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Opinión
La voz hace 15 horas 5 min de lectura

Atado al mástil de la ortodoxia

El presidente Javier Milei no espera un derrame del modelo económico, sino un diseño político para sostenerlo.

Atado al mástil de la ortodoxia
Foto: La voz

Dramático, infartante, preñado de emociones abismales, el partido entre Argentina e Inglaterra fue una bisagra del clima social; el momento en que un hecho deportivo comienza a definir en nuevos términos la única variable ineludible de la política democrática: el humor de los votantes.

Aunque es ajena a sus propósitos, la selección ya conquistó esa clave de la escena política. Tras la final de hoy, más allá del resultado, alrededor de ese sol habrán de orbitar las pasiones argentinas.

Desplazados por un tiempo de ese eje, todos los actores políticos intentarán que la novedad no los incinere por cercanía o los congele por excesiva distancia.

La Casa Rosada comenzó a ensayar su estrategia de respuesta. Inició contactos reservados con la AFA para negociar el día después. Eligió eludir con una verónica el desafío lanzado contra su política exterior tras la exhibición en el Mundial del reclamo por Malvinas: intentó bajarle el tono a una controversia agitada por la vicepresidenta de la Nación.

Por primera vez, consintió los efectos sociales del programa económico, al coincidir con Lionel Messi, hoy por hoy, el único argentino irrefutable: "Hay gente sin empleo; hay gente que no llega a fin de mes".

El Gobierno cree posible auparse al menos en el clima de distensión social propiciado por el éxito deportivo. Tiene entre ceja y ceja el proyecto de reelección y necesita construir ese dispositivo político.

¿Cree que la economía acompañará con algún derrame positivo sobre la trama social y le urge diseñar una ingeniería para convertir la mejora en votos? ¿O cree que sólo podrá ofrecer a los votantes el beneficio estructural del cambio de rumbo económico y el diseño político se orientará a fragmentar las opciones electorales que intenten canalizar el descontento?

Ecuación elegida

Si se atiende a los últimos gestos del Presidente, la ecuación elegida por el Gobierno es la segunda. Quienes tuvieron recientemente diálogos personales con Milei, lo vieron predicar obsesivamente con la reforma del Banco Central.

La prioridad que Milei le está señalando a su Gobierno es la de insistir con una señal estructural: la autonomía de la autoridad monetaria para evitar definitivamente que la emisión por demanda política dispare de nuevo la inflación. Una señal nítida para los mercados, pero difícil de traducir como narrativa de campaña para los que como dice Messi no pueden llegar a fin de mes.

Comienza a sobrevolar una certeza: Milei quiere ganar la reelección sin moverse un grado de la ortodoxia que aplicó hasta aquí.

Para quienes busquen ejemplos, el viceministro de Economía, José Luis Daza, es como una síntesis de la opción estratégica del Gobierno: un técnico formado en la Ivy League, conocedor de dos modelos de estabilidad cercanos: Chile y Uruguay.

La decisión es hacer con la economía argentina al menos aquello que les dio resultado a los vecinos: estabilidad monetaria, disciplina fiscal, apertura a las inversiones. Dejar de buscarle desvíos a la ley de gravedad.

En ese camino, la respuesta a los que piden señales para la microeconomía antes del año electoral sigue siendo una respuesta estructural: el Gobierno cree de verdad que una mejora en el investment grade es la única ecuación posible para disminuir la pobreza.

A modo de ejemplo: sólo un avance en la tasa de riesgo país podría permitir la securitización de los fondos de garantía previsionales y por esa vía una oxigenación del crédito. Pero nada que se parezca a un "plan platita" para simular un derrame anticipado de los beneficios del cambio de modelo económico.

La Casa Rosada confía, en cambio, en otro tipo de derrame del modelo, menos perceptible pero no menos relevante: el empoderamiento de actores políticos que tienen más incentivos en la consolidación del modelo actual, en contraste con las élites precedentes, beneficiarias del modelo inflacionario. Para decirlo con una simplificación periodística: la tracción política del "país Rigi".

Esta opción estratégica cada vez más evidente en Milei implica una relevancia mayúscula del armado político que delegó en Diego Santilli y Karina Milei.

Santilli necesita de Milei una definición para esa tarea: qué territorios está dispuesto a pactar Milei y cuáles prefiere conquistar con sello propio.

La ciudad de Buenos Aires es la negociación con Macri y el propio Santilli se anota para el distrito bonaerense. De una conversación con Alfredo Cornejo depende Mendoza; Maximiliano Pullaro dialoga más de lo que se conoce con los operadores de Milei y el peronismo cordobés menos de lo que busca aparentar.

Al mismo tiempo, el equipo político de Milei enfrenta el tiempo que perdió con Manuel Adorni en el Congreso.

La cuarta postergación de la ley de propiedad privada en el Senado expuso tres límites: la progresiva dificultad para sostener alianzas, la fisura interna ahora también programática con la vicepresidenta, y la sombra de que un segundo mandato podría emerger con la misma correlación actual de fuerzas legislativas.

La negociación que encabeza Santilli cada vez está más lejos de una alquimia de colectoras y más cerca de una ambición más modesta, la mera suspensión de las Paso. Pero cuenta todavía con una ventaja inicial: el principal bloque opositor está subsumido en un debate de liderazgos sin arriesgarse a controvertir ideas.

En realidad, contienden dos afirmaciones litúrgicas: la del progresismo kirchnerista y la del peronismo tradicional. Ambas coinciden en el mismo modelo económico. Si Milei no pisa la banana, no asoma allí ninguna propuesta alternativa.

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