Catedrales de césped: el día que el fútbol llenó los templos vacíos
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Un pedazo de césped, una botella de agua o una sábana de hotel pintarrajeada no son más que objetos baladíes, a menos que hayan ingresado al sagrado recinto de las reliquias inmortales. La FIFA anunció que venderá fragmentos del césped utilizado en la final del Mundial 2026, que se disputará este domingo 19 de julio en el MetLife Stadium de Nueva Jersey. Cada trozo de pasto se ofrecerá como artículo de colección oficial a través del sitio web del organismo. El precio unitario es de 450 dólares y las entregas se limitarán a Estados Unidos y Europa. Por su parte la botella de agua que habría utilizado el arquero británico Jordan Pickford a modo de machete escolar aun no entró en el mercado "reliquioso". Una anotación llama la atención, de Messi dice que amaga para la izquierda y se tira para la derecha (una finta que, valga la ironía, recuerda bastante a la de muchos políticos argentinos). La reivindicación de las Malvinas Argentinas seguramente alcanzará grados de culto insospechados.
El adquirente de los paneles de césped de Nueva Jersey quizá tenga la suerte de encontrarse con un escupitajo de los que no retacean los jugadores, o con un chicle masticado. Ya ocurrió cuando Sir Alex Ferguson dirigió su último partido con el Manchester United en 2013: un aficionado recogió la goma de mascar que el legendario entrenador escupió en el verde y se vendió en una subasta benéfica por más de 500,000 dólares.
Fútbol: ¿La nueva religión o el opio del siglo XXI?
Pero no estamos aquí para hablar de reliquias, sino para indagar cómo el fútbol se ha ido apropiando y sustituyendo de conceptos que antes eran exclusivos de las religiones, especialmente la católica. Recordemos que Karl Marx sostenía que "la religión es el opio del pueblo" en su obra Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel. Si bien la frase suele sacarse de contexto, nos sirve para advertir que tanto el balompié como la fe han sido acusados de desviar al pueblo de sus verdaderas preocupaciones. El estrés social encuentra en el Mundial una válvula de escape temporal gracias a un fenómeno psicológico llamado "alienación positiva". Durante un mes, la mente colectiva sustituye las preocupaciones reales por una meta ficticia pero compartida, lo que reduce la carga del día a día. La religión actúa de forma muy similar sobre el estrés social, funcionando históricamente como el amortiguador emocional y colectivo más potente de la humanidad
Hubo un tiempo en que el domingo por la mañana estaba reservado para la conexión con lo divino. Hoy, la verdadera procesión ocurre unas horas más tarde, rumbo al estadio. El fútbol ha calcado, de manera casi perfecta, la estructura de las religiones antiguas: los estadios son las nuevas catedrales; los cantos de la tribuna son la nueva liturgia; las reliquias "sagradas" cotizan fortunas; los presidentes de la FIFA son los nuevos Papas; los milagros se manifiestan en remontadas y goles agónicos; y figuras como Diego Maradona o Lionel Messi habitan un Olimpo terrenal. La fe ya no se explica a través de la teología, sino a través de la pasión inexplicable que une a miles de desconocidos bajo un mismo manto milagroso.
Esta transmutación no es una coincidencia, es una necesidad de la era moderna. A medida que las sociedades occidentales se secularizan y los bancos de las iglesias quedan vacíos, el ser humano no pierde su necesidad de creer, de pertenecer y de buscar la trascendencia; simplemente traslada esa necesidad a un altar con dos arcos y una pelota. El estadio es el único lugar remanente donde el hombre moderno se permite llorar en público, abrazar a un desconocido y rezar al cielo por una salvación que dura noventa minutos.
Sin embargo, a diferencia de las religiones tradicionales que prometen una recompensa eterna tras la muerte, el fútbol ofrece una redención inmediata, efímera y cíclica. El "cielo" del campeonato dura apenas unos días antes de que empiece el próximo torneo y obligue al devoto a volver a sufrir. Es una fe de consumo rápido, diseñada a la perfección para el siglo XXI. Este alivio funciona como un anestésico temporal. Cuando el torneo termina, el regreso abrupto a la realidad puede generar un aumento del estrés o la frustración, ya que los problemas subyacentes que quedaron suspendidos siguen ahí, es lo que se llama "resaca post-mundial".
Al final, pagar 450 dólares por un puñado de tierra y raíces de Nueva Jersey no es una locura comercial; es el diezmo moderno. Compramos un pedazo de césped no por su valor botánico, sino porque es la prueba física de que estuvimos cerca de los dioses, de que formamos parte del mito. Mientras los viejos templos sigan en silencio, las catedrales de césped seguirán rugiendo, recordándonos que la humanidad siempre encontrará algo en qué creer, aunque sea en el vuelo impredecible de una esfera de cuero.