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Opinión
Informate Salta hace 15 horas 4 min de lectura

La final histórica que realmente estamos jugando

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La final histórica que realmente estamos jugando
Foto: Informate Salta

El domingo, cuando el árbitro marque el inicio de la final del mundo, millones de personas estaremos mirando la misma cancha, pero no el mismo partido. Habrá quienes sólo esperen que Argentina gane. Otros buscarán revancha y estarán quienes ansíen una alegría que les permita olvidar, aunque sea por un instante, aquello que les pesa. En lo personal, miraré qué nos pasa cuando un acontecimiento extraordinario pone a prueba aquello que creemos ser.

Lejos de cierto sentir, los mundiales no suspenden la realidad, la concentran. Durante unas semanas aparecen, casi al mismo tiempo, el compañerismo y el ego, el respeto y la humillación, la memoria y el deseo de futuro, la alegría y la violencia. Como si el mundo entero quedara expuesto en una sola escena. No hay duda, los grandes acontecimientos ponen a prueba nuestros valores.

Nunca fui una persona futbolera. Durante mucho tiempo pensé que el fútbol podía convertirse, como tantas otras cosas, en una forma de escapar de la realidad. Con los años descubrí otra posibilidad; no toda pausa sirve para huir, también son posibilidad para volver a nosotros mismos, a las preguntas que la velocidad cotidiana no nos deja escuchar. Quizá por eso espero los partidos de esta Selección. No porque pueda analizar un esquema táctico, sino porque, entre los goles y los relatos, encuentro preguntas que exceden al fútbol.

En estos días volví una y otra vez sobre tres imágenes. Una ocurrió frente a la provocación de Jude Bellingham. Messi eligió que la provocación no decidiera por él. No respondió desde el agravio ni desde el enojo, sino desde el juego.

Otra llegó cuando el partido ya estaba ganado. Mientras el estadio explotaba de euforia, él se sentó sobre el césped. Respiró. Miró alrededor, sonriendo en profunda calma. En una cultura que parece convencernos de que nunca alcanza, detenerse a disfrutar un logro también dice algo sobre quiénes somos. La última imagen ni siquiera estuvo en la cancha sino en mí. Mientras escuchaba algunos cantos que recuperaban viejas heridas, me descubrí incómoda. No tengo duda que hay dolores que merecen memoria, verdad y justicia. La incomodidad no pasaba por ahí. Una y otra vez surgía la pregunta que aquella instalaba: ¿qué hacemos con ese pasado cuando vuelve a aparecer? Y resonaba de fondo una frase que publicó en sus redes el Dibu Martínez: "La única vez que se debe mirar hacia atrás es para ver qué lejos hemos llegado. Pensé que esa frase hablaba mucho más de la vida que del fútbol. Crecer supone impedir que la historia responda por nosotros cada vez que el presente nos pone a prueba.

Pienso en la final del domingo. Frente estará España. Un país profundamente ligado a nuestra historia y también a la historia personal de Messi. Otra vez el pasado aparecerá sobre la cancha y, si bien es inevitable preguntarse quién levantará la copa, solo basta hacer silencio para escuchar esos otros interrogantes que ponen en el centro de la escena ¿Qué valores pondrá a prueba este partido en cada uno de nosotros? ¿Qué haremos si ganamos? ¿Necesitaremos humillar al otro para sentir que la victoria está completa? ¿O alcanzará con la alegría de haber hecho las cosas sin traicionarnos? ¿Y si perdemos? ¿Responderemos desde la bronca? ¿Buscaremos culpables? ¿O seremos capaces de reconocer la dignidad de un camino recorrido con respeto y esfuerzo?

Las finales nos ponen a prueba a todos: jugadores y espectadores. Ponen la lupa sobre lo qué cantamos, aquello que compartimos en redes, qué y cómo celebramos y qué relato empezamos a construir apenas termina el partido. En definitiva, revelan cómo respondemos social e individualmente, a los acontecimientos.

Esta final ya es histórica, incluso antes de jugarse, no sólo por el rival o la posibilidad de otra copa, sino porque vuelve a regalarnos algo que escasea cada vez más: la oportunidad de detenernos un instante y preguntarnos quiénes queremos ser.

El domingo habrá una imagen que recorrerá el mundo. Aún no sabemos cuál será. Puede ser la de una copa levantándose o la de una tristeza compartida. Más allá y más acá de esa instantánea, lo que resta por escribirse es la forma en que vamos a responder a ella. El mundial llegará a su fin, pero los relatos que construimos a partir de él permanecerán. Son ellos los que, con el tiempo, moldean nuestra memoria, nuestra cultura y nuestra manera de mirar el mundo.

En este punto, cobra sentido pensar que hay dos finales. Una se disputará sobre el césped y otra, silenciosa, dentro de cada uno de nosotros: entre el impulso de reaccionar y la libertad de elegir cómo responder, quiénes elegimos ser cuando la historia, una vez más, nos pone a prueba. Y sí, lo hará, con otro partido, crisis, triunfo, derrota, agravios y elogios. Siempre vuelve. Lo único que nunca trae escrito es nuestra respuesta. Y esa parte de la historia sigue dependiendo de nosotros.

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