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Diario Norte hace 15 horas 6 min de lectura

El proyecto que desregula la propiedad rural y enciende alarmas

El Congreso argentino volvió a ser escenario de un revés político que trasciende las mayorías parlamentarias. Por tercera vez en lo que va del año, el gobi

El proyecto que desregula la propiedad rural y enciende alarmas
Foto: Diario Norte

El proyecto, bautizado como "ley de inviolabilidad de la propiedad privada", busca derogar la actual Ley de Tierras (2011), modificar la normativa de bosques y facilitar los desalojos y expropiaciones, pero su andadura legislativa se ha topado con un obstáculo inesperado: el resurgir de un sentimiento nacionalista vinculado con la soberanía de las Islas Malvinas. Lo que muchos analistas consideraban un trámite burocrático se convirtió en un debate de fondo sobre hasta dónde está dispuesto a ceder el país su patrimonio territorial a manos de capitales extranjeros.

El revés más reciente ocurrió en el Senado, donde la falta de quórum y el retiro de apoyo de sectores que habitualmente acompañan al oficialismo dejaron en evidencia el desgaste de la iniciativa. Dos senadores clave, Flavia Royón y Camau Espínola, decidieron frenar su respaldo en medio de un clima social marcado por manifestaciones públicas que reivindicaban la soberanía argentina sobre las islas del Atlántico Sur.

Los senadores de Milei, del PRO y otros aliados impresentables entregan la Patria, mientras tantos compatriotas dieron su vida por nuestras Islas Malvinas

Vanesa Siley (@Vsiley) July 16, 2026

Hablemos sobre el plan para entregar nuestra soberanía:

En argentina ya hay 13 millones de hectáreas de tierras pic.twitter.com/JQgXV9fUF5

Ese ambiente de sensibilidad patriótica contaminó la discusión, y varios legisladores comenzaron a pedir modificaciones, postergando el debate por al menos tres semanas. Fuentes parlamentarias señalan que cualquier avance futuro podría estar atado a negociaciones presupuestarias con gobernadores o a intereses concretos de empresas extranjeras y fondos de inversión que ya están observando el movimiento con atención.

Pero, ¿qué es lo que realmente propone esta reforma y por qué genera tanto rechazo? En esencia, el proyecto deroga la ley vigente que limita la propiedad extranjera de tierras rurales al 15% del territorio nacional, provincial o municipal. Ese tope, que hasta ahora funcionaba como un freno simbólico y práctico a la extranjerización, desaparecería por completo.

Además, la iniciativa incluye cambios profundos en materia de vivienda y expropiación: agiliza los desalojos en casos de mora en el pago del alquiler y complica la capacidad del Estado para expropiar terrenos necesarios para obras de infraestructura, ensanchamiento de calles o mejoramiento urbano, incluso cuando esas acciones están amparadas por la potestad constitucional.

Otro punto que enciende las alarmas es la modificación a la Ley de Bosques, que eliminaría las restricciones que impiden cambiar el uso del suelo en zonas incendiadas. Hoy, esa norma busca evitar una práctica especulativa muy extendida: provocar incendios para luego transformar bosques nativos en emprendimientos turísticos o comerciales. Con la reforma, esa vía quedaría habilitada.

Para dimensionar el alcance de la desregulación, basta con mirar los números que maneja el Observatorio de Tierras de la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, el 5% del territorio rural argentino, unas 13.200.000 mil hectáreas, ya está en manos extranjeras. Esa superficie equivale a toda la extensión de Inglaterra o a la provincia de Santa Fe.

EEUU encabeza la lista con dos millones setecientas mil hectáreas, adquiridas en su mayoría por fondos de inversión de Wall Street. Le sigue Italia con dos millones, donde el caso más emblemático es el del empresario Luciano Benetton, dueño de vastas extensiones en la Patagonia. España, con un millón setecientas mil hectáreas, completa el podio, representando tanto a remanentes de la antigua elite criolla como a nuevas inversiones.

Pero el dato más revelador es que existen treinta y seis localidades donde ya se supera el umbral del 15%, y en cuatro departamentos la extranjerización supera el 50%. El departamento de Lácar, en Neuquén, tiene el 53% de su superficie en manos foráneas, una zona estratégica por sus lagos y sistemas lacustres. En General La Madrid, La Rioja, el porcentaje asciende al 55%, una región cercana a las reservas de oro de Famatina, lo que sugiere una tenencia especulativa a la espera de una eventual habilitación minera. Los casos más extremos se dan en los departamentos salteños de San Carlos y Molinos, donde la extranjerización roza el 70%, con antiguos latifundios coloniales reconvertidos en los años noventa y dos mil en emprendimientos de turismo de lujo, real estate exclusivo y vitivinicultura de nicho.

Detrás de estas cifras hay una historia que se repite. La estructura de la tierra en la Argentina se forjó sobre el desplazamiento forzado de pueblos originarios, como los calchaquíes en el siglo quince, y se consolidó con la penetración de capitales financieros a partir de la crisis de 2002. Tras la devaluación, la tierra argentina quedó a precio de ganga, y un flujo masivo de corporaciones suizas y fondos de inversión aprovechó para comprar extensiones gigantescas en zonas de alta rentabilidad.

El argumento oficial de que la desregulación atraerá inversiones productivas choca con una realidad incómoda: en gran medida, esos capitales no buscan producir, sino esperar la valorización de la tierra, una renta pasiva que no moviliza la economía local ni genera empleo genuino. Además, la reforma eliminaría cualquier límite sobre los espejos de agua dulce y los cursos hídricos, un punto crítico en un mundo donde las tensiones por el agua ya son moneda corriente, como lo demuestran las protestas contra los data centers que consumen volúmenes descomunales de agua en diversas partes del planeta.

Los defensores del proyecto sostienen que flexibilizar el mercado de tierras dinamizará el sector agropecuario y atraerá divisas, pero los especialistas consultados advierten que los beneficios económicos no son claros, mientras que los perjuicios en términos de soberanía, control de recursos estratégicos y capacidad estatal son evidentes. El Estado perdería herramientas para intervenir en zonas fronterizas y para regular el acceso al agua, un recurso cada vez más escaso. También se teme que la aprobación final de la ley termine dependiendo de negociaciones opacas con gobernadores o de presiones de empresas radicadas en paraísos fiscales, lo que añadiría un componente de corrupción a una decisión ya de por sí polémica.

En este escenario, el debate trasciende lo económico y se instala en el terreno de la identidad y la soberanía. La pregunta que flota en el aire es si la Argentina está dispuesta a dejar su territorio al mejor postor, legalizando una extranjerización que, incluso con las restricciones actuales, ya muestra síntomas preocupantes.

Mientras los legisladores negocian en los pasillos del Congreso, las manifestaciones populares y el eco de Malvinas recuerdan que la tierra no es solo un activo comercial, sino el soporte físico de una nación. La reforma, por ahora, sigue en suspenso, pero su sola presencia ha puesto sobre la mesa una discusión que el país parece no estar dispuesto a saldar a la ligera. La próxima sesión, dentro de tres semanas, será una prueba de fuego para el oficialismo y para la conciencia colectiva sobre el valor de lo que se está poniendo en juego.

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