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Sociedad
Clarin hace 15 horas 10 min de lectura

De una locutora encerrada en el baño a una foto en el freezer: las curiosas cábalas que se hacen por la Selección

Una de los rituales de moda es poner en el congelador la imagen con el nombre del equipo rival o de un jugador, pero una "bruja" no lo recomienda.Hablan especialistas en psicología y sociología, y un histórico asistente de Carlos Salvador Bilardo, el

De una locutora encerrada en el baño a una foto en el freezer: las curiosas cábalas que se hacen por la Selección
Foto: Clarin

Los argentinos somos cabuleros hasta la manija. Mucho más cuando juega la Selección y ni hablar cuando estamos a horas de disputar una nueva final de un Mundial. Un estudio de la empresa Ipsos corroboró lo que se imaginaba: uno de cada cuatro argentinos practica rituales para ayudar al equipo nacional durante la Copa. Aunque a decir verdad, pareciéramos muchos más...

¿Por qué tenemos tantas cábalas? "Somos una mixtura de tradiciones y culturas, una especie de amalgama que nuclea rituales y cábalas que conviven y se mezclan. Desde políticos que no se mencionan por mufas, pasando por poner dinero debajo del plato de ñoquis los días 29, hasta levantarnos con el pie derecho cuando sabemos que viene un día importante", comenta la tarotista Vanesa Spaccavento, más conocida en redes como "Vane, la bruja".

Para Vanesa, incluso la misma Scaloneta es una Selección "archimega cabulera", lo que que se puede ver con las cábalas y prácticas de distintos jugadores como Cuti Romero, Lisando Martínez, Mac Allister, Nahuel Molina, Paredes y De Paul.

También se refiere también a un ritual que se repite mucho en este Mundial: "Se puso de moda la cábala de congelar el nombre del rival, un jugador, el nombre o una foto, y hasta un producto típico de ese país. Es una práctica que no recomiendo, porque es meterse con energías ajenas y desconocidas que pueden derivar en otras consecuencias. En vez de freezar sugiero armar un mini-altar con las figuritas de nuestra selección y encender velitas".

Si hablamos de cábalas y Selección, el primero que aparece en la mente es Carlos Salvador Bilardo, director técnico en los Mundiales de 1986 y 1990. "Era tremendo el Narigón, nos volvía locos a todos, pero no había manera de no contagiarse de sus ocurrencias", recuerda con una sonrisa Rubén Moschella, actual director del predio de Ezeiza y quien trabajó más de treinta años con los seleccionados nacionales.

"En la final de México -rememora Moschella-, en el micro desde el hotel hasta el estadio Azteca, hizo frenar al chofer y a la custodia policial que nos escoltaba porque tenía que terminar la canción que escuchábamos siempre, 'We are the Champions', de Queen. Paró a la altura de una estación de servicio y ahí cambió el cassette y puso 'I Need a Hero', de Bonnie Tyler".

Moschella reconoce que él no era de tener cábalas hasta que lo "contagió" Bilardo: "¡Hoy no sabés cómo lo entiendo al Narigón! Antes de cada partido controlo tener los mismos calzoncillos de siempre y me encierro un ratito a solas con una pelota que en sus gajos tiene distintas caras de Maradona. 'Diego, ayudá a los muchachos, te pido por favor'. Repito esta escena en cada partido y Diego no falla nunca".

En Argentina el fútbol es una pasión que, a veces, lleva a ser supersticioso e irracional, alcanzando niveles que podrían carecer de toda lógica. Dentro de este contexto asoma Yamila Machuca (36), locutora en Radio Splendid: "Yo me vengo perdiendo los últimos partidos porque me encierro en el baño. ¿Es lo que más me gusta? No, pero tengo que cumplir con está cábala que nació contra Egipto. 'Vos, andá para el baño', me dicen".

Desde que empezó el Mundial, Yamila se encuentra con sus amigos Agustín y Ruth. "Todo fluía hasta que en el partido contra Egipto llegué tarde, con el dos a cero abajo. En un momento, me fui al baño y escuché el grito del gol del descuento. Cuando estaba saliendo, mis amigos me dijeron '¡no salgas, no salgas!'. No entendía nada, pero resignada, no me moví", cuenta.

