prolíficos sobre el tema.

Su tesis central es que tras la guerra de 1982, Malvinas se convirtió en un punto de identidad nacional que se torna muy difícil de problematizar, porque se sostiene en consignas muy instaladas en el imaginario colectivo como las Malvinas fueron, son y serán argentinas o Malvinas es un sentimiento que nos une, que se constituyen en evidencia de la fuerza persistente del fenómeno en la cultura popular. Lorenz explica que en ese contexto, la causa sagrada por la recuperación de las Malvinas impide pensar a las islas más allá de la guerra: la recuperación de la soberanía se vuelve así una causa nacional.

Esa dinámica, la de un consenso tan blindado en la sociedad, es la que quedó expuesta esta semana, en medio de la semifinal del Mundial. Una bandera improvisada logró exponer en pocos segundos lo que el Gobierno no consigue (¿no desea?) hacer desde que asumió: reinstalar el debate sobre Malvinas. Y lo hizo tensionando exactamente los dos polos que se evidenciaron en disputa: el cálculo diplomático de Estado, que había prohibido el reclamo en el partido, y el sentimiento popular, que fue reivindicado por los jugadores como protagonistas.

Como publicó ayer Regina Cossina en PERFIL, la bandera de la que la Selección se adueñó literalmente, al punto de no querer devolverla a su creador fue confeccionada por este de forma artesanal, con pintura y pincel comprados por pocos dólares, sobre la sábana de su hotel. El resto de la historia es conocido: el mundo entero vio flamear esa consigna y lo que había nacido con el mensaje de es solo un partido de fútbol se convirtió en un acontecimiento político de impacto mundial.

Es que el Gobierno había avalado la prohibición de ingresar al estadio con signos alusivos a Malvinas. La ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, encuadró esos símbolos entre los mensajes políticos o provocativos, tras una reunión de alto nivel con el FBI y autoridades británicas que catalogó el partido como de alto riesgo. Es por eso que la consigna Las Malvinas son argentinas terminó exacerbando el contraste entre la actitud timorata de los funcionarios y la convicción de los jugadores.

La respuesta británica fue inmediata y escaló muy rápido. Un vocero de Downing Street resumió la postura oficial con una frase que ya circula en los despachos de Cancillería: la Copa del Mundo puede no ser de Gran Bretaña, pero las islas del Atlántico Sur son británicas. El secretario de Comercio, Peter Kyle, calificó la exhibición como totalmente inapropiada y reclamó ante la FIFA una investigación exhaustiva, invocando el principio, tan conveniente como selectivo, de que la política debe mantenerse separada del deporte.

Del lado argentino, la gestión fue más discreta y menos efusiva. La embajadora en Londres, Mariana Plaza, sugirió anticiparse a una protesta formal del Foreign Office, mientras que Pablo Quirno privilegió una respuesta de bajo perfil. La cautela no es casual: apenas unos días antes de la disputa futbolístico/diplomática el canciller se vio obligado a emitir un duro comunicado luego de que una pregunta de Pablo Varela, acreditado de PERFIL en la Casa Rosada, incomodara al vocero Damián Raiver por el silencio que mantenía el Gobierno tras el tránsito de un buque militar británico, el HMS Medway, en aguas territoriales argentinas luego de haber embarcado en las Malvinas.

Milei debe haber comprendido que el conflicto abierto con Inglaterra podría poner en peligro la visita oficial que la Cancillería viene organizando para que se convierta en el primer presidente argentino desde Carlos Menem en visitar Londres. Por eso, aunque consideró entendible la actitud de los jugadores, que calificó de perfectamente válida y lícita, publicó un posteo en X donde los cuestionó: Mientras algunos se dedican a hacer berrinches propios de un adolescente termo mononeuronal, nosotros por la vía diplomática cada día estamos más cerca de la recuperación de las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur y el espacio marítimo circulante.

¿Estaba hablando de los jugadores de la Selección? Quizá el capitán argentino tuvo la misma inquietud, porque en una inesperada referencia política, Lionel Messi explotó ante TyC Sports: Estamos orgullosos y felices de poder regalarle esta alegría a la gente, sabemos que los mundiales para nosotros son especiales y nos olvidamos de todo lo mal que nos toca pasar. Que hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando. La-gente-no-llega-a-fin-de-mes. Al ángulo.

Según el análisis de la consultora Ad Hoc, que mide el pulso de las redes sociales, del total de menciones que vincularon a Milei con el tema Malvinas, un 66,7% tuvo valoración negativa, producto de sus declaraciones tras el triunfo y la posición del Gobierno sobre el tema. Mientras que más del 80% de la población argentina respalda el reclamo de soberanía sobre Malvinas, según un relevamiento de opinión pública realizado por Aresco, la consultora de Julio Aurelio, en 2020.

Queda planteada, en definitiva, una paradoja que el propio Gobierno construyó y de la que ahora no logra salir con comodidad: pretender que un reclamo de soberanía, que es, por definición, un asunto de Estado, pueda despacharse como una cuestión ajena a la política, mientras se lo prohíbe por motivos estrictamente políticos y se lo tolera después, también por cálculo político.

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