En esos quince minutos, Argentina dio vuelta el partido: "Llegué con dos goles abajo y estando en el baño hicieron tres goles. No tenía manera de demostrar lo contrario. Para colmo, yo escuchaba los goles antes que mis amigos, porque se filtraban los gritos por la ventana del baño, entonces yo gritaba encerrada como una loca y ellos estaban en el living, desconcertados. En cada gol entreabría la puerta, ellos venían a festejar y cuando intentaba salir no me dejaban. Y yo me sumé al juego".

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Para el partido contra Suiza, fin de semana largo, Yamila viajó a Tierra del Fuego, de donde es oriunda y la cábala se repitió. "Mi familia, sabiendo la anécdota del baño, me encerró después del empate de Suiza. Yo fui mansita, obvio, no protesté", dice.

En ese baño pasó treinta minutos del segundo tiempo y el alargue, por lo que el tiempo le parecía interminable, pero con la victoria final no le importó: "De alguna manera, me sentía importante porque la cábala estaba funcionando y me daba poder".

Cuando volvió a Buenos Aires, Argentina tenía que enfrentar a Inglaterra, pero como ella tenía complicaciones con el trabajo decidió no reunirse a (no) ver el partido con sus amigos.

Después del gol de Inglaterra, Yamila no sabía qué hacer: "Me metí en el baño un rato y no pasaba nada. Así que me fui a lo de Agustín, que vive a unos minutos de mi casa. Toqué el timbre, silencio total, seguía perdiendo, no nos saludamos, Agustín tenía una cara de orto y sin mediar palabra fui directo al baño".

Descreída de su involuntario poder extraordinario, se lavó la cara y se miró al espejo con resignación. "Pasaron unos cinco minutos y escuché alaridos por la ventana. Era el empate. No podía ser cierto, increíble. Abrí la puerta del baño y vi que se me venía Agustín encima: 'Te dije, te dije, tenías que estar acá'. Nos abrazamos, ellos siguieron viendo el partido y yo me volví a encerrar. 'Bueno me quedaré otro alargue', maquinaba. Hasta que por la ventana se coló otro estruendo infernal y empecé como una loca a gritar antes de que mis amigos vieran el gol. Era el de Lautaro, la fórmula volvía a funcionar".

¿Y el domingo, en la final? "Sé que suena raro, puede parecer injusto para mí, pero no puedo elegir, o sí. Elijo creer en esto, queda un pasito más. Iré a la casa de mis amigos, veré a los jugadores salir a la cancha, escucharé el Himno y me mandaré para el baño. Pero esta vez yo hice una promesa: que si salimos campeones dejo de tomar mate por seis meses", cierra.

¡Congelados!

Las cábalas de los argentinos siempre están presentes y se exacerban en cada campeonato del mundo. En este Mundial, el ritual que encabeza el ranking es el de "congelar" al rival. Empezó con el partido ante Egipto, con el 2-0 abajo, cuando las redes sociales y los grupos de WhatsApp se inundaron de una práctica infrecuente: poner fotos o figuritas de Salah o Shobeir, arquero egipcio, en el freezer. Se repitió con jugadores de Suiza y con ingleses, como la figurita de Harry Kane.

Hay una familia de la zona oeste de Buenos Aires, que prefiere no dar su apellido, porque la cábala generó ásperas discusiones que no lograron atemperarse ni siquiera con los buenos resultados. "En el partido con Cabo Verde puse el aire acondicionado en frío, a 18 grados, y funcionó. Y lo empecé a repetir contra la voluntad de mi vieja y mi hermana. Ellas se fueron los tres partidos siguientes y yo me quedé con mi viejo. Ahora la final la queremos ver solos y con el aire frío al mango", describe un estudiante de marketing que vive con sus padres.

Después del Mundial de Catar, Sebastián se separó de Laura, su pareja por más de una década y con quien tuvo un hijo. "Hablé con ella para que viniera a casa a ver los mata-mata, con la excusa del recuerdo de 2022, pero me sacó cagando. Pasó Cabo Verde, pero con Egipto nuestro hijo intercedió, ella aflojó y vino. Cuando estábamos perdiendo, me quería morir, pero darlo vuelta fue increíble. Repetimos con Suiza y con Inglaterra nos abrazamos los tres con mucho amor, como cuando éramos familia. Este domingo armaré un almuerzo para los tres y ojalá festejemos a lo grande", dice.

Constanza Preti (43) vive en Maine, Estados Unidos, es muy futbolera y está llena de cábalas, algo que no entiende Zach, su marido norteamericano: "No comprende cómo vivimos el fútbol los argentinos. Yo tengo una camiseta de la Selección de 1982 y no la lavo durante el campeonato y él no entendía por qué. El otro día con Egipto, Zach no estaba viendo el partido conmigo y perdíamos dos a cero. 'Lo estoy grabando, lo veo después', me dijo, cosa me indignó. Le pedí por favor que viniera a los gritos y vino medio haciéndome un favor. Cuando lo dimos vuelta, le dije: 'vos no te movés del sofá'. Así que lo tengo cortito".

"Más allá de que tengo la camiseta del 82 que era de mi viejo, sin lavar, la cábala de este Mundial es que mi marido vea cada partido al lado mío. Le pedí que dejara de lado el trabajo y nos acompañó, junto a nuestros hijos, contra Suiza e Inglaterra. Este domingo estaremos los cuatro, todos con la remera de la Selección, sin lavar, y viendo el partido en el sofá de siempre", añade.

Un pacto con el destino

"Desde el psicoanálisis y las enseñanzas de Freud, las cábalas, promesas o rituales previos a un acontecimiento incierto remiten a la omnipotencia de los pensamientos, rasgo que Freud describe en 'Tótem y tabú' como propio del pensamiento mágico. El sujeto actúa como si sus pensamientos, deseos o pequeños actos pudieran influir causalmente sobre una realidad que, en verdad, escapa a su control", analiza Oscar Paulucci, psicoanalista y médico especialista en psiquiatría

"El hincha está radicalmente excluido de la acción real. No juega, no dirige, no decide. Se encuentra confrontado con una impotencia objetiva respecto del resultado. La cábala aparece entonces como un intento de reducir esa impotencia mediante una ficción de eficacia: 'Si veo el partido con la misma camiseta', 'si me siento en el mismo sillón', 'si prometo caminar a Luján', 'si no miro los penales', algo de mi acto contribuirá al resultado", razona Paulucci, miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

"Las promesas religiosas agregan un matiz distinto. No necesariamente implican que el sujeto crea que él mismo produce el resultado. Más bien suponen la existencia de un otro con poder sobre el acontecimiento al que se intenta influir mediante una ofrenda, sacrificio o compromiso futuro. Mientras la cábala se acerca más a la magia, la promesa se aproxima a una negociación con el otro", concluye.

Para el sociólogo Santiago Grau, la final de este domingo "permite ver a un país entero que entró en una especie de trance colectivo. Hay gente que no se lava la misma remera desde la fase de grupos, que exige sentarse exactamente en el mismo milímetro del sillón o que ya prometió raparse cero o dejar algo que ama".

"Visto desde la frialdad de la lógica, todo esto parece una conducta absurda, casi infantil. Pero cuando lo mirás con el lente de la psicología, te das cuenta de que no hay nada más profundo ni más humano que la necesidad de hacer un pacto con el destino", opina.

Grau cree que cuando el cerebro experimenta "la falta total de control es una de las sensaciones más angustiantes que existen y una final del mundo te pone cara a cara con esa vulnerabilidad". Y ahí es donde nacen las cábalas. "Por eso la cábala no habla de magia, habla de amor y de vulnerabilidad. Nos muestra despojados de todo cinismo, dispuestos a quedar en ridículo o a pagar un costo con tal de rozar la felicidad colectiva aunque sea por un instante", finaliza.

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